domingo, 19 de febrero de 2017

18. LA ÉPOCA VICTORIANA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA EPOCA VICTORIANA



Erre.- Andaba Lhork Byron preocupado por aquellos aciagos días, pues había perdido un valioso anillo que una buena amiga le había dejado en prenda. Era en verdad valioso, mas no tanto por su aspecto, más bien anodino y carente de valor material, como por las circunstancias en que lo había recibido. En un alarde de derroche, había contratado los servicios del mejor detective del mundo, el señor Sherlhork Holmes, y su inseparable ayudante, el doctor Watson, pero éstos le habían confesado que estaban tan peces en el asunto como él. No estaban seguros de si se trataría de un robo, pero, desde luego, míster Holmes había afirmado con rotundidad que si ése era el caso, el culpable era, sin lugar a dudas, el vil canalla, aquel tipo rastrero y villano llamado Lhorkiarty.
            Desde que le habían negado el ascenso a miembro del consejo del Círculo, aquel tipo, del que se comentaba que era la mayor eminencia en astronomía y matemáticas aplicadas del mundo, se había puesto tan rabioso que no escatimaba medios para vengarse de tamaña afrenta.
            Desde que el insigne poeta, loco de pena, había dado publicidad a su desdicha, todo Lhorkndres se había volcado en buscar el dichoso anillo, al que, por un extraño capricho, alguien dio en bautizar como el anillo de los filhorksofos, y por tal se le conocía desde entonces. Incluso la propia reina dio en promover la búsqueda, estipulando una recompensa de diez mil, sí, diez mil libras, para el afortunado que localizase el dichoso artefacto.
            Pasaban los días, y después los meses. Y un año después, aún no había aparecido el anillo. Sherlhork Holmes estaba a punto de rendirse, a pesar de las valerosas palabras de ánimo que su compañero, el doctor Watson, le dirigía cada mañana al levantarse. Ni una pista, ni el más mínimo rastro, a pesar de haber recurrido al recurso extremo de concertar una cita con Lhorkiarty y suplicarle, por el amor de Crom y del Círculo, que devolviera el anillo. Pero el perverso villano se le había reído en la cara, y le había asegurado que tal objeto no obraba en su poder. Holmes estaba seguro de que mentía, pero no podía probarlo, así que una noche, seguido por el fiel Watson, se introdujo en el hogar del archicriminal y revolvió toda la casa, con el consiguiente alboroto de los criados y la salida de ambos héroes a patadas por la puerta principal.
            El asunto trascendió a un nivel aún mayor, al internacional, y todas las potencias mundiales enviaron telegramas de condolencia al atribulado poeta, Lhork Byron, quien se entretenía componiendo, en sus ratos libres, historias morbosas, caprichosas, como “El Retrato de Dorian Gray”, del que se decía le había sido inspirado por alguno de sus amigos más allegados: Percy Shelley, Mary Shelley, o incluso el doctor Polidori, un personaje de lo más extraño.
            El revuelo había sido impresionante: todo el mundo andaba revuelto con el asunto del dichoso anillo, por lo que el Círculo decidió tomar cartas personalmente en el asunto, enviando a sus más sagaces sabuesos tras la pista del maldito objeto.
            El rastro parecía múltiple: el profesor Sartorius terminó buscándolo en las lejanas selvas africanas, entre tambores y licor de banana; años más tarde, alguien lo encontró perdido en medio de la jungla, y le preguntó aquello de “El profesor Sartorius, supongo”.
            JoJavi QueNoVe terminó en medio de las estepas rusas, trasegando vodka como un auténtico cosaco; y esta vez, no sólo no llegó a encontrar el anillo, sino que hizo auténtico honor a su nombre: realmente, no era capaz de ver por dónde andaba.
            El general Trueno de Thule, acompañado por su mujer y sus leales amigos, rastreó una huella fresca hasta Groenlandia, donde, aún hoy en día, sigue buscando infructuosamente, mientras la pelma de la Sigrid le importuna insistiendo que deben volver a su casa a cuidar de los niños y a cerrar la llave del gas, que dejaron abierta por descuido. Y no tanto por el riesgo de explosión, sino por el importe de la factura que se les avecinaba.
            El Venerable Ninja Mululu se dedicó a buscar por el lejano Oriente, entre el Tíbet, Mongolia y China, exacerbando hasta tal punto los nervios de aquellas gentes que, un buen día, perdió toda comunicación con el Círculo; sus ropajes oscuros dejaron de ser vistos por los salones de la organización fanzinerosa, y se rumoreó que había encontrado un paraíso en algún lugar de las montañas, aunque otras fuentes afirmaron que, simplemente, los orientales se cansaron de él y le ataron una rueda de molino al cuello, arrojándole acto seguido al Pacífico.
            Javierix viajó hasta las Galias, en busca de un anciano druida del que confiaba recibiera una respuesta concreta al asunto del anillo; en concreto, el resultado de su visita fue una gran barrica llena de LhorkRioja que le tentó sobremanera; hasta tal punto, que, finalmente, con un “¡Gracias, San Lhork!”, se tiró en plancha a su interior. Un rato más tarde, le sacaron convertido en un beodo impresentable.
            Lhork Skywalker y Han Solhork terminaron en medio del Amazonas, haciendo proselitismo en medio de los jíbaros, y preguntándoles si sabían algo sobre el asunto que le llevaba hasta aquellos lares; pero los indígenas no sólo no supieron darles razón del anillo sino que, molestos por aquellos estúpidos extranjeros que osaban importunarles con aquellas tonterías, y que amenazaban con acabar con su ecosistema con aquellas paparruchas de espadas láser, armas ultrasofisticadas y demás, decidieron que si la princesa Lila quería saber algo de ellos, tendría que preguntárselo a sus reducidas cabezas, en medio de la selva.
            Mientras tanto, Lhork Byron, en Lhorkndres, metió un día la mano en el bolsillo de una de sus chaquetas, que tenía guardada hacía un par de meses, y descubrió, con sorpresa y un poco de estupor, que el dichoso anillo estaba allí, olvidado desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Le dio vergüenza desvelarlo, y no era para menos: cuando se supo la terrible verdad, el mundo montó en cólera, y dio la espalda al poeta, obligándole a cambiar de acera. En general, la gente optó por hacerle el vacío, tras una semana de insultos, broncas, y algún que otro golpe. Sin embargo, los miembros del Círculo, encabezados por el ilustre señor Holmes, le corrieron a guarrazos por toda la ciudad. Y hasta el día de hoy, sigue corriendo, temeroso de pararse y descubrir, detrás suyo, a alguien que le puede atizar con cualquier objeto contundente a mano.
            Tras este incidente, el señor Byron no ha vuelto a levantar cabeza, y ruega a San Lhork para que, algún día, se acaben sus carreras y la gente deje de llamarle, jocosamente, el Judío Errante. Pero parece que los miembros del Círculo no están por la labor, y que, pese a todo, deberá seguir corriendo hasta el fin de los tiempos, perseguido por una caterva de energúmenos que no le dejan a sol ni a sombra.
            La última noticia del señor Byron es que andaba por las llanuras americanas, tratando de camuflarse entre los últimos cíbolos de Bufalhork Bill, de Caballo Lhorko, y del resto de los miembros del Círculo residentes en aquellos salvajes parajes.

Jose Francisco Sastre García



Nota de la redacción: Una vez más, nuestro antiguo articulista, el Sr. Sastre, nos ha ganado por la mano. Cuando ya creíamos que le teníamos atrapado, se nos ha escapado de entre los dedos como una escurridiza anguila.
            Hace un par de noches, nuestro vigilante jurado lo descubrió aporreando frenéticamente el teclado de un ordenador, escribiendo estas líneas. Junto a él, una botella de LhorkRioja y, cosa extraña, el número 32 de “Weird Tales of Lhork”. Dio un respingo al saberse descubierto, y se enfrentó valientemente a nuestro asalariado, con gesto decidido y la botella en la mano. Al parecer, le ofreció un trago, pero el vigilante, incorruptible, se negó a ello y le arrebató la botella; ante tal afrenta, se enzarzaron en una violenta pelea, de resultas de la cual el Sr. Sastre terminó con un ojo morado y un hilillo de sangre en la comisura de la boca, mientras que nuestro hombre, avezado en técnicas de lucha y supervivencia, apenas tuvo rasguño alguno.
     Lo maniató para evitar que escapara, pero no sabemos exactamente qué ocurrió después: no ha sabido darnos ninguna respuesta clara. Cuando llegamos por la mañana, las cuerdas estaban roídas y el vigilante, con la botella vacía a su lado, reposaba plácidamente tirado en el suelo con una tajada de campeonato. Al parecer, y por lo que nos es dado suponer, no pudo evitar la tentación del LhorkRioja, a pesar que le habíamos advertido que pegaba más que el licor de banana o la coz de un rinoceronte, trajinándose lo que el Sr. Sastre hubiera dejado de la botella antes de ser descubierto. En fin, como de costumbre y para no variar, nuestro antiguo articulista ha vuelto a desaparecer, y no hay manera de encontrarle. Si alguien lo ve... bueno, mejor que salga corriendo, por si acaso.

sábado, 4 de febrero de 2017

LEONARDO DA VINCI

LEONARDO DA VINCI
EL GENIO DEL RENACIMIENTO

José Francisco Sastre García


Ha hecho correr ríos de tinta, su figura se ha convertido en poco menos que legendaria… Curiosamente, no fue un conquistador como Alejandro, César, Napoleón o Cortés, ni tampoco un gobernante como Akhenaton, Felipe II o Carlomagno… Ni siquiera un aventurero en pos de fama y gloria.
No, el personaje con el que nos encontramos en esta ocasión se encuadra más bien en el apartado de las ciencias y el arte, es una de esas rara avis que de vez en cuando surgen a lo largo de la historia de la humanidad, y que nos sorprenden con sus conocimientos y logros. Se entronca en la línea de personajes como Imhotep, el sabio divinizado de los tiempos de Djoser, Pitágoras, el eminente matemático-filósofo…
Como no podía ser de otra manera, hablamos de Leonardo da Vinci, una figura que pasa por los siglos XV-XVI como un torrente de ingenio y sabiduría tras el que se ocultarían, además, unas corrientes de sombras y luces esotéricas, simbológicas, que lo impulsan más allá de los logros que consiguió…

El Personaje

            Leonardo di ser Piero da Vinci nace el 15 de abril de 1452 en el castillo de Vinci, cerca de Florencia. Según las palabras que han llegado a nosotros de su abuelo, su llegada al mundo se produjo “en la tercera hora de la noche”, lo que traducido a lenguaje actual se refiere a que nació tres horas después del Ave María, o sea, alrededor de las diez y media de la noche.
            Aunque todo el mundo lo conocemos como Leonardo, ésta es en realidad la forma castellanizada: nacido en Italia, en su hoja de bautizo consta como Lionardo. Era hijo ilegítimo, su padre era Messer Piero Fruosino di Antonio, un notario, canciller y embajador de la República de Florencia, que al parecer debió dejar embarazada a una joven de familia campesina llamada Caterina, de la que se piensa que pudo haber sido probablemente una esclava oriental, y a la que casó con su jardinero, Accatabriggi di Piero del Vacca, para legalizar la situación.
            En torno a su nacimiento se menciona un presagio acerca de que cuando estaba en la cuna un milano descendió del cielo y le tocó en la cara con su cola. Su abuelo dice de él, durante los primeros años, que lo suyo no era otra cosa que extravagancia e incluso maleficio, ya que su madre, enferma, no podía amamantarlo y se le daba la leche de una cabra de Montalbano, a cuya propietaria acusarían de bruja…
            Vivió durante sus primeros cinco años en la casa de su madre, donde se le trató como si fuera un hijo legítimo. No le faltaron madrinas y padrinos: cinco de cada, todos ellos habitantes del pueblo. Aprendió a leer y escribir, y se le inculcaron conocimientos de aritmética, aunque hay algunos detalles que indican que en esta primera etapa de su vida hubo muchas lagunas en su enseñanza: no aprendió latín, que era la base de la educación tradicional; el hecho de que tuviese una ortografía un tanto caótica refuerza la idea de que su aprendizaje por entonces fue limitado, desde luego en ningún caso a nivel universitario.
            Transcurrido este tiempo, en 1457 la madre de Leonardo se casó con un campesino de la localidad, Antonio di Piero Buti del Vacca da Vinci, que le dio cinco hijos. En ese momento fue trasladado a la casa de la familia de su padre, que por entonces se había casado con una joven de 16 años descendiente de una rica familia de Florencia, Albiera degli Amadori. Esta muchacha volcó todo su afecto en el niño, pero sería por poco tiempo: siete años después, en 1464, debido a complicaciones en un parto, moriría.
            A pesar de que era considerado plenamente desde su nacimiento como hijo de su padre, al pequeño siempre se le negó el reconocimiento formal como hijo legítimo: su padre se casaría hasta cuatro veces, dándole diez hermanos y dos hermanas, todos ellos legítimos, lo que lo postergaba una y otra vez… De todo este ir y venir de madrastras en la familia, la que más cerca estuvo de él, y que se evidencia en una nota donde se dirige a ella como “querida y dulce madre”, y con la que le debió unir una relación mucho más estrecha, debió ser la última esposa de su padre, Lucrezia Guglielmo Cortigiani.
            Su iniciación en las artes debió proceder probablemente de su abuela paterna, Lucia di ser Piero di Zoso, una buena ceramista. Su principal biógrafo, Giorgio Vasari, para ilustrar el talento que el chico tenía por entonces, cuenta que en una ocasión un campesino local solicitó a ser Piero que Leonardo le pintara una imagen sobre una placa, a lo que el muchacho respondió con un dibujo de un dragón escupiendo fuego, tan bien realizada que ser Piero decidió vendérsela a un mercader de arte florentino, quien a su vez la revendió al duque de Milán. Con el beneficio obtenido por la transacción, ser Piero compró una placa con un corazón atravesado por una flecha, que entregó al campesino.
            Al parecer dibujaba animales mitológicos de su propia invención: Vasari relata cómo en una ocasión creó un escudo de Medusa con dragones tan realista y terrorífico que su padre, al encontrárselo sin saber de qué se trataba, quedó atemorizado.
            A Leonardo le encantaba la naturaleza, la observaba con gran curiosidad e interés, en busca de lo que podía aportar a sus inquietudes; se dedicaba a dibujar caricaturas y, posiblemente debido al hecho de ser zurdo, practicaba la escritura especular (de derecha a izquierda y con los caracteres invertidos para que sólo pudieran leerse con el uso de un espejo) usando el dialecto toscano.
            Para ilustrar los primeros pasos de la carrera del gran genio, volveremos de nuevo a Vasari, del que tomaremos otra anécdota: “un día, ser Piero tomó algunos de sus dibujos y se los mostró a su amigo Andrea del Verrocchio y le pidió insistentemente que le dijera si Leonardo se podría dedicar al arte del dibujo y si podría conseguir algo en esta materia. Andrea se sorprendió mucho de los extraordinarios dones de Leonardo y le recomendó a ser Piero que le dejara escoger este oficio, de manera que ser Piero resolvió que Leonardo entraría a trabajar en el taller de Andrea. Leonardo no se hizo rogar; y, no contento con ejercer este oficio, realizó todo lo que se relacionaba con el arte del dibujo”. Así fue como en 1469, con 17 años, el gran Verrocchio acogería como aprendiz a Leonardo en uno de sus talleres de arte más prestigiosos, bajo su propio magisterio, quien le enseñaría gran cantidad de técnicas  y artes, dándole una excelente formación multidisciplinaria que lo acercó a artistas de la talla de Sandro Botticelli, Perugino o Domenico Ghirlandaio.
            No era de extrañar que Verrocchio enseñara tantas cosas al futuro genio: era un artista de renombre, muy ecléctico, con una sólida formación de orfebre y herrero y, al mismo tiempo, pintor, escultor y fundidor, que trabajó fundamentalmente para el poderoso Lorenzo de Medici; los principales encargos a los que atendió fueron retablos y estatuas conmemorativas para las iglesias, aunque sus mayores obras fueron frescos para las capillas, como las que creó Ghirlandaio para la capilla Tornabuoni, y esculturas de gran tamaño, de estilo ecuestre, como la que creó Donatello, Erasmo de Narni, o el Bartolomeo Colleoni del propio Verrocchio…
            Sin embargo, no fue éste el único maestro de Leonardo: cerca de su taller había otro, abierto por Antonio Pollaiuolo, con el que también trabajaría.
            Transcurriría todo un año, que debió parecer en cierto modo tedioso al joven, mientras se dedicaba a limpiar pinceles y pequeñas actividades en las que no podía demostrar apenas su talento, trabajando como un mero aprendiz, hasta que Verrocchio decidió iniciar a Leonardo en las técnicas del arte. De esta manera, da Vinci entraría en el mundo de la química, la metalurgia, el cuero y el yeso, la mecánica, la carpintería… Al mismo tiempo, era adiestrado en multitud de técnicas artísticas, como el dibujo, la pintura, la escultura sobre mármol y bronce, la preparación de los colores, el grabado, la pintura de los frescos… No tardaría el maestro en darse cuenta del inmenso potencial del que disponía su alumno, por lo que le confió el acabado de algunos de sus trabajos.
            Ni siquiera las ciencias escaparon a su intenso escrutinio: estudió el cálculo algorítmico, y demostró sus conocimientos citando a los abaquistas florentinos más relevantes de la época, Paolo dal Pozzo Toscanelli y Leonardo Chernionese. Más adelante, mencionaría una importante obra impresa en Venecia en 1484, la Nobel Opera de Arithmética, de Piero Borgi, en la que se refleja a la perfección el saber de las dos escuelas citadas de abaquistas.
            De esta época de aprendizaje no disponemos de ninguna obra propia de Leonardo: según Vasari, se limitó a colaborar en una pintura llamada Bautismo de Cristo, aunque la leyenda tejida en torno al genio habla de que Verrocchio, al sentirse superado ampliamente por su propio aprendiz, decidió abandonar la terminación de la obra, que recogería Leonardo y le daría su toque magistral bajo la forma de un pequeño ángel presente en la pintura.
            Siguiendo con la leyenda, se dice que, de acuerdo con la tradición de que era el aprendiz quien debía posar, Leonardo habría sido el modelo para el David de Verrocchio, una estatua en bronce, del mismo modo que en la obra Tobías y el Ángel, el futuro genio aparece como el arcángel Rafael…
            Su trabajo como artista independiente surge aproximadamente a partir de 1472. Con 20 años aparece registrado en el Libro Rojo del Gremio de San Lucas, una asociación de artistas y doctores en medicina, que en Florencia adquiría la denominación de “Campagnia de Pittori”. Por esta época pinta uno de sus primeros trabajos, el Paisaje del Valle del Arno o Paisaje de Santa María della Neve (datado en 1473), un dibujo hecho con pluma y tinta. De esta época son otras obras destacables, entre las que se cuenta La Anunciación. Con la práctica y el estudio de las técnicas aprendidas consiguió mejorar la técnica del sfumato[1], hasta el punto de que se le atribuye su invención.
            Parece ser que nunca olvidó al que fue su gran maestro: a pesar de que en 1476 tenía su propio taller con la ayuda de su padre, sigue apareciendo como ayudante de Verrocchio, colaborando con él. De esta época, 1476, es su primer cuadro, La Virgen del Clavel. También en esta época surgieron los primeros problemas, que posteriormente fueron usados para postular imágenes de Leonardo de las que no tenemos certeza alguna de que pudieran ser verídicas: el archivo judicial de ese año recoge una denuncia anónima contra él y otros tres hombres más como practicantes de sodomía, una práctica que en Florencia era ilegal y duramente penada, pero al final todos fueron absueltos; de esta acusación surgió la idea de que da Vinci fuera homosexual, pero es una cuestión que, como ya hemos dicho, no puede ser asegurada categóricamente.
            Se separaría definitivamente de su maestro en 1478, cuando ya quedó claro que lo había superado por completo en todas las disciplinas; con 26 años, inquieto como era, empezó también a demostrar sus dotes en el área de las ciencias, concretamente como ingeniero: se ofreció para levantar la iglesia octogonal de San Juan de Florencia. Su independencia total y completa se estrenaba por fin.
            En 1481 recibió el encargo de un cuadro por parte del Monasterio de San Donato: Leonardo crearía La Adoración de los Magos, pero nunca llegó a acabarlo; se piensa que pudo haber sido a causa de su orgullo, al no haber sido elegido por el Papa Sixto IV para decorar la Capilla Sixtina, tarea para la que había una fuerte competencia entre diversos pintores, entre los que se contaba Miguel Ángel.
            Se planteó entonces marchar a Milán; por entonces, era más abierta, académica y pragmática que Florencia, donde se había instalado la moda del neoplatonismo; su espíritu, inspirado en la idea del desarrollo empírico de todos los experimentos que realizaba, se mostraba más en consonancia con el ambiente que se respiraba en la ciudad del Norte.
            La siguiente tarea se la encargó la Confraternidad de la Inmaculada Concepción, entre 1483 y 1486, para los que el genio florentino pintó La Virgen de las Rocas. Esta obra se exhibiría en la capilla de San Francesco el Grande de Milán, generando una tremenda controversia: durante varios años litigaron el autor y los propietarios, hasta que por fin Leonardo obtuvo el derecho de poder copiar la obra, aunque esta sentencia le reportó nuevos problemas legales; de resultas de todo esto, hubieron de intervenir algunos amigos, hasta que las resoluciones judiciales acabaron con la disputa: al final, Leonardo creó otras dos versiones de la obra.
            Mientras tanto, en Florencia el trabajo de Da Vinci no pasaba desapercibido: tras su creación de una lira de plata en forma de cabeza de caballo de una impresionante calidad, la pieza cayó en manos de Lorenzo de Médici, quien al contemplar aquella maravilla decidió el destino milanés del florentino: lo envió como emisario florentino, junto con su obra, para que se pusiera bajo la égida del por entonces duque de Milán y mecenas, Ludovico Sforza, una maniobra no sólo a nivel artístico sino también político, buscando un acercamiento al que era un importante rival. Junto a él, al parecer llegó también el músico Atalante Migliorotti.
            Leonardo llevaba una carta del mecenas florentino para el duque, en la que se ensalzaban sus virtudes: hablaba mucho y bien de sus habilidades en ingeniería, le informaba de que además era pintor (la carta se encuentra en el Codici Atlantico).
            A partir de aquel momento, la principal ocupación del genio fue la de ingeniero, apareciendo en la lista de los ingenieros de Sforza; cuando fue enviado a Pavía el 21 de junio de 1493, portaba el título de “ingeniarius ducalis”.
            Recibiría diversos encargos por parte del duque, quien le otorgaría el rimbombante título de “Apeles florentino”, un reconocimiento que sólo se concedía a los grandes pintores. Así, según reza en algunos documentos, se dedicaría a “organizar fiestas y espectáculos con decoraciones suntuosas” en el palacio, inventando tramoyas que dejaban al público maravillado, tal y como debió suceder en la boda de Ludovico Sforza con Beatriz de Este, o en la de Ana Sforza con Alfonso I de Este. Asimismo, se dedicó también a pintar varios retratos de la corte milanesa, un fuerte contacto con los personajes más ilustrados de la ciudad que le permitieron darse cuenta de que en su formación quedaban lagunas pendientes que había de rellenar…
            Sus aptitudes se desarrollaban notablemente: aplicaba a la perfección los conocimientos adquiridos, incluso en mecánica, creando innovadores sistemas de palancas que multiplicaban la fuerza humana… Incluso llegó a ejercitarse en la ejecución y fabricación de laúdes…
            Entre otras cosas, se ocupó del estudio para la creación de la cúpula de la Catedral de Milán, así como de la realización de una versión en arcilla para el molde de una estatua ecuestre de Francisco I Sforza, el padre de Ludovico. Dicha estatua, conocida como “Il Cavallo”, iba a ser toda una proeza escultórica, pues estaba previsto que se fabricara con setenta toneladas de bronce, pero permaneció inacabada durante varios años por un motivo más que justificado: para cuando Leonardo hubo acabado su versión en arcilla, y ya tenía diseñados los planes para el complejo proceso de fundición, Carlos VIII de Francia decidió invadir la ciudad, lo que obligó a los defensores a emplear el bronce en la fabricación de cañones.
            Con el tema de la cúpula de la Catedral de Milán hubo de participar, allá por 1490, en una reunión de los gremios de arquitectos e ingenieros en la que se debatieron cuestiones acerca del acabado de la obra; allí conocería a un ingeniero, Francesco di Giorgio Martini, que le recomendaría acudir a Parma y hablar sobre los aspectos que les tenían preocupados con Giovanni Antonio Amadeo y Luca Fancelli. Durante esta época había creado una academia con su nombre, en la que se dedicó a enseñar sus vastos conocimientos mientras proseguía con sus investigaciones, que anotaba en pequeños tratados.
            La mente de Leonardo no descansaba ni un minuto: al tiempo que se dedicaba a estas tareas, se enfrascaba también en algunos proyectos técnicos y militares: entre otras cosas, mejoró los relojes, el telar, las grúas y una gran multitud de herramientas.
            También se dedicó a estudiar la cuestión urbanística, proponiendo planos de ciudades ideales, interesándose por la disposición hidráulica: en un documento fechado en 1498 se le cita como ingeniero y encargado de los trabajos en ríos y canales…
            Se sospecha que una lista detallada de gastos relativos a un funeral, redactada en 1495, pueda ser el indicativo de la muerte de su madre Caterina.
            En su etapa 1494-1498 se le encargó, por el convento dominico de Santa Maria delle Grazie, una de las que serán sus mejores obras, La Última Cena. Por estos mismos años aparecería en Milán uno de los que serían una de las mayores amistades de Da Vinci, Luca Pacioli, para quien realizó las tablas que se grabarían en su obra La Divina Proportione.
            Ya en 1498, su ocupación consistió en la construcción del techo del castillo de los Sforza.
            En 1499, la situación política daría un vuelco radical: Luis XII de Francia conquistó el Ducado de Milán, obligando a Ludovico Sforza a huir a Alemania con su sobrino Maximiliano I. El 6 de octubre, la ciudad caía en manos del rey francés, que reivindicó sus derechos a la sucesión de los Visconti.
            La desagradable sorpresa de Leonardo fue encontrarse, una mañana, con que los soldados franceses estaban practicando ejercicios de tiro… con su modelo de arcilla del caballo de la estatua ecuestre de Francisco Sforza. La destrozaron por completo.
            Por su parte, Luis XII, eclipsado por el arte de La Última Cena, comenzó a ponderar la posibilidad de cortar el muro para llevársela a Francia, igual que lo pensaría siglos más tarde Napoleón.
            Da Vinci se encontraba así bajo el servicio del conde de Ligny, Luis de Luxemburgo, que le pidió que preparase una relación acerca de las defensas militares con que contaba la Toscana. El 14 de diciembre cobraría por tal tarea 600 florines, que depositó en el Hospital de Santa Maria Nuova de Florencia, que actuaba por entonces como el equivalente de un banco.
            Pero la inestabilidad no cesaba: Ludovico Sforza volvió de nuevo, obligándolo a modificar todos sus planes, lo que le hizo huir de Milán junto a su asistente Salai y su amigo el matemático Pacioli.
            En marzo de 1499 lo encontramos en Venecia, trabajando en las protecciones de la ciudad como arquitecto e ingeniero; los turcos andaban por entonces en plena escalada expansionista, y existía la posibilidad de que pudieran lanzar un ataque naval sobre la ciudad, por lo que se dedicó a elaborar sistemas de defensa: una de sus propuestas fue la invención de un precursor de la escafandra submarina, dotada con un casco rudimentario; puesto que el ataque nunca se llevó a cabo, el invento no llegó a ser utilizado jamás.
            A finales de abril, su espíritu inquieto lo llevó de nuevo a Florencia donde, tras efectuar un estudio concienzudo sobre los cursos de agua en el Friuli, sugirió montar un sistema de esclusas para elevar el curso del río Isonzo, inundando de aquella manera toda una región cercana a Venecia.
            De nuevo saldría de Florencia, para dirigirse a Mantua, donde residió en compañía de su amigo Pacioli. Allí, su obra más notoria fue un retrato que pintó de Isabel de Este.
            Una vez más, la ciudad de los canales se convertiría en su residencia, allá por abril de 1500. Al parecer, sus investigaciones y estudios lo tenían tan absorbido que la pintura y la escultura parecían quedar relegados a un segundo plano; de ello da fe una carta del 4 de abril de 1501, en la que Pierre de Nuvola responde a la Duquesa de Mantua diciéndole de Leonardo que “sus estudios matemáticos lo han alejado de la pintura”.
            Ese mismo año, en el convento de la Santissima Annunziata se le da la aprobación para realizar un boceto inicial de lo que sería el cuadro La Virgen y el Niño con Santa Ana y San Juan Bautista; esta obra despertó una enorme admiración, hasta el punto de que los comentarios vienen a ser que “hombres y mujeres, jóvenes y viejos acudían a observarla como si estuvieran participando en un gran festival”.
            También estuvo brevemente en Roma, en Tívoli, en la Villa Adriana; e incluso trabajó en un encargo del Secretario de Estado de Luis XII de Francia, Florimond Robertet, el cuadro La Virgen de los Husos.
            En 1502, en pleno auge de la familia Borgia, fue solicitado por César, hijo del Papa Alejandro VI y Duque de Valentinois, concediéndosele el título de capitán e ingeniero real. Su tarea de inspección de las fortalezas y los territorios recientemente conquistados lo mantuvo en las Marcas y la Emilia-Romaña, de donde obtuvo información suficiente como para llenar sus cuadernos de múltiples observaciones, cartas, bocetos de posibles proyectos y copias de obras que había consultado en las bibliotecas de las ciudades que visitaba. Durante esta temporada se reencontraría con Nicolás Maquiavelo, a la sazón “espía” de Florencia al servicio de la poderosa familia que copaba los puestos más altos de la cúpula veneciana, por no decir de toda Italia.
            Incluso los turcos se interesaban por las capacidades del genio: al sultán Beyazid II de Estambul le interesaba comunicar de una manera más eficaz las dos partes de la ciudad, situadas a ambos lados del Cuerno de Oro, por lo que pidió a Leonardo un proyecto, a lo que éste respondió con un puente de 240 metros que salvaba el estuario: el otomano abandonó el proyecto al considerar que la construcción sería imposible.
            Todos estos vaivenes políticos y militares no convenían en lo más mínimo a un espíritu inquieto como el de Da Vinci, que no tardó en moverse de nuevo: el 18 de octubre de 1503 regresaría a Florencia, ejerciendo una vez más funciones de arquitecto e ingeniero hidráulico. De nuevo se inscribiría en el gremio de San Luc, dedicando dos largos años, desde 1503 hasta 1505, a la preparación de una de sus obras más grandes: una pintura mural de siete por diecisiete metros, La Batalla de Anghiari. Durante el tiempo que duró esta obra, en la pared opuesta se desenvolvía Miguel Ángel con La Batalla de Cascina… Desgraciadamente, de ambas obras sólo hay referencias, ya que se han perdido: en el caso de Miguel Ángel se encontró una copia de Aristotole de Sangallo de 1542, y en el del florentino disponemos de croquis y bocetos que nos permiten imaginar cómo habría de ser, junto con varias copias de la sección central; una de las que más destaca es la de Rubens.
            Al parecer, el fuego que se utilizó para secar la obra más rápidamente contribuyó a su alteración, aunque también se habla de la calidad del material usado; en cualquier caso, fue recubierta posteriormente por un fresco de Giorgio Vasari…
            Leonardo se había convertido en un experto, en una celebridad, lo que hacía que se le consultase a menudo acerca de cuestiones de todo tipo, como fueron el estudio de la estabilidad del campanario de San Miniato al Monte, o el momento de la elección del emplazamiento del David de Miguel Ángel: a este respecto, entre ambos parece que debió haber algún tipo de roce, ya que hasta en detalles como éstos discrepaban…
            En este momento crítico fue cuando presentó ante Florencia una ambiciosa obra: un proyecto para desviar el río Arno mediante el que pretendía, por una parte, controlar las inundaciones que se producían periódicamente, y por otra crear una vía navegable que conectara a la ciudad con el mar.
            En 1504 regresaría de nuevo a Milán, que se encontraba bajo el dominio de Maximiliano Sforza gracias a sus mercenarios suizos; por aquella época, concretamente el 9 de julio, moriría su padre: debido a su ilegitimidad, Da Vinci sería apartado de la herencia, aunque la situación se arregló un poco más tarde, cuando su tío hizo de él su heredero universal.
            Se dedicó al estudio de la anatomía, y se puso a la tarea de intentar organizar sus multitudinarias notas. Por esta época es cuando comienza a trabajar en su cuadro más famoso, La Gioconda o La Monna Lisa, retrato que se atribuye habitualmente a Lisa Gherardini, cuyo nombre de casada era Monna Lisa del Giocondo, aunque a este respecto se han sugerido otras interpretaciones de las que no hay garantía alguna; aunque tampoco la hay a ciencia cierta de que se tratara de la citada mujer…
            Al respecto de esta obra, hay que decir que desde el mismo momento en que fue creada, se convirtió en una pintura famosa, que hizo y ha hecho correr ríos de tinta en torno a ella; de hecho, es el retrato que más literatura ha generado a lo largo de toda la historia del arte… En su famosa sonrisa se han pretendido ver todo tipo de caracteres e intenciones:

  • Hay quien ha visto la crueldad de la sonrisa despiadada, la mujer que esclaviza al hombre y lo convierte en una marioneta a su antojo.
  • La idea general es que expresa un enorme encanto, una dulzura inclasificable: no es la invitación abierta, directa, pero tampoco una negación a priori…
  • Walter Pater ha pretendido ver en ella un símbolo, el “espíritu moderno con todos sus rasgos patógenos” (¿?).

Sin embargo, el propio Leonardo, en sus anotaciones, nos da una clave para entender la sonrisa plasmada en el lienzo: citando a Vasari, nos encontramos con que “Monalisa era muy bella y Leonardo, mientras pintaba, procuraba que siempre hubiese alguien cantando, tocando algún instrumento o bromeando. De esta manera, la modelo se mantenía de buen humor y no adoptaba un aspecto triste, fatigado…”. Sin duda alguna fue su obra favorita, hasta el punto que jamás se desprendió de ella, quién sabe si por amor a la modelo, por el excelente resultado estético conseguido, o por algún otro motivo…
En 1505, sus inquietudes lo llevan a estudiar el vuelo de los pájaros; de resultas de sus investigaciones, surgirá su Códice sobre el Vuelo de los Pájaros. A partir de este momento se intensificarán todas las labores científicas de observación, experiencia y reconstrucción.
En 1506 partió a ver al gobernador francés de Milán, Carles d’Amboise, una visita permitida por el gobierno de Florencia, que resultaría en un nuevo problema: aquél no quiso soltarlo, lo que motivó fuertes protestas por parte de los italianos, que no consiguieron nada. Da Vinci se veía así en medio de una fuerte disputa entre franceses y toscanos, presionado por el tribunal para que, junto con su alumno Ambroglio de Predis acabara La Virgen de las Rocas, mientras se hallaba trabajando todavía en La Batalla de Anghiari
Como ya hemos dicho anteriormente, su tío Francesco lo declaró heredero universal; esto sucedía en 1507, y los hermanos del genio, que seguían viéndolo como un advenedizo ilegítimo, comenzaron un proceso para modificar el testamento. Leonardo se veía de nuevo en la tesitura de ser apartado de una herencia a la que tenía derecho, por lo que apeló a d’Amboise y Robertet para que intervinieran a su favor.
Durante 1508 vivió con el escultor Giovanni Francesco Rustica en casa de Piero di Braccio Martelli, en Florencia, pero una vez más abrió las alas y partió de nuevo hacia Milán, donde residiría en la Porta Orientale, en la parroquia de Santa Babila.
Luis XII, mientras tanto, entraba en Milán en mayo de 1509, y comenzó a poner sus ojos en Venecia; a causa de la movilización del ejército, Leonardo seguiría al rey en calidad de ingeniero militar; asistió a la batalla de Agnadel.
Charles D’Amboise moriría en 1511, y un año más tarde, tras la batalla de Rávena, los franceses decidieron que no les compensaba seguir con la conquista, por lo que se retiraron del territorio italiano. Durante este tiempo Da Vinci no dejó sus investigaciones, penetrando más profundamente que nunca en la ciencia pura: la aparición de una obra de Giorgio Valla, De Expedientis te Fugiendis Rebus, lo marcaría notablemente…
Aún le quedaban al genio florentino viajes que efectuar: en septiembre de 1513 aterrizó en Roma, donde se dedicó a trabajar para el Papa León X, miembro de la familia Medicis. Por entonces, quienes triunfaban en el Vaticano eran Rafael y Miguel Ángel…
Puesto que también estaba en un enorme auge Sangallo, a Leonardo no se le hicieron más que encargos modestos; al parecer, ni siquiera llegó a participar en la construcción de las numerosas fortalezas romanas, ni en el embellecimiento de la capital; su pintura pasó más desapercibida de lo que era habitual, por lo que se refugió en su otra especialidad, esto es, la hidráulica, desarrollando un proyecto de secado de las Lagunas Pontinas, que pertenecían al Duque Juliano II de Medicis.
Así las cosas, consiguió una pequeña “compensación” en 1514, al realizar la serie de los Diluvios, una respuesta en la medida que le fue permitido a la magna obra que Miguel Ángel había desarrollado en la bóveda de la Capilla Sixtina.
Acerca de esta etapa en Roma, ante las decepciones que una y otra vez se sucedían, Da Vinci escribiría: “Los Médici me han creado, los Médici me han destruido”. Para justificar el que no se le dieran encargos importantes, se habla de que era inestable, de fácil desánimo y con una marcada dificultad para finalizar lo que había empezado…
Los litigios con los franceses estaban lejos de terminar: en septiembre de 1515, el nuevo rey galo, Francisco I, tras volver sus ojos de nuevo sobre Italia, conquistó Milán tras la batalla de Marignan. En noviembre, Leonardo diseñó un ambicioso proyecto acerca de la disposición del barrio de los Médici en Florencia; más tarde, el 19 de diciembre, se le invitó a la reunión que mantuvieron en Bolonia Francisco I y el Papa León X, de resultas de lo cual le fue encargado por el monarca francés la fabricación de un león mecánico que pudiera andar y que, al mismo tiempo, se le abriera el pecho para enseñar la flor de lis. No está claro cuál fue la ocasión para que se pensó utilizar este sofisticado aparato, aunque se sospecha que pudo haber sido para la llegada del rey a Lyon o, incluso, para las conversaciones de paz entre el monarca y el Papa.
El espíritu aventurero llevó a Da Vinci en 1516 a Francia, viajando con su ayudante, el pintor Francesco Melzi, y posiblemente también con Salai; Francisco I, impresionado por el genio del florentino, se había convertido en su nuevo mecenas, por lo que los instaló en la casa que fue su hogar de la infancia, el castillo de Clos-Lucé, en las cercanías del castillo de Amboise. Se le concedió el título de “primer pintor, primer ingeniero y primer arquitecto del rey”, recibiendo una pensión de 10.000 escudos. Al contrario que en Italia, donde estaban más interesados en la ingeniería, los franceses preferían la pintura.
La concesión de Clos-Lucé es interpretada por algunos historiadores como una carta blanca a Leonardo para que hiciera lo que quisiera, un honor que no había sido el primero en recibir; previamente, Andrea Solario y Giovanni Giocondo habían disfrutado de tal prez.
La relación entre Francisco I y el florentino fue especial: el monarca estaba maravillado con Da Vinci hasta el punto de que solía ir a visitarlo discretamente a menudo, merced a un paso subterráneo que unía este castillo con el de Amboise…
Uno de los proyectos que desarrolló en Francia fue el palacio real de Romorantia, una construcción que pretendía ser una pequeña ciudad para la madre de Francisco I, Luisa de Saboya; con tal objeto, se previó el desvío de un río que le proporcionara todo el agua necesaria y al mismo tiempo fertilizase la campiña vecina para hacer el lugar prácticamente autárquico.
En 1518, con el nacimiento y bautizo del Delfín, participó en las celebraciones, al tiempo que era invitado también en las bodas de Lorenzo de Medici con una sobrina del monarca francés; ese mismo año, Salai abandonaría definitivamente a su maestro y regresaría a Milán, donde en 1524, concretamente el 19 de enero, moriría en un duelo.
No tardaría mucho Leonardo en caer enfermo: tras varios meses luchando, redacta su testamento ante un notario de Amboise el 23 de abril de 1519, y solicita un sacerdote para confesarse y recibir el sacramento de la extremaunción. Moriría unos días después, el 2 de mayo, en Cloux, cuando contaba con 67 años.
Según la tradición, su muerte se produjo en los brazos de Francisco I, pero se piensa que esta idea, basada en un epígrafe de Vasari, no es correcta, y que dicho texto no ha sido adecuadamente interpretado. La traducción de dicho texto viene a ser la siguiente: “Leonardo de Vinci, ¿qué más se puede decir? Su genio divino y su mano divina le merecieron expirar sobre el pecho de un rey. La virtud y la fortuna velan, premio a los grandes gastos, en este monumento que le corresponde”. Al parecer jamás se trasladó a monumento alguno, sino que se quedó en la obra de Vasari; contiene la expresión “sinu regio”, que puede tener un significado literal (sobre el pecho de un rey) o metafórico (en el afecto de un rey), indicando quizás tan sólo el fallecimiento del florentino en un castillo real; para confirmar esta posibilidad, los historiadores se atienen al hecho de que Francisco I, en el diario que llevaba, no tenía marcado viaje alguno desde marzo hasta julio; por otra parte, Melzi, que heredó los libros y pinceles de Da Vinci y fue depositario de su testamento, escribió una carta al hermano de Leonardo en el que le contaba la muerte del genio sin mencionar la circunstancia que se ha dado por buena durante todo este tiempo…
La última voluntad del florentino fue seguida a rajatabla: sesenta mendigos siguieron su séquito, que llegó hasta la capilla de Saint-Hubert, en el recinto del castillo de Amboise, donde fue enterrado. Sin embargo, más tarde, cuando las guerras de religión recorrieron la convulsa Francia, los hugonotes no pudieron contenerse ante la tumba de un genio que ante ellos aparecía como patrimonio de la aristocracia y unos pocos iniciados, por lo que la saquearon. Así, surge la duda de dónde está realmente enterrado…
Leonardo no se casó nunca ni tuvo hijos, lo que ha hecho que más de un investigador se haya preguntado si no fue homosexual, pero hemos de tener en cuenta que, a tenor de su biografía, vivió por y para sus investigaciones y obras, lo que evidentemente le dejaba poco tiempo para dedicaciones más mundanas…
Todo el conjunto de sus obras se lo dejó a Melzi, su discípulo preferido, para que las publicara como lo considerara conveniente, cosa que no hizo: lo mantuvo todo a buen recaudo, sin vender absolutamente nada, dedicándose tan sólo a administrar su herencia durante los cincuenta años posteriores a la muerte de su maestro.
Los viñedos de Da Vinci se dividieron entre otro alumno muy apreciado, Gian Giacomo Caprotti da Oreno (más conocido como Salai), y su sirviente Battista di Vilussis. El terreno fue legado a los hermanos de Leonardo y su sirvienta recibió “un bonito abrigo negro”.
La muerte del genio florentino supuso un serio varapalo al interés de la historia y la ciencia: debido a la dispersión y pérdida de la ingente obra que había generado, de los alrededor de cincuenta mil documentos originales que había escrito y codificado, sólo se han podido recuperar unos trece mil, siendo considerados todos y cada uno de ellos, independientemente que se tratara de manuscritos, croquis, dibujos, o notas, auténticas obras de arte… La mayor parte de esta documentación se halla conservada en el archivo de la Ciudad del Vaticano, aunque algunas de sus obras podemos contemplarlas en lugares como el Castillo de Windsor, el Museo del Louvre, la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca Ambrosiana de Milán, el Victoria and Albert Museun y la British Library de Londres… Y en manos privadas: Bill Gates compró en 1994, por la fastuosa cantidad de 30.802.500 dólares, en Christie’s, Nueva York, el Codex Leicester o Codex Hammer.
No cabe duda de que nos encontramos ante un personaje que hizo bastante más que marcar una época, que fue capaz de trascender el conocimiento de su tiempo y llevarlo más allá. Si bien en Roma no fue tan apreciado, probablemente porque por entonces en la capital italiana se concentraban una gran parte de las mentes más preclaras de la filosofía, las artes y las ciencias europeas, no deja de ser relevante que allá por donde pasó dejó una notoria huella… Como muestra, acabaremos con las palabras de Francisco I a Benvenuto Cellini, veinte años después de la muerte de Da Vinci: “Nunca ha habido otro hombre nacido en el mundo que supiera tanto como Leonardo, no tanto en pintura, escultura y arquitectura, sino en filosofía”.

Obra:
Pintura
La Anunciación (1472-1475)
Ginebra de Benci (1474-1476)
La Virgen del Clavel (1478-1480)
Madonna Benois (1478-1482)
La Dama del Armiño (1480)
San Jerónimo (1480)
La Adoración de los Magos (1481)
La Virgen de las Rocas (1483-1486, 1492-1508)
La Última Cena (1495-1498)
Santa Ana, la Virgen, el Niño y San Juanito (1499-1500)
La Gioconda (1503-1506)
San Juan Bautista (1508-1513)
La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana (1510)
Leda y el Cisne (1510-1515)
Dibujos
En primer lugar, podemos citar los croquis que realizó antes de crear sus obras más famosas.
Curioso como era, cada vez que se cruzaba con alguien en el que distinguiera un rostro que pudiera parecerle interesante, lo seguía para quedarse con sus rasgos y plasmarlos posteriormente en sus dibujos: así, conocemos muchas de estas “caricaturas”, y retratos como los de Salai o Bernardo di Bandino, uno de los asesinos de Juliano de Médici.
Paisaje del Valle del Arno (1473)
El Hombre de Vitruvio (1490)
El Jefe del Ángel
El Niño Jesús con Santa Ana y San Juan Bautista (1499-1500)

Inventos:
Las notas y diseños que han llegado hasta nosotros de los escritos de Da Vinci nos muestran a un genio muy avanzado a su época, hasta el punto de que muchos de los inventos que imaginó eran tan novedosos que no pudieron realizarse por la falta de recursos adecuados en aquel tiempo. Algunos de ellos, en realidad, no son inventos propiamente suyos, sino adaptaciones de ideas que otros prohombres de la época ya habían tenido. Entre ellos, podemos citar prototipos de:
Helicóptero
Máquina voladora
Carro de combate
Submarino
Automóvil
Una máquina para medir el límite elástico de un cable
Bombas hidráulicas
Una máquina para mecanizar tornillos
Una máquina para pulir espejos
Aletas para obuses de mortero
Cañón a vapor
Autómatas
Flotadores para “caminar sobre el agua”
Concentración de la energía solar
Calculadora
Escafandra con casco
Casco doble para barcos
Rodamientos de bolas
Telar mecánico
Máquina de cardar
Máquina de “afeitar sábanas”
Paracaídas
Ala delta
Túnel de viento
Bicicleta, aunque en este caso no está demasiado claro que realmente fuese quien desarrolló el invento.
Una “viola organista”, un instrumento musical con una apariencia similar a la de un piano, que combina el teclado con el arco para cuerdas; juntando características de clavecín, órgano y viola de gamba, el resultado es que al pulsar las teclas suena como un violonchelo, un órgano e incluso un acordeón…

Estudios:
Sus estudios e investigaciones hicieron progresar notablemente las ciencias de la época, especialmente en lo tocante a las áreas que exponemos a continuación:
Anatomía
Ingeniería civil
Óptica
Hidráulica
Arquitectura
Botánica
Geología
Química

Consideraciones

  • En torno a la figura de Leonardo se han escrito muchas cosas, hasta el punto de surgir especulaciones acerca de teorías más o menos verosímiles, basadas en el esoterismo, las teorías conspiranoicas… En base a su actitud que podríamos definir como “antisistema”, ya que era enemigo del poder concentrado y su único anhelo era la adquisición de conocimiento, se ha llegado a ver en sus obras una simbología esotérica que estaría plasmando un conocimiento que para la época sería poco menos que herético, mostrando detalles acerca de la religión cristiana que turbarían notablemente a la Curia vaticana si hubiera llegado a sospechar hasta dónde podían llegar: así, La Cena Secreta, La Virgen de las Rocas, y otros cuadros del genio se analizan como representaciones de hechos como que Jesús pudo haberse casado con Magdalena, o que el Mesías esperado no era Jesús sino Juan el Bautista, etc. No les faltan argumentos a los investigadores que defienden estas tesis, pero nos encontramos en una situación habitual para este tipo de postulados: no hay una posibilidad real de contrastar hasta qué punto Leonardo pretendió mostrar esos detalles de corte herético, o que se tratara de meras licencias pictóricas sin significado alguno. También es cierto que suele decirse que nadie da puntadas sin hilo, o que cuando el río suena…
Como ejemplo de estas ideas, podemos hablar de los supuestos mensajes o señales ocultos que hay en La Gioconda (fundamentalmente el paisaje de fondo que se observa, sobre el que se han elaborado muchas teorías), La Última Cena (La inexpresividad de Jesús, la agrupación de los apóstoles, un nudo en el mantel, la falta del cáliz ante Jesús, un rostro feminizado que podría ser el de la Magdalena…), La Virgen de las Rocas (Presentación de San Juan Bautista junto a Jesús, un ángel señala al Bautista en lugar de al hijo de María…) o San Juan Bautista (La expresión del Bautista junto con su gesto señalando hacia arriba…).
  • Manteniéndonos en una línea muy similar a la expuesta en el punto anterior, diremos que también se han aventurado hipótesis bastante arriesgadas acerca de la filiación de Da Vinci: se ha pretendido ver en él a uno de los Grandes Maestres del Priorato de Sión, una organización secreta que procedería de los caballeros templarios que tan brutalmente fueron eliminados por haber alcanzado un enorme poder político y económico en detrimento del Papa y los reyes de su época, y que habría llegado hasta nuestros días… Desgraciadamente, esta idea no tiene fundamento alguno, ya que a pesar de las teorías que al respecto se han escrito y de los datos dados como buenos por escritores como Dan Brown, Lynn Picknett, Henry Lincoln, Michael Baigent o Richard Leigh, lo verdaderamente cierto es que la organización como tal nace en 1956 de la mano del francés Pierre Plantard, con una documentación falsificada con el objetivo de darse a sí mismo un origen noble y casi mítico…
Pero no acaba aquí la cosa: de Leonardo se han dicho muchas más cosas, como que pudo ser un masón, un iluminat, un rosacruz… ¿Qué puede haber de cierto tras todas estas ideas? Probablemente poco o nada, ya que  la actitud del genio florentino no parece encajar con nada de todo esto, si acaso con la del hereje que cree poco o nada en el poder terrenal o en el poder religioso… Pienso que, en el mejor de los casos, pudo haber sido un masón, más por su afinidad con la ingeniería y la arquitectura que por cualquier otro motivo; pero incluso esto me parece poco probable, porque al fin y al cabo, los masones no dejaron de ser maestros constructores, mientras que Leonardo era más bien diseñador…
  • También se ha dicho de él que era homosexual: el primero en sugerir la idea fue Giorgio Vasari, y después la retomó Sigmund Freud, quien elaboró una enrevesada teoría para explicar que en el origen estaba el amor reprimido hacia su madre, es decir, el complejo de Edipo. Pero aunque tal suposición pudiera ser cierta, ¿qué importancia podría tener? En el Renacimiento mucha, pues dicha práctica estaba severamente castigada; de hecho, ya hemos expuesto que fue acusado de sodomía junto con otras tres personas, y al final absuelto. ¿Qué indica esto? ¿Qué realmente no hubo nada de la denuncia anónima que se había efectuado? ¿O que hubo influencias para que el caso se cerrara de la forma que se hizo?
  • Las cuestiones en torno a su figura no han cesado de surgir: una de ellas es un polémico viaje a la montaña de Montserrat que unos dicen que hizo y otros que no. Al parecer, existe la teoría de que pasó por la montaña catalana entre 1481 y 1483, sin que hasta el momento se haya podido demostrar nada a favor ni en contra. José Luis Espejo es uno de los que apoyan esta teoría, ¿y en base a qué? A que en el cuadro de La Gioconda, en el paisaje trasero, ha visto una silueta que conoce bien, la de esa región, lo que le ha llevado a investigar y a encontrar, supuestamente, más datos que avalan su hipótesis. Y, por supuesto, para remachar la faena, la sonrisa de la Gioconda no sería otra cosa que la sonrisa de la Moreneta. Mi pregunta al respecto es sencilla: ¿tan característico es el paisaje de Montserrat que no hay ningún otro lugar en toda Europa que pueda parecérsele? ¿No podría existir la posibilidad de que Leonardo se hubiese inventado esas líneas y que, por casualidad, puedan guardar una cierta semejanza con el paisaje? Entre 1481 y 1483 andaba creando La Adoración de los Magos, su obra magna llegaría mucho más tarde… ¿Acaso pintó la escena giocondina de memoria? ¿O es que las fechas están trastocadas?
  • ¿Qué más podemos decir sobre Leonardo que pueda sorprendernos? Pues, por ejemplo, que hay algunos investigadores que lo han nombrado como el creador del célebre Manuscrito Voynich, el único texto del siglo XV que ha llegado hasta nuestros días sin descifrar. ¿En qué se basan? En algunos pequeños detalles del documento que parecen aludir a Lionardo (la forma original, italiana, a la que aludíamos al principio del artículo), en su escritura especular… olvidándose que la datación del libro lo sitúa en la primera mitad del siglo XV, mientras que Da Vinci nace en 1452. Tuvo que ser alguien realmente excepcional si ya en su cuna fue capaz de crear un documento codificado con tal eficacia que nadie ha sido capaz de leerlo. Aunque también podemos barajar la posibilidad de que como por entonces no tenía ni idea de lo que significaba codificar, se limitó, impulsado por su excelso genio, a llenar hoja tras hoja de dibujos y letras en un alarde de superdotado sin parangón…
  • Veamos: de Leonardo se dice que era inestable, de fácil desánimo y con dificultad para finalizar lo que había empezado… Aunque a la vista de su biografía está claro que sus diferentes obras se alargan durante un elevado lapso de tiempo, no tengo la sensación de que dichas características puedan aplicarse a un genio como él, por un motivo que me parece evidente: más bien creo que habría que pensar en una persona muy perfeccionista, que prefiere tardar más y hacerlo lo mejor posible, a hacerlo rápido y de cualquier manera; de hecho, si tan fácil le resultaba abandonar el proyecto en que estaba embarcado, ¿cómo es que consiguió el beneplácito y el aplauso de sus contemporáneos, tanto florentinos como milaneses o franceses? Curiosamente, sólo los romanos lo dejaron más de lado, y eso probablemente se debió a que en esa ciudad se concentraba una mayor proporción de grandes artistas con los que le tocaba bregar… ¿Fácil desánimo? No resulta excesivamente extraño, teniendo en cuenta que un espíritu libre como él se veía continuamente obligado a atarse a los caprichos de la por entonces todopoderosa Iglesia Católica, rebajándose a pintar cuadros en los que, posiblemente, lo más que podía hacer era dejar (supuestamente) pequeños guiños a sus heterodoxas ideas: véase el primer punto de las consideraciones. Quien quiera profundizar más en este polémico asunto, tiene documentación a mares para elegir…
  • Como ya se ha visto en la biografía, de toda su ingente obra ha quedado aproximadamente una tercera parte, en la que podemos comprobar el genio que desarrolló Leonardo; y curiosamente, la mayor parte de esta obra se encuentra archivada en el Vaticano. ¿Se trata tan sólo de una casualidad, o deberíamos ver, como si fuéramos unos conspiranoicos empedernidos, algo turbio detrás de ello? La idea básica que subyace detrás de esta exposición es que si con lo que tenemos podemos hablar de un hombre muy avanzado a su época, tal vez con conocimientos acerca de la religión que podrían resultar incómodos para la Curia, ¿qué podría haberse ocultado en esas dos terceras partes que han desaparecido? ¿Y si todo o parte de ese volumen de información estuviera escondido en los Archivos Vaticanos más profundos, a resguardo de cualquier investigador que pretenda indagar más allá de lo conveniente? No olvidemos que una situación similar la han vivido los considerados “libros malditos”, y que realmente existe una sección de la Biblioteca Vaticana a la que no tienen acceso más que unas pocas personas...

Bibliografía

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  • Leonardi Vincii vita, Paolo Giovo. 1540.
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  • The Drawings of Leonardo da Vinci, A. E. Popham. 1946.
  • The Complete Paintings of Leonardo da Vinci, Angela Ottino della Chiesa. 1967.
  • The Life and Times of Leonardo, Liana Bortolon. 1967.
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  • Les Ingénieurs de la Renaissance, Bertrand Gille. 1978.
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  • Leonardo da Vinci, Luis Racionero. 1978.
  • Leonardo on the Human Body, O’Malley y Saunders. 1982.
  • El Enigma Sagrado, M. Baigent, R. Leigh y H. Lincoln. 1982.
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  • Léonard de Vinci, Serge Bramly. 1988.
  • Léonard de Vinci, Marcel Brion. 1995.
  • Léonard de Vinci: art et science de l'univers, Alessandro Vezzosi. 1996.
  • Léonard de Vinci. Le rythme du monde, Daniel Arasse. 1997.
  • Leonardo da Vinci: The Complete Paintings and Drawings, Frank Zollner y Johannes Nathan. 2003.
  • Léonard de Vinci, Brigitte Labbé, Michel Puech y Jean Pierre Joblin. 2005.
  • Leonardo da Vinci, The Flights of the mind, Charles Nicholl. 2005.
  • Leonardo da Vinci: Artist, Scientist, Inventor, Simona Cremante. 2005.
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  • Leonardo da Vinci: Genio del Renacimiento, Luis Racionero. 2006.
  • La Ciencia de Leonardo, Fritjof Capra. 2008.
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  • El Viaje Secreto de Leonardo da Vinci, José Luis Espejo. 2013.
  • Revista Enigmas, nºs 212, 217. 2013.

  • Le roman de Léonard de Vinci, Dimitri Merejkovski. 1930. (Basado en la obra de Freud)..
  • El Judas de Leonardo, Leo Perutz  1957.
  • Las memorias de Leonardo, Jack Dann. 1995. 
  • El Código Da Vinci, Dan Brown. 2003.
  • Lion ardent ou la confession de Léonard de Vinci, Christian Combaz. 2003.
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  • La sonrisa de la Gioconda, Luís Racionero. 2004.
  • Leonardo y la máquina de la muerte, Robert J. Harris. 2005.
  • Los cisnes de Leonardo, Karen Essex. 2006.
  • El secreto de Mona Lisa, Jeanne Kalogridis. 2006.
  • Secreto de Mona Lisa, Dolores García. 2007.
  • El maestro envenenador: A la sombre de Leonardo da Vinci, Ángeles Goyanes Sánchez. 2009.
  • El artista, el filosofo y el guerrero, Paul Strathern  2010.
  • Caterina da Vinci: El secreto de Leonardo, Robin Maxwell. 2011.
  • La Gioconda vs. Lucrecia, Antonio Bustos Baena. 2012.
  • Gioconda, Lucille Turner. 2013.

Fuentes en Internet:

  • Wikipedia
  • Eluniversal.com
  • Biografiasyvidas.com

Filmografía

Documentales
  • Léonard de Vinci: L'homme qui voulait tout savoir et Liaisons dangereuses. 2003.
  • Leonardo's dream machines. 2005.
  • Léonard de Vinci: 2006.
  • Leonardo da Vinci, la Mirada del Genio, empresa audivisual El Ranchito. 2012.

  • La Vida de Leonardo Da Vinci, Renato Castellani (Philippe Leroy). 1971. Miniserie de 5 episodios.
  • El Código Da Vinci, Ron Howard (Tom Hanks, Ian McKellen, Jean Reno). 2006.
  • Leonardo da Vinci and the Soldiers of Forever. No dispongo de referencias acerca del director o los protagonistas, ni siquiera del año de estreno : parece ser que iba a ser en 2012, pero también se dan como fechas 2013 y 2015.




[1][1] Sfumato: traducido como esfumado, se trata de una técnica pictórica que se obtiene por aumentar varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando a la composición unos contornos imprecisos, así como un aspecto de antigüedad y lejanía. Se utilizaba en los cuadros del Renacimiento para dar una impresión de profundidad.

sábado, 28 de enero de 2017

RAMSES II

RAMSES II
EL FARAÓN GUERRERO

José Francisco Sastre García

            En Egipto se produce un hecho muy curioso: la extraña mezcla de historia y misterio que se entrecruzan en un intrincado entramado de religión, arquitectura insólita, personajes fascinantes y eventos aparentemente insólitos para la época en que se producen, han creado un ambiente de misticismo, de esoterismo, de fascinación, tan denso, que flota en el ambiente como un velo, ocultando tras sí hechos y protagonistas del devenir de los tiempos que han atraído la atención de todos desde muy antiguo: Tutankhamón, Akhenatón, Nefertiti, Hatshepshut, Keops… Luxor, Karnak, Abydos, Abu Simbel, Kom Ombo, Dendera, Tebas, Memphis, Sais… Son sólo algunos de la pléyade de nombres evocadores de arcanos secretos escondidos entre las piedras de una civilización milenaria.
            Entre los faraones que más han sonado se encuentra Ramsés II, conocido como Ramsés el Grande o el Rey Guerrero. Sepamos quién fue…

El personaje

            El nombre egipcio que realmente correspondió a nuestro personaje era un poco más elaborado que el sencillo que habitualmente se utiliza: Usermaatra Setepenra Ramsés Meriamón. Perteneció a la dinastía XIX de los faraones que gobernaron Egipto, allá por el siglo XIII a.C., siendo el tercero que gobernaría. Aunque para ser precisos, hay que decir que acerca de su nombre se han usado multitud de grafías muy diferentes, dependiendo de la cultura y la época que lo nombrara: para no alargarnos demasiado en este aspecto, diremos que ha sido conocido, entre otros nombres, por Harmeses Miammun o Rameses Miammun (Flavio Josefo), Rampses (Julio Africano o Eusebio de Cesarea), Ozymandias, Rapsakes, Kaedyet, Kanakht, Khakormaat, Nebkhepesh. Ousirmaatre…
            Nieto de Ramsés I, sus padres fueron Seti I y la Gran Esposa Real (título que se otorgaba a la principal o primera de las mujeres del faraón), Tuya; y aunque al principio se pensaba que había sido hijo único, las investigaciones han acabado por demostrar que en realidad tuvo al menos dos hermanas y un hermano mayor llamado Nebchasetnebet, que murió antes de alcanzar la mayoría de edad, lo que supuso la mayor de las fortunas para Ramsés, que pasó a convertirse en el heredero al trono.
            Su padre era un hombre de carácter guerrero, militar de profesión, que inculcó profundamente sus apetencias en el muchacho: desde muy joven recibió una intensiva instrucción en las artes bélicas por parte de su propio padre, siendo nombrado corregente a los catorce años de edad; al mismo tiempo, fue también debidamente instruido por múltiples maestros en las artes y las ciencias. En la estela de Qubban, erigida en el año 3 de su reinado, se le menciona diciendo: “Tú deviniste en jefe del ejército cuando eras un niño de diez años”.
            La corregencia le duró un período indeterminado, que oscila entre tres y siete años. Un año o dos después de su nombramiento, su ascendiente era tal que ya gobernaba sobre una parte del ejército, siendo descrito en diversas inscripciones como un “astuto joven líder”. Su fama crecía, y sus padres lo habían casado ya con Nefertari, matrimonio del que habían nacido cuatro hijos.
            Fue éste un período relativamente tranquilo, sin demasiados sobresaltos por parte de bandidos o vecinos un tanto molestos, por lo que Seti delegó en su hijo diversas tareas civiles que consistían, entre otras cosas, en la supervisión de los trabajos de construcción de los templos y de la extracción de las canteras del Sur del imperio el material para la edificación.
            No tardarían en comenzar a surgir problemas en las fronteras: Ramsés acompañaría a su padre en diversas campañas militares. Más adelante, Seti lo nombraría comandante, y comenzaría una campaña contra el reino de Kush, la antigua Nubia, durante el octavo año del reinado de su progenitor.
            Al parecer, durante esta campaña el futuro faraón recibió la noticia de que Seti había muerto: volvió a Egipto, donde llevó a cabo las ceremonias mortuorias de su padre junto a Tuya, su madre, en la necrópolis de Tebas (situada en lo que actualmente se conoce como Luxor), a la sazón la capital del imperio, que había sucedido mucho tiempo ha a Menfis.
            Tras acceder al trono, comenzó a mostrar sus inquietudes militares, llevando a cabo diversas acciones.
            Para empezar, hubo de enfrentarse a una invasión por el mar: desde el Norte, cruzando el Mediterráneo, llegaba una coalición de pueblos que pretendían penetrar en Egipto, conocidos como los Pueblos del Mar o shardanos, de complicada ubicación, y que se dedicaban a saquear e invadir. Hay quien los hace responsables de la caída final de los hititas y los micénicos, pero las investigaciones no acaban de dar un cuadro claro al respecto.
            En cualquier caso, estos temibles atacantes llegaron hasta las costas egipcias, donde fueron recibidos por la flota del faraón, concretamente en el Delta, sufriendo una importante derrota: tras la debacle de los piratas, Ramsés decidió utilizar a los prisioneros en su provecho y los reclutó como soldados para su ejército. Esta batalla naval se relata en la Estela de Tanis, al igual que la incorporación de los shardanos al ejército imperial se describe en el Poema de Pentaur.
            Los hititas habían sido una amenaza desde hacía bastante tiempo: las fronteras estaban permanentemente amenazadas por la presión de este pueblo, y se hacía necesaria una resolución drástica; si a ello se le añade que a la muerte de Seti y el ascenso de Ramsés los invasores pudieron ver en el recién llegado al trono a alguien más débil que su padre y, por tanto, más fácil de conquistar, tenemos el caldo de cultivo perfecto para explicar el recrudecimiento de las hostilidades: los hititas iniciaron numerosas escaramuzas por toda la frontera, reforzando su posición en las tierras de Retenu (las actuales Palestina y Siria), que habían capturado al parecer en los tiempos de Akhenatón, lo que obligó al ejército egipcio a movilizarse.
            El paso previo para recuperar estos territorios, tradicionalmente pertenecientes al imperio egipcio, fue una expedición a Canaán durante el cuarto año de su reinado, que se había levantado en armas, en rebeldía contra el faraón, y que amenazaba con unirse al enemigo hitita. El propio Ramsés iba a la cabeza de las tropas, y su victoria ante los rebeldes fue aplastante, relatada en las estelas de Eleuteros y Biblos. Los historiadores consideran esta campaña como la precursora de la gran batalla de Qadesh.
            Un año después de esta expedición, y con los hititas aún creando conflictos en las fronteras, el rey se embarcó de nuevo en una expedición militar: se dirigió hacia Siria, en busca del enemigo, con la intención de demostrar de una vez por todas que no era alguien a quien menospreciar. Una vez llegado al Norte de la región, a Qadesh, su ejército se encontró frente a frente con el de los hititas, con quienes se habían aliado los sirios, bajo el mando del rey Muwatallis II.
            En un principio, según relata la historia, el faraón no hizo caso alguno de los consejos de sus generales y de su visir, lo que resultó que cayera en una emboscada y sus tropas se vieran severamente diezmadas en un territorio que desconocían. Los egipcios huyeron y dejaron a su rey luchando prácticamente solo contra el enemigo, “guiado por el dios Amón” tal y como aparece relatado en los monumentos donde puso por escrito su hazaña, como el ya citado Poema de Pentaur y sobre todo el Poema de Qadesh, consiguiendo al final derrotar a los hititas.
            Al parecer, fue cercado por las tropas enemigas al pie de las murallas de la ciudad, quienes, creyendo que la victoria era ya suya, intentaron el asalto final para acabar con el faraón; pero éste, sin amilanarse, cargó contra ellos y consiguió convertir la derrota en una victoria.
            Ésta resulta una apreciación bastante sesgada, puesto que está contrastado que no consiguió conquistar Qadesh, así que los investigadores prefieren pensar que no se trató de una aplastante victoria, como manifiesta Ramsés, sino más bien de un empate, de tablas, o incluso de una derrota en toda regla.
            En cualquier caso, tras esta batalla los dos reyes decidieron acordar un alto el fuego y la “promesa” de no interferir cada uno en los territorios del otro: el faraón regresaría a las Dos Tierras, nombre con el que se conocía por entonces a Egipto: para los que no conocen demasiado bien este detalle, indicaremos que la corona que se ve en los grabados es doble, consta de dos piezas, cada una de las cuales representa al Alto (zona sudanesa)  y al Bajo Egipto (zona del Delta del Nilo).
            Una vez hubo regresado de esta expedición, Ramsés prosiguió con los trabajos de construcción que había dejado abandonados al tener que embarcarse en las campañas militares.
            El armisticio entre hititas y egipcios estaba destinado, como suele ser habitual, a no durar demasiado: a la muerte de Mutawallis, su hijo Mursil y su hermano Hattusil se enfrentaron entre sí en una brutal lucha por el poder en el imperio hitita; estas graves disensiones internas eran lo único que necesitaba el faraón para tomar la iniciativa: para reafirmar el control en aquella zona destacó guarniciones en distintas ciudades, pero no fue suficiente para que las hostilidades acabaran: habrían de esperar mucho tiempo, a la llegada al poder de Hattusil III, que firmaría la paz con Ramsés en el Tratado de Qadesh: por aquel tiempo, el egipcio ya llevaba en el poder alrededor de 25 años…
            La expansión del imperio no se conformó con el Oriente Medio: las incursiones del faraón se extendieron por África, concretamente por Libia, donde estableció diversas colonias y mandó construir unas cuantas fortalezas que vigilaran la llegada de posibles invasores, creando una extensa línea de defensa que comenzaba en Racotis (un distrito de Alejandría) y llegaba hasta El Alamein.

            El ambiguo resultado de la batalla de Qadesh sirvió a Ramsés para depurar el ejército y reestructurar las jerarquías militares: se sacudió de encima a los altos rangos, y puso en su lugar a sus hijos al frente de los distintos cuerpos:
  • Amenhirjopshef, su primogénito, fue designado como “generalísimo del ejército” y “supervisor de todas las tierras del Norte”.
  • Ramsés se convirtió en “primer general de Su Majestad”.
  • Paraheruenemef y Mentuherhepeshef fueron nombrados “general de carros” y se les dio el título honorífico de “primer conductor de Su Majestad”.

Esta reestructuración no supuso apenas problemas para el faraón: en primer lugar, todo el alto mando de las tropas recaía exclusivamente sobre su familia directa, y en segundo lugar la oposición que podría haber habido se diluyó al comprobar que todos los mandos que había quitado eran extranjeros, como el general hurrita Urhiya, su hijo Yupa que heredó el cargo o el general Ramsés-Najt, personas que había situado su padre, Seti I, en detrimento de la nobleza egipcia que habitualmente había ocupado dichos puestos.
            Asimismo, creo tropas especiales, de élite, con extranjeros de diversos orígenes: en su ejército tenían cabida nubios, libios, asiáticos, shardanos… A los que concedió suficientes privilegios como para que resultaran absolutamente leales al rey. Se convirtieron en la fuerza principal de las tropas egipcias, hasta el tiempo que históricamente se conoce como el tercer período intermedio.
            Algunos historiadores especulan con que durante su reinado se produjera el primer éxodo del pueblo judío, que se narra en la Biblia, bajo la égida de Moisés; según esta interpretación, la persecución de los egipcios, que acabaría en desastre en el Mar Rojo, la llevó a cabo Ramsés II, olvidando que este faraón aguantó muchos años y su muerte no fue violenta.

            Pero a pesar de tratarse de un faraón guerrero, Ramsés no se quedó solamente en las campañas militares: durante su reinado, Egipto alcanzó la época de mayor esplendor, merced sobre todo a la prosperidad económica de que disponía, lo que favoreció notablemente el desarrollo de la literatura y las ciencias, y que a su vez le permitió acometer la construcción de grandes edificaciones y monumentos.
            Una de sus primeras decisiones fue la de cambiar la capital del imperio: si bien había sido Tebas, con la consecuente influencia del poderoso clero que en ella residía, trasladó la corte a Menfis, para posteriormente instalarse definitivamente en Pi-Ramsés, en el Delta del Nilo. Aunque no queda demasiado claro cuál pudo haber sido el motivo de tal decisión, teniendo en cuenta lo que había sucedido años atrás con el faraón hereje Akhenatón, lo más probable es que tal decisión fuera una hábil maniobra política para, en primer lugar, y como acabamos de decir, desligarse, apartarse del poderoso clero tebano para mantener el suyo propio, y al mismo tiempo hacer que la aristocracia tebana perdiera influencia sobre él en favor del ejército y los escribas reales. Además, comprendió la importancia de estar lo más próximo posible al Norte, para poder controlar con mayor facilidad el Levante Mediterráneo, que por entonces resultaba una región convulsa y peligrosa. Sin embargo, esta medida no consiguió frenar el poder creciente del sumo sacerdote de Amón…
            Tras estas decisiones, el faraón cayó en una etapa de construcción obsesiva: no sólo se dedicó a construir templos enormes y espectaculares a lo largo de toda la orilla del Nilo, sino que incluso llegó a usurpar muchas de las ya existentes, incluidas las de su padre Seti I. Podríamos decir que batió el record absoluto en este apartado, superando con creces a Amenhotep III. Algunas de sus grandes obras fueron las siguientes:
  • Amplió el Osireion, el Templo dedicado a Osiris en Abydos.
  • Amplió el templo de Amón en Tebas con el añadido de un nuevo patio, los pilonos de la entrada y dos obeliscos de granito rosa.
  • Finalizó la sala hipóstila del Templo de Amón en Karnak.
  • Construyó, en el Valle de los Reyes, el Ramesseum, el templo funerario que destinó para que fuera su tumba.
  • Construyó edificaciones añadidas en los templos de Menfis y Hermópolis.
  • Construyó diversos templos en Nubia, de los cuales los más conocidos son los de Abu Simbel, dedicados a diversas divinidades como Ra, Ptah, Amón, Hathor, e incluso al propio Ramsés, por considerarse a sí mismo, como faraón, hijo de dioses y divinidad en sí mismo, engendrado, según la mitología egipcia, por el todopoderoso Amón-Ra, el mayor de todos los dioses. Otros templos fueron los de Beit El-Wali, Gerf Hussein, Uadi es-Sebua, Derr o Aniba. Con esta actitud de hacerse construir templos y estatuas de forma sistemática, muy superior a la de la mayoría de los reyes egipcios, y similar a la de la reina Hatshepshut o Amenhotep III, muchos investigadores han pensado que era de los que realmente creían ser encarnaciones de las divinidades.
  • Pi-Ramsés Aa-Najtu (“la ciudad de Ramsés”), la que sería su capital definitiva y su construcción más ambiciosa, supuso la desaparición definitiva de Avaris, la ciudad de los hicsos, sobre la que se edificó. Existe la posibilidad razonable de que para esta obra se contrataran obreros hebreos, y que en este momento se desarrollaran hechos narrados en la Biblia: al fin y al cabo, en el Libro Sagrado se explica que fueron esclavizados para construir las ciudades de Pithom y Ramsés. Sin embargo, por aquel entonces no existía en Egipto la esclavitud tal y como la conocemos salvo para los prisioneros de guerra, sino que todos los obreros de las tareas que se llevaban a cabo eran debidamente contratados y pagados, por lo que hablar de esclavitud parece un error: resulta bastante más probable que fueran adquiridos tras las campañas militares en Canaán…

En lo que respecta a su aspecto físico, los investigadores creen que las múltiples estatuas que han sobrevivido hasta nuestros días dan una idea bastante certera acerca de cómo debió ser: contrariamente a lo que solían hacer muchos faraones, que pretendían que los escultores idealizasen su figura, Ramsés debió preferir que se acercasen lo más posible al original, lo cual parece demostrarse ante la enorme similitud que existe entre todas las imágenes observadas, aunque eso sí: su retrato es siempre el de sus rasgos de juventud, no se ha encontrado ni una sola estatua en la que aparezca como un hombre maduro. Para ver cómo fue realmente en los últimos momentos de su vida habríamos de acudir a su momia, excepcionalmente conservada: era inusualmente alto para el modelo de la época en que vivió, alrededor de 1,70 m., y en sus rasgos debió destacar una nariz prominente, que le confería un aspecto casi majestuoso; en sus últimos años debió andar encorvado debido a una severa artritis y deformaciones en la columna vertebral. Como nota curiosa en torno a esta momia, podemos decir que fue la única que en 1977 viajó a París en avión con pasaporte para su estudio y restauración, siendo recibida en el aeropuerto con honores de jefe de estado...

            Otro de los aspectos controvertidos en lo que respecta a este faraón es su actitud con respecto al pueblo que gobernaba: los historiadores suelen contemplarlo como un gobernante indiferente a sus súbditos, un planteamiento bastante lógico teniendo en cuenta que la mayor parte de todos los reyes de la antigüedad gobernaban para sí, no para el reino; prueba de esta apreciación es que la población se mantuvo en la pobreza durante su reinado mientras la nobleza se enriquecía cada vez más, pero esta situación era en realidad relativa: la abundancia que siempre hubo en Egipto se repartía de tal forma que las clases bajas no lo pasaban tan mal como pudiera pensarse…
            Si bien Keops ha sido considerado el faraón absolutista por antonomasia, algunos investigadores plantean que Ramsés hubiera sido aún más dictatorial que él: mujeriego, déspota, e incluso megalómano… El considerarse hijo de Amón-Ra lo elevaba a una distancia abismal del pueblo al que debía regir.
            Sin embargo, hay divergencias en la interpretación de los signos acerca de la actitud de este rey: otros investigadores plantean que en realidad no se trataría de indiferencia, sino de crueldad: para apoyar esta tesis se basan en algunos relatos de su vida, como son los de las trampas que instaló alrededor de los lugares donde guardaba sus tesoros, o su costumbre de colgar los cadáveres de sus enemigos en las paredes de los palacios o las murallas; y también en un hallazgo reciente, decenas de cuerpos decapitados frente a uno de sus templos, detalle que resulta chocante porque el sacrificio humano era una costumbre que los egipcios habían desterrado desde los tiempos prehistóricos…
            Lo que sí parece ser absolutamente cierto es que debió ser arrogante y soberbio como pocos, que le disgustaba sobremanera que alguien pretendiera darle órdenes. De las cartas que se han encontrado entre él y el rey hitita, se desprende este hecho: cuando su enemigo le exigía que le devolviera un fugitivo que había tomado asilo en Egipto, el faraón había respondido con un “¿Por qué me hablas como si fuera tu esclavo?”.
            De la misma manera, en el ya citado Poema de Pentaur, el propio Ramsés relata que cuando se le pusieron las cosas cuesta arriba en Qadesh, al abandonarle las tropas a su suerte, tras librarse él solo de sus oponentes, regresó junto a su ejército enfurecido e hizo caer su terrible cólera sobre sus soldados, diezmándolos. Según sus propias palabras, “Mi Majestad se puso ante ellos, los conté y los maté uno a uno, frente a mis caballos se derrumbaron y quedaron cada uno donde había caído, ahogándose en su propia sangre...”.
            Según se percibe por los documentos, inicialmente debió ser tremendamente temperamental: algunos historiadores piensan que las menciones que hace el Corán se refieren a él en este sentido, aludiendo a que cuando sus magos y sacerdotes reconocieron no ser capaces de enfrentarse a la magia del dios de los hebreos, en una posible alusión a los eventos bíblicos de las siete plagas, el faraón los increpó con muy duras palabras: “¡Vosotros no tenéis mi autorización para decir tal cosa!”. Tras estas palabras, los amenazó con clavarlos a una palmera de pies y manos, a modo de primitiva crucifixión…
            Es probable que el tiempo y la templanza de sus consejeros consiguieran que esa desmedida soberbia fuese matizándose, suavizándose: décadas después de alcanzar el trono, comenzó a descentralizar los asuntos del país, delegándolos en manos de sus numerosos hijos y subordinados. Para contrarrestar el omnímodo poder de los sacerdotes de Amón intentó favorecer a los clérigos de otras deidades como Ra, Ptah o Seth, pero tales prácticas apenas tuvieron efecto, hasta el punto que el celo religioso de los seguidores del dios supremo puso en peligro su posición como faraón. Éste no fue capaz de ver la situación en que se estaba colocando, y dejó que las cosas prosiguieran como iban, permitiendo que sobre su imperio comenzara a planear el germen de su caída...

            Como ya hemos dicho, a Ramsés se le ha tachado de lascivo y mujeriego, y ello se debe, sobre todo, a la gran cantidad de reinas, esposas y concubinas que tuvo a su alrededor, que le dieron cientos de hijos e hijas. Y al parecer no se tomó la molestia de ocultarlo, ya que llegó hasta a confeccionar una lista con los nombres de todos sus hijos y construir en el Valle de los Reyes una gran tumba conocida entre los arqueólogos como KV5 (King’s Valley 5). Este hipogeo, a tenor de los egiptólogos, está resultando sorprendente en más de un aspecto, y a 2007 aún se estaba excavando en busca de más datos: se sospecha que puede todavía guardar más secretos…
            La Gran Esposa Real fue la bella Nefertari, nombre que significa “por la que brilla el Sol”, y es de suponer, a tenor de las tradiciones dinásticas egipcias, que seguramente estaba emparentada con la dinastía anterior a través del faraón Ay; sin embargo, ésta es una mera suposición, puesto que Ramsés se ocupó cuidadosamente de ocultar su origen y no se ha efectuado ningún descubrimiento que pueda hacer luz sobre su linaje. Ésta no fue sólo la esposa principal y madre de los herederos, sino que además tomó un papel mucho más activo del habitual al intervenir en la política de su real marido: tuvo un importante papel en las conversaciones con los hititas, hecho demostrado por las cartas que escribió a la emperatriz Putuhepa, y que al parecer consiguieron sentar las bases de un proceso de paz…
            El faraón debió idolatrar a su esposa, ya que una de sus construcciones, el segundo templo de Abu Simbel, fue dedicado a ella bajo la imagen de la diosa Hathor; en este edificio, la imagen de Nefertari posee el mismo tamaño que la de su marido, hecho que resulta harto infrecuente en las representaciones egipcias. Su muerte se produjo en el año 26 del reinado, antes de la inauguración del templo, y fue enterrada en la tumba del Valle de las Reinas catalogada como QV66 (Queen’s Valley 66), donde se encuentran las pinturas mejor conservadas.
            Este hecho supuso el ascenso meteórico de Isis-Nefert, también llamada Iset la Bella, que se convirtió rápidamente en la nueva Gran Esposa Real. A juzgar por el hecho de que ésta mujer se mantuvo mucho más en la sombra que su predecesora, es factible pensar, junto con algunos historiadores que han optado por esta línea de investigación, que pudo haber habido una enconada rivalidad entre las familias de Nefertari y de Isis-Nefert: ésta última debió ser muy inteligente, pues llegó a colocar a todos sus hijos en los cargos más importantes del estado. Siguiendo esta pista, aducen la posibilidad de que la muerte de Nefertari y la de su primogénito se debieran no a causas naturales, sino a las intrigas que su rival desarrollaba para hacerse con el poder al lado del faraón, pero son tan sólo conjeturas, pues no hay datos suficientes como para apoyar esta hipótesis.
            El puesto de Gran Esposa Real se difuminó en tiempos de Ramsés, que lo asignó a otras mujeres: además de las dos citadas, por el trono pasaron cinco reinas más: su hermana o hija Henutmira, la princesa hitita Maathornefrura (la prenda de paz que presentó el rey Hattusil III), la dama Nebettauy de la que se sospecha pudo ser hija de Isis-Nefert, y otras dos hijas más, Meritamón con Nefertari y Bintanat con Isis-Nefert. Puesto que el incesto en la familia real era una tradición y una constante para mantener puro el linaje de los faraones, que decían proceder directamente de Amón, tales prácticas se veían como algo natural, sobre todo teniendo en cuenta, como ya hemos dicho, que era la línea femenina la que otorgaba el auténtico derecho real…
            Acerca de la descendencia de Ramsés II, históricamente se le reconocen al menos 152 hijos, de los que los más importantes fueron los siguientes:
  • Hijos de Nefertari:
    • El primogénito, Amenhirjopshef, que como ya hemos comentado murió en circunstancias un tanto extrañas poco después que su madre.
    • Meritamón, cuarta entre sus hijas y la primera que nació de Nefertari. Cuando sustituyó a su madre como Gran Esposa Real, participó en numerosas ceremonias, entre las que se cuenta la fundación de Abu Simbel.
    • Paraheruenemef, su tercer hijo.
    • Meriatum, su sexto hijo.
    • Merira, su undécimo hijo.
    • Henuttauy, princesa con la que se casó pero a la que no llegó a asignar el rango de Gran Esposa Real.
  • Hijos de Isis-Nefert:
    • Ramsés, su segundo hijo, convertido en uno de los hombres más poderosos de la primera mitad del reinado de su padre. Como por una triste casualidad, murió por las misma fechas que su medio hermano, el primogénito de Nefertari.
    • Bintanat, primogénita entre las hijas. Según se sospecha, pudo ser madre de Bintanat II, que llegó a ser Gran Esposa Real del siguiente faraón.
    • Jaemuaset, su cuarto hijo. Ostentó el cargo de Sumo Sacerdote del dios Ptah, y fue considerado un hombre muy sabio e incluso un poderoso mago; murió unos pocos años antes que su padre, a una avanzada edad.
    • Merenptah, su decimotercer hijo, destinado a suceder a su padre en el trono debido a la gran longevidad de éste, casándose con su hermana Isis-Nefert II.

A lo largo de su reinado, uno de los más longevos que se conocen en el imperio egipcio (unos 66 años), celebró once festivales Heb Sed, un ritual destinado a revitalizar la fuerza física y vital del faraón, otorgándole de nuevo una juventud o madurez que le permitieran seguir gobernando el país. Debido precisamente a tal longevidad, sobrevivió a muchos de sus descendientes, y acabó por ser enterrado en el Valle de los Reyes, en la tumba etiquetada como KV7. El descubrimiento de esta tumba y de su momia se produjo en 1881.
A tenor de los historiadores, Ramsés II es el último gran faraón: todos sus esfuerzos se diluyeron tras su muerte, y es posible que incluso antes: su largo reinado, que conllevó que tras veinte años de frenesí constructor surgiera una marcada dejadez de los asuntos del estado, debieron poner las primeras semilla de la desaparición del Imperio Nuevo, hecho que se consumaría con la decadencia de sus descendientes: Merenptah y Ramsés III hubieron de mantenerse a la defensiva simplemente para poder conservar los territorios de Canaán…

Consideraciones

  • Parece muy conveniente que su hermano mayor falleciera antes de que alcanzara la edad adulta, dejando la herencia al trono en manos de Ramsés. Teniendo en cuenta las intrigas que se daban alrededor del trono, no parece demasiado descabellado pensar que no se trató de un desgraciado accidente. Pero a esa cuestión hemos de añadirle que en el antiguo Egipto la estirpe real se transmitía por la línea materna o femenina, por lo que un hombre no podía declararse faraón auténtico si no tenía como esposa a una mujer heredera de la sangre real.
  • Según aparece en las estelas, con 10 años fue nombrado jefe del ejército. Teniendo en cuenta que esta estela de la que hablamos fue mandada erigir por él durante su reinado, lo más fácil es suponer que se trataba de una autoglorificación: a tan tierna edad, ¿cómo iba a comandar ejército alguno?
  • Se le considera un “joven y astuto jefe”. Luego entonces, habríamos de pensar que poseería un buen nivel de estrategia militar. Sin embargo, a tenor de lo que se cuenta en los textos históricos, en la Batalla de Qadesh, cayó en una trampa al parecer bastante obvia por no hacer caso de sus consejeros. ¿Dónde está ese genio militar? ¿O es que más bien se trató de un temerario que se lanzaba a la carga sin más y con su fuerza y valor insuflaba el temor en los enemigos, aplastando su moral para poder vencerlos?
  • Seguimos en la Batalla de Qadesh. Según sus propias palabras, al caer en la trampa su ejército huyó atemorizado y hubo de luchar él solo contra los hititas, consiguiendo regresar a su campamento. Éste es un evento bastante difícil de creer, por mucho que nos quiera vender que es hijo e Amón y un fiero guerrero: un hombre solo frente a un ejército, por muy bien parapetado que esté, no dura ni un suspiro, así que parece evidente que estamos ante una nueva exageración propagandística con el fin de glorificar al gran Ramsés II: es más factible pensar que quedaría su fiel guardia, y que éstos se sacrificaron para que pudiera regresar al campamento egipcio y, una vez allí, dar rienda suelta a su rabia por la cobardía de las tropas…
  • A este faraón se le reconocen, a lo largo de sus 66 años de reinado, hasta 152 hijos e hijas. Francamente, a pesar de ser algo oficial, se me hace cuesta arriba creerlo, aunque las cifras no sean tan extrañas como puedan parecer: quitemos los últimos años, y dejemos una zona aceptable de unos 50 años: esto nos supone, de media, el nacimiento de tres herederos cada año, de una u otra esposa…
  • Parémonos por un momento en el encono que surgió entre sus esposas Nefertari e Isis-Nefert: la primera muere, y al poco tiempo lo hace su primogénito, Amenhirjopshef, lo cual ya de por sí resulta suficientemente sospechoso como para hacer pensar que pudo haber una conspiración por medio; y esta idea se refuerza cuando comprobamos que por la misma época en que fallece el hijo de Nefertari, lo hace también Ramsés, el hijo de Isis-Nefert. ¿Casualidad? No me parece demasiado probable, lo que me lleva a plantear dos posibilidades: o bien hubo un enfrentamiento abierto entre ambos muchachos y se mataron entre sí, o tal vez la venganza de Nefertari por la pérdida de su hijo no se hizo esperar con el ojo por ojo contra su temible rival…
  • En el fondo, a tenor de lo que hemos leído en la biografía de Ramsés II, parece bastante claro que nos encontramos ante un hombre orgulloso, egocéntrico y diría que incluso megalómano: entre sus empeños en borrar de la memoria del pueblo egipcio a faraones anteriores como Ay o Akhenaton, su presunción durante la batalla de Qadesh y sus autodescritas hazañas, resulta muy clara una intención propagandística, aumentada por el hecho contrastado del esplendor que vivió la tierra del Nilo durante su reinado.

Bibliografía

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  • L´empire des Ramsés, Claire Lalouette. 1985.
  • Ramses II, The Great Pharaon and his Time, Rita E. Freed. 1987.
  • Ramses II: Soberano de Soberanos, Bernardette Menu. 1988.
  • Memorias de Ramses el grande, Claire Lalouette. 1994.
  • Ramsés II. La verdadera Historia, Christiane Desroches Noblecourt. 1998.
  • Ramesses II, T.G. James. 2002.

  • Ozymandias, poema de Percy Bysshe Shelley. 1818.
  • Cuando nació Moisés, Joan Grant. 1952.
  • Noches de la antigüedad, Norman Mailer. 1984.
  • La Momia, o Ramsés el Maldito, Anne Rice. 1989.
  • Serie de Ramsés II: El Hijo de la Luz (1995), El templo de millones de años (1996), La dama de Abu-Simbel (1996), La batalla de Qadesh (1996). Christian Jacq.

Fuentes en Internet
  • Wikipedia
  • Biografiasyvidas.com
  • Egiptoaldescubierto.com
  • Egiptomania.com
  • Artehistoria.jcyl.es

Filmografía

  • Los Misterios de Egipto: el auténtico Ramses, Stuart Rose. Discovery Channel, 2010. Documental.


  • Los diez mandamientos, Cecil B. DeMille (Yul Brinner). 1956.
  • El príncipe de Egipto, DreamWorks. Animación. 1998.