domingo, 16 de julio de 2017

DAVID GEMMELL

DAVID GEMMELL

José Francisco Sastre García

            Hablar de David Gemmell es hablar, sobre todo, de su gran ciclo de Drenai, de una literatura de fantasía épica que se mueve en unos niveles muy altos a los que pocos autores son capaces de llegar.
            Creador de un mundo convulso, en guerra casi permanente, de unos personajes cuyo lado humano resulta tan vivo como su aspecto legendario, este escritor ha sabido dotar a sus historias de una fuerza tremenda gracias a su forma de escribir llena de emociones, de acción, de ritmo… Con un estilo ágil, rápido y desenvuelto, las pinceladas que nos muestra de sus más celebradas figuras, Waylander y Druss, van desvelando la complejidad de un mundo en el que nadie escapa a las garras de la ambición, de la sed de poder, o de los sentimientos encontrados.
            En Waylander (Waylander, En los Dominios del Lobo, Héroe en la Sombra), fuente de inspiración para muchos narradores que estamos intentando surgir desde hace unos pocos años, la sombra pesa tanto como la luz, y el personaje ha de moverse entre su código ético, su deber y su lealtad, conceptos que lo van guiando de un lado a otro hasta desembocar en un marasmo de muerte y destrucción que amenaza con llevarse por delante a toda Drenai. Es el prototipo de antihéroe tradicional, un asesino que habrá de descubrir su destino después de cumplir con una misión para la que ha sido contratado y cuyas consecuencias resultarán, para él, la mayor de las ironías y le obligarán a replantearse muchas de sus ideas.
            En Druss el Hachero (Las Primeras Crónicas, Mensajero de la Muerte), el protagonista lucha contra su pasado de leyenda, intentando evitar entrar de nuevo en esa dinámica, pero todo es inútil: la fama lo persigue allá donde va, y no le queda otro remedio que recuperar su gloria y encarar de nuevo un destino que creía ya dejado atrás. Esta figura no es ya como la de Waylander, aunque tampoco es el héroe tradicional al uso: se mantiene a caballo entre ambos arquetipos, mostrando un carácter arisco, levantisco, al tiempo que leal hacia su código y sus gentes. Si quieren que Drenai permanezca en paz, él es la única persona capaz de conseguirlo.
            Si El Señor de los Anillos fue el pistoletazo de salida para la edad dorada de la fantasía épica, David Gemmell ha sido, sin duda, uno de los revitalizadores más importantes, al que muchos debemos una herencia importante: autores como Abercrombie o Kearney, por citar sólo a un par, llegaron a la escena literaria sólo un poco más tarde, bebiendo en parte de sus fuentes para crear sus propios mundos de fantasía épica, comparables en estilo y fuerza a los de Gemmell…
            El ciclo de Drenai contiene más novelas aparte de las correspondientes a los dos personajes más carismáticos de este escritor, en las que la fuerza de la acción, el ritmo que imprime a las secuencias, el estilo rápido, directo, sin apenas florituras pero con una cierta cualidad que podríamos denominar lírica que ofrece al lector una sensación a caballo entre la dureza de la guerra y la emoción desbordada de los personajes, crean un conjunto tan atractivo y adictivo que enganchan desde la primera página, arrastrando por momentos al lector con el torrente que parece brotar de cada secuencia. Es como una bola de nieve: una vez echada a rodar, va creciendo poco a poco a medida que desciende por la ladera hasta que acaba empotrada en el primer lugar inamovible que encuentre, bien la pared de un edificio, bien la pared de una montaña.
            Pero no sólo de Drenai vivió Gemmell: en su haber hay otras series que dan un juego tan bueno como esta celebrada saga, como por ejemplo la de Troya, en la que recrea la legendaria guerra a través de la visión de los personajes que participaron en ella, ofreciéndonos un cuadro tan duro como emocionante y atractivo…

            La consecuencia de todo esto es evidente: David Gemmell ha sido capaz de dotar a la literatura de fantasía épica de un cúmulo de historias y figuras que, sin duda alguna, trascienden al tiempo y que quedan, por calidad y méritos propios, en la memoria colectiva de los aficionados al género.

sábado, 8 de julio de 2017

ARTHUR MACHEN

ARTHUR MACHEN

José Francisco Sastre García

            Clásico entre los clásicos, Arthur Machen recogió las tradiciones británicas sobre el pequeño pueblo y las reconvirtió en historias en las que el horror se mantiene por encima de cualquier otra consideración: criaturas que viven en otras dimensiones, que hacen incursiones en nuestro mundo, que en ocasiones deciden echar una mano y en otras hacer travesuras o maldades que trascienden más allá de cualquier cuestión.
            Relatos como "El Gran Dios Pan", "N", "El Pueblo Blanco" o "Los Niños de la Charca", dan fe de este tipo de mitologías que se mantienen vivas en las islas británicas, donde la creencia en seres como duendes, leprechauns, hadas, trasgos, y similares, tiene una raigambre muy antigua. Y como ya he escrito, no siempre se trata de seres benévolos: en ocasiones intercambian sus recién nacidos con los humanos, con objetivos que en el mejor de los casos son oscuros, sombríos, y que desencadenan acontecimientos que acaban por aterrar a quienes los viven, pues los hijos del Pequeño Pueblo no son precisamente normales, poseen algunas características, sobre todo psíquicas, que los diferencian de manera muy notable de nosotros.
            Se ve mucho más claramente esta diferenciación entre la especie humana y la raza que convive en paralelo con nosotros en la novela "La Pirámide Brillante" (o "La Pirámide de Fuego", según la traducción): desapariciones de personas en un área muy concreta, que al final se revelan como piezas de lo que podría llamarse venganza o ritual por parte de estos seres contra la humanidad, a la que sacrifican en una inmensa pira en uno de esos misteriosos círculos de hadas que aparecen por la geografía británica.
            Esta sensación de terror, de impotencia, se transmite a lo largo y ancho de todas sus narraciones, dotándolas de un ambiente agobiante, claustrofóbico en ocasiones, que unido a la maestría del autor a la hora de relatar las historias, ofrece unos textos de gran calidad en la literatura del terror, hasta el punto de que H. P. Lovecraft, el maestro del horror cósmico, en su ensayo "El Horror en la Literatura", lo analiza como uno de los grandes.
            Así, cuando leemos "El Terror", nos enfrentamos a algo intangible, incognoscible, que podría definirse como cósmico, aunque en realidad está más apegado a la tierra, a lo que se podría definir como la venganza de la naturaleza contra los excesos; nada hay definido, tan sólo la sensación de miedo, de pavor, que flota a lo largo de toda la novela hasta que se muestra el verdadero origen de ese terror, que llega a ser incluso más pavoroso de lo que se había definido hasta el momento…
            Todas estas características, toda esta pesadilla, se manifiesta a lo largo de sus relatos, que pueden ser leídos de forma independiente o, tal y como hizo con algunos de ellos, incorporados a una trama base inicial que los enlaza en el compendio "Los Tres Impostores", en el que una investigación irá desgranando secretos oscuros, malsanos, a través de historias que van aumentando el grado de misterio hasta llegar a un punto de locura aterradora. Historias como El "Recluso de Bayswater", publicada también como "Vinum Sabbati" o "La Novela de los Polvos Blancos", en las que el protagonista comprueba hasta qué punto el trato con conocimientos más allá de lo prohibido o lo oculto dan lugar a una conclusión absolutamente devastadora…
            En el estilo de Arthur Machen se conjugan un ritmo lento calculado a la perfección para generar el escenario adecuado, una prosa muy cuidada y elaborada con, en ocasiones, ciertos toques líricos que le dan un carácter especial. El conjunto, en general, ofrece una percepción, una fuerza a las historias, que hace que una vez comenzada cualquiera de ellas, resulte muy difícil dejar de leerla hasta el final…

sábado, 1 de julio de 2017

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA REVOLUCIÓN FRANCESA



Erre.–  La plaza estaba abarrotada, todos los ojos se dirigían anhelantes hacia la gallarda figura que se erguía sobre ellos en la tarima: Lhorkespierre, el gran orador, escoltado por toda su camarilla: el profesor Sartorius, el profesor Anscarius, Marat, Danton...
–¡Camaradas todos! ¡Hermanos de la lucha de clases! –declamaba a voz en grito, megáfono en mano–. ¡Damas y caballeros, tengo el gusto de presentarles... No, espera, que esto es del programa del Moreno... ¡Hemos de resistirnos a que se nos clasifique como bebedores empedernidos de champagne, mal que les pese a algunos! ¡Para demostrar que no sólo de esa maravillosa bebida vive el francés, vamos a inventar la tortilla francesa, las crêpes y las patatas chic! ¡Y ya hablaremos más adelante del más ambicioso proyecto jamás pensado: la Torre de Hierro de Lhorkespierre, una estructura novedosa y ultramoderna que dará que hablar al mundo entero y será el símbolo de nuestro país, además de una fuente inagotable de divisas! ¡Les vamos a quitar todo el turismo a los españoles, y la jet set se va a salir de Marbella para venirse a París a vivir!
"¡Además de todo esto, debemos, por encima de todo, frenar los excesos de la Seguridad Social, sus abusos y la mala gestión de que es objeto! ¡Las medicinas están por la nubes, nos las tiran desde aviones en parachutes, los médicos no extienden recetas ni jartos de champagne!
"¡Así pues, para protestar por tamaña actitud y felonía por parte de nuestros indignos gobernantes contra este pueblo democrático, os conmino a todos a que toméis una pastilla!
–¿Ya se ha inventado la Viagra? –se oyó murmurar a un anciano entre la multitud enfervorecida–. ¿Por fin voy a poder...
Pronto empezaron a oírse voces por toda la plaza clamando por la toma de la pastilla: "¡Sí, queremos la pastilla!", "¿Qué ha dicho, qué?", "¿Quién ha mencionado la Bastilla?", "¿Qué tiene que ver la Bastilla con la Seguridad Social y el champagne?", "¿Que si vamos a la Bastilla nos invitan a champagne?"...
Pronto comenzó a producirse un lento movimiento en dirección al renombrado edificio, cosa que alarmó sobremanera a Lhorkespierre.
–¡Eh, esperad un momento! –comenzó a gritar en vano–. ¡Que yo no he hablado de la Bastilla! ¿A dónde vais? ¡Que la pastilla y el champagne son incompatibles! ¡Esperad un momento, que ahora vienen las azafatas con los canapés! ¡Que se suponía que esto iba a ser una reunión pacífica y tolerante, una simple sentada contra los abusos de los tiranos! –exclamaba al tiempo que sujetaba nerviosamente un medallón con forma de círculo, en cuyo interior aparecía una Y invertida–. ¡Haz el amor y no la revolución!
A su lado, echándose una mano a la frente, el profesor Sartorius murmuraba para sí apesadumbrado: "No, si esto no puede ser... Si ya me temía yo que este inútil no tenía n.p.i. de oratoria, y mucho menos carisma".
Entre Lhorkespierre y Danton, el profesor Anscarius estaba sugiriendo a éste último algo al oído que nadie llegó a escuchar.
En un extremo de la plaza, riéndose a carcajada limpia de aquellos padres de la Patria, Morgana de Lhork se entretenía enviando telepáticamente un mensaje a Red Sara en el extremo opuesto de la plaza: Te he ganado la apuesta. ¿Con qué no era capaz de organizar una revuelta frente a la inutilidad de estos pobres diablos que intentan convencer al pueblo con tonterías de tal calibre? Ve preparando la tarjeta de crédito, porque te la voy a dejar temblando después de la cena que me vas a pagar.
"Espero que nunca llegue a enterarse de que he manipulado el megáfono, y que sonaba a lata", pensó la hechicera a renglón seguido.
Mientras tanto, el pueblo iba tomando paulatinamente carrerilla, pisándose los unos a los otros, al exaltado grito de "¡Tonto el último!".
Llegaron a las puertas de la Bastilla en un estado de puro frenesí, los nervios a flor de piel, el ansia por un buen papeo y mejor bebercio plasmado en sus anhelantes rostros; mas, al constatar que allí no había nada de nada, y que a sus preguntas los guardias les contestaban con un desganado "Je ne sais pas", volvieron sus miradas hacia Lhorkespierre y sus acompañantes, que llegaban corriendo detrás de ellos, las lenguas colgando fuera de agotamiento.
–¡Parad, hijos de la gran... patria! –jadeó el revolucionario–. ¿Qué no seríais capaces de hacer por un buffet gratis? ¡Que yo no he hablado de la Bastilla para nada, que he dicho que tomemos la pastilla!
Dicho y hecho: se alzaron algunas voces sorprendidas, "Ah, ¿era eso? Acabáramos, haber empezado por ahí...", y la marea humana se abalanzó contra las puertas, ante los alaridos aterrados de los guardias que veían, sin comprender nada, cómo una incontenible riada humana les caía encima como una pesada losa.
–Vaya panda de cenutrios –comentó Lhorkespierre–. Mira que son negados –admitió con gesto de resignación–. En fin, ya que se ha puesto en marcha esta tontería, ¿qué les podría impedir, por ejemplo, derrocar a Luis XVI?
¿Por qué habría hablado? Algunos escucharon sus palabras y, ni cortos ni perezosos, comenzaron a correr la voz de que había una revolución en marcha y que había de quitar de en medio al rey. El populacho comenzó a moverse de nuevo, tras dejar la Bastilla hecha una auténtica leonera, con las despensas vacías, dirigiéndose hacia el Palacio de Versalles, donde había llegado un mensajero advirtiendo a Su Graciosa Majestad de las malas nuevas.
–¡Maríaaa! –gritó el monarca–. ¡Prepara las maletas, que nos vamos de viaje!
–O sea, de verdad, ¿nos vamos a ver las regatas de Yale? –sugirió María Anlhorknieta–. Pues que sepas que no pienso ir si no es en avión y en bussiness class, te lo juro de verdad.
–Venga, vale, chatita –admitió Luis XVI–. Pero date prisa, que esos rústicos están a punto de llegar y nos van a pillar con los pantalones bajados. ¡Sebastián, haz que preparen de inmediato la carroza real! ¡Y que le instalen el turbo, que tenemos que salir de aquí pitando!
El carruaje, ultramoderno, de seis caballos de potencia, llegó enseguida a las puertas del palacio, donde lo esperaban impacientes los fugitivos. El rey, enfadado, alzó su puño izquierdo en un gesto de impotencia.
–¡A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a reinar para unos desagradecidos! –gritó.
–Sí, cariño, pero venga –le advirtió su mujer–. Vámonos ya, que me parece que esos desharrapados que asoman por ahí no vienen precisamente a saludarnos.
Con un gesto de pesar, montaron en la carroza y salieron a uña de caballo.
La historia cuenta como fueron detenidos en mitad del camino, arrastrados de vuelta a París, con la gran dama gritando en todo momento cosas como: "¡Mi peinado, que se me estropea!", "¡No me arruguéis el vestido de Armani, por Dios!", "¡Se me ha roto una uña!", "¡O sea, que plebe más asquerosa: huelen mal, visten peor y tienen muy malos modales!", "¡Cariño, encierra a estos ganapanes en la Bastilla!"...
The Pucelan Brothers.



Nota de la redacción: No podemos sino pedir perdón por tamaña perfidia, osadía que han tenido los Pucelan Brothers al volver a dejarse caer por este ilustre periódico, mas esta vez, de verdad, que no ha sido culpa nuestra. La cosa es como sigue: estábamos tan tranquilos en nuestra redacción, preparando y maquetando el número que ustedes están leyendo de Weird Tales de Lhork, en plena fase de descanso laboral para tomarnos un tentempié, cuando, hete aquí que, de repente, encima de la mesa de nuestro Redactor Jefe,  habían dejado este panfleto (nosotros suponemos que emularon al protagonista de la película "Misión Imposible", Lhork Cruise, dejándose caer desde el techo en una maraña de cables, de la que debió resultarles fácil salir, porque no conseguimos verlos por ningún lado). A todo esto, ¿quién de los dos fue el interfecto que se las arregló para meterse en semejante berenjenal? ¿Fue acaso el Pucelano Loco, que nos tiene acostumbrados a semejantes numeritos, o fue tal vez Morgana de Lhork, conjurando una salida del aire acondicionado donde no la había? El caso es que, al estar sobre la mesa del Redactor Jefe la crónica, un becario nuevo la encontró y la metió en maquetación antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que ocurría.
La solución, en el próximo número...

sábado, 24 de junio de 2017

HENRY JAMES

HENRY JAMES

José Francisco Sastre García

            Hablar de Henry James es hablar, sobre todo, de "Otra Vuelta de Tuerca", probablemente su obra más conocida, en la que desarrolla el terror gótico de una manera magistral, creando una atmósfera que va evolucionando de la apacibilidad de la campiña inglesa hasta un ambiente agobiante, casi claustrofóbico…
            Con todo, no es lo único que escribió; de hecho, su estilo parece ir adaptándose con el tiempo de una manera sorpresiva: comenzando con una literatura sencilla, directa, sin apenas florituras a pesar del decimonónico victoriano, en sus relatos más cortos, como la ya citada "Otra Vuelta de Tuerca" o "Los Papeles de Aspern", poco a poco va llegando, a medida que va escribiendo novelas más largas, como por ejemplo "Las Bostonianas", a un estilo en el que las frases son muy largas con mucha digresión y descripciones también muy largas, con un barroquismo mayor del habitual, lo que hace que haya momentos en que pueda hacerse un tanto incomprensible. Este cambio se hace patente, sobre todo, cuando Henry James decide tomar a un amanuense para dictarle sus obras: teniendo como tenía un problema de tartamudez ligera, lo fue superando a base de hablar despacio y con mucha prudencia; considerando que la literatura, al menos la buena, había de parecerse a la conversación de un hombre inteligente, este proceso de dictado fue lo que a buen seguro daría pie al cambio en su estilo, en el que empiezan a aparecer frases conversacionales.
            Tendió sobre todo a escribir sobre el drama interno, psicológico, en el que la alienación es una opción importante si no fundamental; y la época en que perdió a sus padres y a un hermano, y comprobó que "Las Bostonianas" no tenía el éxito que había esperado, lo marcó profundamente con un sentimiento de amargura que le volcaría a escribir historias que se asentarían en la frontera entre la realidad y lo sobrenatural; fruto de esta situación surgiría su celebrada Otra Vuelta de Tuerca, en la que unos fantasmas acosan a unos niños en una mansión en medio de la Inglaterra más campestre y decimonónica.
            En su obra suele exponer el contraste que en su época se vivía entre la Europa clásica, perfectamente asentada desde siglos de depuración histórica y cultural, y la América natal, mucho más joven, plena todavía según el autor de una gran bondad y una inocencia e ignorancia absoluta respecto de las costumbres de la Europa tradicional.

            Un gran clásico para leer, un autor de referencia para quienes disfrutan de la buena literatura… Habría que ser muy exigente para no disfrutar de sus historias.

sábado, 17 de junio de 2017

SIR ARTHUR CONAN DOYLE

SIR ARTHUR CONAN DOYLE

José Francisco Sastre García

            Hablar de Sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 22 de mayo de 1859 – Crowborough, 7 de julio de 1930) es hablar, sobre todo, de su personaje más inmortal, el detective consultor Sherlock Holmes, paradigma de la sagacidad y la inteligencia al servicio de la investigación criminal.
            La obra de este médico / autor escocés es mucho más amplia de lo que mucha gente cree: muy conocidos son, también, su personaje del Profesor Challenger, en palabras de Conan Doyle, “un cerebro privilegiado en el cuerpo de un hombre de las cavernas”, y las aventuras de corte histórico en las guerras napoleónicas (el brigadier Gerard), la guerra de los boers, y otras.
            Teniendo en cuenta la fama que cogieron los relatos de Holmes, resulta sorprendente descubrir que no era ni de lejos su personaje favorito; de hecho, llegó a decirle a su madre que “quería matar a Sherlock Holmes, ya que estaba gastando su mente”. Por aquel entonces, ya había adquirido tal renombre que ella misma le advirtió que la gente no se lo iba a tomar a bien, y así resultó: en “El Problema Final” acaba con su vida en un enfrentamiento con su mortal enemigo, el profesor Moriarty (un elemento, por cierto, que apenas aparece en la obra del escritor a pesar de toda la parafernalia que se ha escrito y filmado sobre él), lo que conlleva que el público lector, ávido de más historias sobre el detective consultor, se le echara al cuello llamándole de todo, declarándolo asesino, que se le juzgara por haber matado a su personaje, y exigiéndole que lo resucitara…
            Doyle aguantaría un cierto tiempo hasta que, con tanta presión, decide publicar “El Sabueso de los Baskerville”, una novela que posteriormente traería nueva controversia, ya que fue acusado de plagiarlo a un periodista, Bertram Fletcher Robinson, amigo de Conan Doyle, por Rodger Garrick-Steele, también escritor. La cosa podría haber quedado en una mera anécdota si el escritor no hubiera cargado las tintas aún más acusando al escocés de haber sido el amante de la mujer de Robinson, y que la muerte del periodista había sido fruto de una conspiración entre los adúlteros para hacerla parecer por causas naturales…
            Al margen de todo esto, que ha surgido en época reciente, el hecho de que siguiera sin resucitar a Sherlock Holmes hacía que el público continuara volcado en sus ataques contra él, hasta que, harto de todo, decidió devolver a la vida a su personaje en “El Misterio de la Casa Deshabitada”. Los ánimos se calmaron por fin y las cosas volvieron a una cierta normalidad.
             Con todo, el personaje que más acabado se considera es el profesor Challenger, un excéntrico científico embarcado en las más extravagantes aventuras en pos de inventos o descubrimientos de lo más insólito y, en ocasiones, sorprendente: desde descubrir una tierra detenida en el tiempo (“El Mundo Perdido”), hasta construir máquinas que podrían considerarse un avance de lo que estamos empezando a vivir (“La Máquina Desintegradora” o “El Día en que la Tierra Aulló”, por ejemplo).
            La época victoriana que le tocó vivir le influyó poderosamente a la hora de tocar temas muy específicos tanto en sus relatos como en su vida: se convirtió en un ferviente seguidor del movimiento espiritista, convencido de que los espíritus existían y que regresaban del otro mundo para hablar con los vivos, cuestión que tocó en más de un relato y, especialmente, en su libro “La Tierra de la Niebla”, en la que el Profesor Challenger, un científico perseguidor de todo tipo de engaños sobrenaturales en cuanto tenía ocasión, acaba por convertirse, igual que su creador, a la fe espiritista, tras convencerse de que ha hablado con su mujer fallecida.
            Aún fue mucho más lejos en estos caminos: por aquel entonces estaban de moda las hadas, se hacían muchas fotografía, en su mayor parte demasiado borrosas o ambiguas para tenerlas en cuenta, hasta que surgió un caso que trascendió más allá de toda medida: el asunto de las hadas de Cottingley.
            No me extenderé demasiado en este tema, pues se puede encontrar fácilmente, tan sólo comentar que las hermanas Wright hablaron acerca de que jugaban y hablaban con hadas, e incluso llegaron a hacerse algunas fotos muy “claras” con ellas; las figuritas se ven muy a la moda de la época, lo que hizo sospechar, y con razón, que se trataba de montajes de recortes de diversas revistas de la época.
            La cuestión es que Conan Doyle siempre creyó hasta su muerte que las hadas de Cottingley eran seres reales, y que se trataba de seres elementales de la naturaleza a los que sólo podían ver personas con una sensibilidad o unas dotes especiales: defendió el caso a capa y espada, empleándose a fondo, y ganándose una fuerte fama de crédulo e inocente a causa de esto y del espiritismo, algo que le reportó muchas burlas y un descrédito que pudo perjudicarlo como escritor o como médico.
            Al margen de todo esto, no podemos dejar de hablar de Conan Doyle como escritor: el estilo y la forma que muestra en su obra resultan de lo más atractivos, yendo al grano y procurando generar la ambientación y la necesidad adecuadas según lo que estuviera escribiendo; así, en Sherlock Holmes se recrea en los detalles, explicando la investigación paso a paso, mostrando una y otra vez el aserto del detective de que para resolver un caso hay que ir eliminando lo que no puede ser, y que lo que quede, por improbable que parezca, ha de ser la verdad; en el profesor Challenger sigue una línea muy parecida, explicando las ideas del personaje y sus pasos para llegar al punto al que quiere llegar; y en sus novelas históricas recrea los escenarios con gran fuerza, manteniendo dentro de lo que cabe todo dentro de los cauces de la historia…
            Su estilo es rápido, directo como una flecha, aunque en ocasiones puede ralentizarse un poco, con una prosa decimonónica que resulta de lo más adecuada para el ambiente en que se desenvuelven los personajes; los relatos cortos se vuelven tan efímeros que dan la sensación de haber sido dejados a medias aposta para que el lector pida más, mientras que las novelas, aunque eficaces y eficientes, por momentos pueden resultar un poco más lentas o flojas. Icono del género policíaco o negro, ha sido fuente de inspiración para muchos autores posteriores.

            Para terminar, podemos contar de él una cuestión que surgió en 2015: un grafólogo español, Jesús Delgado, estudió al escocés y consideró, en su libro “Informe policial: la Verdadera Identidad de Jack el Destripador”, la posibilidad de que el terror del Londres de finales del siglo XIX hubiera sido en realidad Sir Arthur Conan Doyle. ¿Verdad? ¿Ilusión? No parece probable, aunque en el caso del Destripador nada es descartable y, al mismo tiempo, nada resulta lo suficientemente incontestable como para poder afirmar algo con rotundidad. El hecho evidente es que el Holmes de Doyle jamás se enfrentó al Destripador, tal vez porque el autor no tenía suficientes datos como para establecer una novela en la que exponer una idea razonable. O porque quizás el trasfondo de esta truculenta historia tenía demasiada miga como para intentar meter mano, no fuera a ser que se la cortaran…

domingo, 11 de junio de 2017

ALHORKANDRO MAGNO

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

ALHORKANDRO MAGNO



Erre.–  Los dos inmensos ejércitos se observaban fieramente: de un lado, las tropas del todopoderoso Alhorkandro Magno, el macedonio que se había embarcado en una inacabable campaña de conquistas a lo largo de todo Oriente; y del otro, los hindúes, con sus filas repletas de elefantes.
Tras la habitual interrupción para comer el bocata y parlamentar, la única solución que habían encontrado ambos bandos, después de un furioso cruce de insultos y galletas de chocolate, era la guerra, la dura e inapelable confrontación bélica.
Y todo por un tipo que había provocado la debacle de Persépolis, un tipo vestido de negro, con una especie de tela anudada al cuello, y unos cristales oscuros tapando sus ojos; había hecho un gesto raro con el dedo, pasándoselo por los labios, y todas las mujeres de Darío habían enloquecido hasta el punto de provocar una turbamulta que lo persiguió hasta las afueras de la ciudad, intentando alcanzarle unos para lincharle y otras vaya usted a saber para qué: tras su paso, no había quedado piedra sobre piedra, todo había sido asolado como por un terremoto; y Alhorkandro había jurado venganza, por lo que había enviado a sus exploradores tras los pasos de aquel desaprensivo, hasta alcanzarlo en aquel lugar tan lejano.
Y ahora, como las tropas que tenía frente a sí le protegían, se veía obligado a combatir contra unos animales a los que no conocía y que le parecían auténticas masas de carne capaces de hacer papilla a su ejército, que murmuraba nerviosamente y protestaba por los bajos salarios que cobraban por hacer aquellas ingratas faenas.
Militaba en sus filas una hechicera de renombre: Morgana de Lhork, experta en cualquier tipo de magia, capaz, según comentaban las malas lenguas, de convertir en mosca de la basura a cualquier que se le pusiese pelma; y, para su eterno lamento, una de sus mejores capitanas y luchadoras, Red Sara, lo había abandonado y se había pasado a las filas de los hindúes, pretextando que tenía ganas de tomarse unas vacaciones y aquél era un momento tan bueno como cualquier otro para tomárselas. Como es de suponer, Alhorkandro se había puesto como un basilisco, jurando en arameo y en swahili, asegurando que tendría su cabeza en una pica expuesta en las murallas de Atenas.
La capitana se le había reído en sus barbas, que ya tenían una semana después de las forzadas marchas a que había sometido a sus hombres, y se había largado con viento fresco.
Para destrozar de una vez a aquellos fanfarrones que pretendían impedirle alcanzar al tipo de negro (que, por cierto, andaba por ahí con una botella de algo que no era vino y cuyo nombre resultaba raro, algo así como Martirio), mandó lanzar un ataque en cuña de su caballería, esperando que sus enemigos cayeran bajo su espada como el trigo bajo la guadaña.
Sin embargo, Red Sara conocía sus tácticas, y sabía que su principal virtud para vencer, es decir, la extravagancia en el combate que le había dado el nombre de Alhorkandro, era también su máxima debilidad, y decidió aprovecharla en la medida de lo posible: ordenó que los elefantes se separaran y les dejaran pasar entre ellos, para intentar pillarles bajo sus enormes patas; todo hubiera ido perfectamente, si Morgana, desde la retaguardia, no hubiese lanzado un poderoso conjuro de ceguera contra los inmensos animales, que los hizo volverse locos de pavor y comenzar a pisotear aquí y allá sin ton ni son, como si estuviesen bailando una de esas músicas psicodélicas que tanto gustaban en los años sesenta.
-¡Por la gloria de Lhork! –gritaba una y otra vez el general macedonio, lanzándose a la carga continuamente, tratando de penetrar las defensas hindúes sin conseguirlo.
En un momento dado, pareció que los ksatriyas, recuperados de la ceguera temporal impuesta por Morgana, tuvieron las de ganar, manteniendo a raya a las tropas griegas, obligándolas a combatir con el río Indo a sus espaldas, gracias a la magistral estratega que era Red Sara, pero una inesperada maniobra de los macedonios los descolocó por completo: Alhorkandro miró hacia el cielo, y abrió desmesuradamente los ojos.
-¡Mirad, el sagrado Cetro de Trados desciende a nosotros! –gritó señalando algo.
Todos los ojos elevaron su mirada en busca de lo que indicaba, aunque no vieron nada más que un ala delta revoloteando sobre ellos, arrastrando detrás de sí un cartel que decía “Beba Coca-Cola”.
La siguiente orden fue volver a la carga: mientras estaban despistados, el equipo de casa fue vapuleado a conciencia por los visitantes: hubo varios penaltis, que el pichichi resolvió con pleno acierto, en el minuto 77 ya ganaban por 17-0... Huy, perdón, se me ha cruzado el programa del García.
Como iba diciendo, aprovechando el desconcierto de las tropas hindúes, los macedonios aprovecharon para atacar con fiereza, consiguiendo hacer retroceder a sus enemigos, y avanzando hacia la capital de aquel exótico reino: la resistencia había sido vencida, el ejército había huido como alma que lleva el diablo, y el camino hacia el hombre de negro parecía expedito.
Pero Alhorkandro no había contado con sus propios hombres: estaban descontentos, sobre todo tras ver el anuncio del ala delta, y deseaban tomarse un refresco en el disco-pub más famoso de la época, en Petra, el lugar más fresquito de todo el desierto. De nada sirvieron los ruegos ni las amenazas del general, el ejército comenzó a dar media vuelta y el macedonio, resignado, hubo de volverse con ellos.
Durante el regreso, Red Sara le alcanzó.
-¿Qué tal la fiesta, colega? –preguntó, tendiéndole una botella de LhorkRioja.
-Psché, podría haber sido mejor –se lamentó Alhorkandro tras un buen lingotazo de aquel magistral reconstituyente-: no sé, me ha resultado demasiado fácil vencerlos; el truco de la Coca-Cola está ya muy visto, y a pesar de eso han picado como todo el mundo. Y tú, ¿qué? Debería colgarte por traidora.
-Venga, hombre –se defendió la capitana alegremente-. No seas tan quisquilloso, sólo ha sido un truco para que la batalla no fuese demasiado aburrida: alguien debía ponerle un poco más de emoción, porque, desde luego, si hubiésemos combatido juntos, nos habríamos comido a esos elefantes con patatas en un abrir y cerrar de ojos.
Alhorkandro la miró pensativamente durante unos minutos.
-Bueno, vale –admitió con un mohín de fastidio-: te lo admito. Pero la próxima vez que quieras hacer algo así dímelo, o me enfadaré: recuerda que soy yo quien lleva el Estratego y el Risk. ¿Está claro?
-Vale, jefe –aceptó jocosamente la mujer-: ya estamos con lo de siempre. A veces pienso que tu padre, Filipo de Macedonia, debería haberte educado un poco mejor, en lugar de dejarte hacer lo que te vino en gana: eres peor que un niño malcriado.
-¿A qué no te dejo jugas más? –se irritó el general-. Mira que puedo echarte del Cuadrado de Lhork, que tengo muchas influencias con el CIO.
-¿Tú sólo? –se burló Red Sara.

The Pucelan Brothers.


Nota de la redacción: ¡Qué desesperación! No ya uno, sino dos, son los locos que nos atacan con saña y alevosía, con premeditación y nocturnidad. Esta vez hemos recibido la visita de una mujer que pidió hablar con el redactor jefe in person. Le dio este desatino, y le aseguró que era la colaboradora del Sr. Sastre, nuestro enemigo jurado desde los más tiempos más remotos.

            Intentamos atraparla, pero, misteriosamente, se desvaneció dejando tras sí una ligera voluta de humo. Si es capaz de hacer esas cosas, ¿no se nos colará por la redacción cuando le venga en gana? ¡Por Mitra y Lhork, por Crom y Asura, que esto es como para volverse loco de remate! Nuestro redactor jefe, desistiendo ya de conseguir librarse de esta plaga, se ha dado al LhorkRioja, y ahora ya no es capaz de distinguir un ordenador de una silla, de ahí que, de vez en cuando, se nos escapen algunas erratas sin importancia en los números correspondientes. Le hemos llamado al orden, pero posiblemente habremos de llevarlo a Alcohólicos Anónimos y a una terapia de choque para que consiga superar el trauma de haber conocido a “The Pucelan Brothers”.

sábado, 3 de junio de 2017

EL MISTERIO DE ROANOKE

EL ¿MISTERIO? DE LA ISLA DE ROANOKE

José Francisco Sastre García

            A veces me pregunto hasta dónde podemos llegar en nuestro afán de tener las cosas hechas y mascadas, y no tener que pensar nada de nada, para no desgastar nuestro cerebro en cosas aparentemente vanas e inútiles. Tomar lo que se nos dice sin indagar nada, sin preocuparnos de si detrás de esa información hay investigación real o sólo un pequeño arañar que no conduce a ninguna parte…
            Hago esta pequeña reflexión a costa de un misterio que lleva más de 400 años coleando, y que recuperé no hace mucho para escribir una historia de misterio sobre él; pensaba plantearme algo de tipo lovecraftiano, así que rebusqué información para darle la ambientación adecuada.
            El misterio en cuestión es el de los colonos perdidos de la isla de Roanoke, una expedición inglesa de finales del siglo XVI que se asentó en esa isla y que, no se sabe cómo ni por qué, desapareció sin dejar rastro. Éste es el resumen más básico de la historia, ahora voy a exponer la historia de esa expedición y luego veremos qué hay de misterio en todo esto…

  • El 17 agosto de 1585, Sir Richard Grenville llega a la isla de Roanoke y deja en ella a Ralph Lane como gobernador de la colonia y a 107 ingleses.
  • A los colonos no se les ocurre otra que asaltar una aldea nativa, lo que conduce a un ataque indígena que no consiguen rechazar más que a duras penas. Sir Francis Drake aparece más tarde y ofrece a los supervivientes regresar a Inglaterra. Uno de los que embarcan es un metalúrgico, Joachim Gans.
  • Grenville aparece más tarde, lo encuentra todo abandonado y deja un pequeño destacamento antes de regresar a Inglaterra.
  • En 1587, Sir Walter Raleigh envía 115 colonos a la bahía de Chesapeake. Al frente pone como gobernador a John White. Desde ahí se les envía a Roanoke, donde llegan el 22 de julio de 1587; no encuentran nada, sólo un esqueleto, posiblemente de algún miembro del destacamento. Simón Fernández, comandante de la flota, ordena que se mantenga la colonia en lugar de reembarcarlos y devolverlos a Inglaterra.
  • White establece relaciones con los croatoan, pero las tribus que habían combatido con la gente de Raleigh se niegan a aceptarlo. Poco después uno de los ingleses, George Howe, es asesinado mientras busca cangrejos en Albemarle Sound. Se acusa a los nativos.
  • Ante la falta de recursos y temiendo represalias de los indígenas, John White, a instancias de los colonos, parte hacia Inglaterra a finales de 1587 para informar y solicitar ayuda.
  • La presencia de la Armada Invencible en las costas británicas y el mal tiempo impiden que se envíe una flota a Roanoke.
  • Durante la primavera de 1588, White intenta regresar a Roanoke con dos pequeñas embarcaciones, pero la avaricia de las tripulaciones hace que se dediquen a la piratería y ha de regresar a Inglaterra sin avistar la colonia.
  • El 18 de agosto 1590, White consigue anclar por fin en Roanoke con una expedición corsaria. La encuentra desierta, sin rastro de violencia alguna. Las casas han sido desmontadas, lo que parece indicar una intención de marcha. También encuentra la palabra “croatoan” grabada en un tronco, y “cro” en otro. No hay ninguna cruz de Malta por ninguna parte, tal y como había pactado con los colonos si sucedía algo violento, por lo que interpreta que se han ido a la isla de Croatoan (actualmente, isla Hatteras). Cuando intenta comprobarlo, se ve retenido por el mal tiempo.
  • Thomas Harriot, un naturalista que trabajó para Sir Walter Raleigh, atestigua que las relaciones entre colonos e indios eran amistosas. Evita testimonios sobre los problemas en la colonia durante la época de la desaparición, tal vez para fomentar la llegada de más colonos a las nuevas tierras.
  • En 1602, Sir Walter Raleigh envía una expedición bajo las órdenes de Samuel Mace para investigar la desaparición, pero no puede llevarla a cabo: distraído con recolecciones naturalistas, para cuando intenta prestar atención a su misión principal el mal tiempo se lo impide.
  • En este ínterin, los españoles también intentan investigar: tener cerca de sus posiciones una colonia inglesa que puede ser utilizada como base para los corsarios no les resulta grato. Su intención es destruirla antes de que resulte una amenaza, pero con la información que poseen no pueden localizarla hasta 1590. Los restos que descubren les hacen pensar que se trataba de una avanzadilla de la original de la Bahía de Chesapeake, descartando la idea inicial de que se trataba de una colonia más próspera.
  • En el año 2000, una historiadora, Lee Miller, escribe un libro en el que expone una teoría sobre la desaparición de los colonos: los colonos se integran con los chowanoke, y éstos a su vez son atacados por los mandoag (enemigos), que pudieron ser tuscarora o wainoke (eno). Esta teoría se ve apoyada por el mapa de Zúñiga, en el que aparece un texto que indica que “four men clothed that came from roonock”(“cuatro hombres vestidos que llegan de Roonock”) vivían en un poblado iroqués; asimismo, William Strachey, un secretario de la colonia de Jamestown, atestiguó en su escrito “The historie of travaile into Virginia Britannia”, en 1612, que había poblados indios en los que se habían construido casas de piedra de dos pisos, tal vez aprendido de los colonos de Roanoke. De la misma manera, durante este periodo el secretario dio fe de un encuentro con dos chicos y una chica blancos en un poblado eno (wainoke). Incluso la tradición de los croatoan, que habían vivido en la isla de Roanoke y en la que lleva su nombre (Hatteras), dice que tienen ascendientes blancos. Posteriormente, a partir del XVII y el XVIII, se han dado testimonios de indígenas con ojos grises o azules, pelo rubio… Señales de este tipo aparecen en unas cuantas tribus de la región.
  • También se aportan como pruebas de la partida de los colonos unas piedras, conocidas como piedras Dare, encontradas entre 1937 y 1941, en las que al parecer se relatan los viajes, vicisitudes y muerte de los colonos. Hay discusión sobre su autenticidad.
  • Para rematar la faena, diremos que en 1998 la Universidad del Este de Carolina organizó el proyecto Croatoan con el fin de descubrir pruebas arqueológicas de lo sucedido en Roanoke. El resultado fue hallar en el emplazamiento de la antigua capital croatoan armas de chispa, cuartos de penique del siglo XVI… La relación parece conducir a la primera colonia, la de Ralph Lane.
  • Otro proyecto, comenzado en 2005 por “Lost Colony DNA Project”, pretende comprobar si los colonos se integraron con los indios o no.


Parece bastante claro, ¿no? Todo esto lo fui viendo en un lapso de tiempo muy breve, tan sólo con bucear un poco en la información. Así pues, ¿por qué exponer teorías como las que se plantearon acerca de la aniquilación de la colonia por parte de indígenas, españoles? ¿Que se montaran en una nave y se perdieran en alta mar? ¿Que fueran devorados por caníbales? ¿O algunas aún más rebuscadas y estrambóticas?
Vayamos al grano: de cara, el que hayamos andado especulando con el significado o el sentido de la palabra croatoan demuestra que nos hemos limitado a seguir continuando un misterio inexistente: era una tribu que vivía cerca de los colonos perdidos, lo que de cara ya da una pista muy clara de lo que seguramente sucedió. John White había pactado con sus compañeros de Roanoke que si sucedía algo trágico dejaran una marca en forma de cruz de Malta, cosa que no sucedió, sino que alguien escribió esa palabra en el tronco de un árbol, además de iniciar una segunda en otro tronco. Si además le añadimos que la colonia por lo visto había sido desmontada, que no destruida, hay una clara indicación de que se trasladaban a otro lugar, casi con toda certeza a la capital de los croatoan. ¿Misterio? ¿Dónde?
Adjuntemos además las tradiciones de las tribus, que dicen tener ascendientes blancos, y esos datos acerca de indios rubios, o de ojos grises o azules, y el panorama se aclara aún más.
Sinceramente, mi opinión al respecto es la más obvia: ante la falta de recursos, los colonos se vieron obligados a desplazarse a la capital croatoan, en un viaje seguramente no exento de dificultades. Algunos colonos acabaron en unas tribus, otros en otras, y al final la dispersión hizo que se perdiera la pista.
Y por otra parte tenemos las piedras Dare. Aunque parecen mostrar la ruta que siguieron los colonos, hay algo que me desconcierta y me hace dudar de ellas: si llevaban telas y posiblemente papel, ¿qué le hubiera costado a Eleanor Dare plasmar ese contenido en un material más asequible para ellos?
En resumen: más de 400 años dando vueltas a un asunto que sólo merece que se le dedique el momento de averiguar si el ADN de las tribus lleva también ADN inglés del siglo XVII, que por las pintas va a salir un resultado más que positivo…

Bibliografía:

  • Wikipedia
  • 1585-1586. A Brief and True Report of the new Found Land of Virginia, Thomas Harriot.
  • 1612. The historie of travaile into Virginia Britannia, William Strachey.
  • 1709. A New Voyage to Carolina, John Lawson.
  • 12 de febrero de 1885. Artículo en el The Fayetteville Observer sobre el origen de los nativos americanos.
  • 2000. Roanoke: Solving the Mystery of the Lost Colony, Lee Miller.