sábado, 15 de abril de 2017

BEATRIZ CÁCERES

BEATRIZ CÁCERES

José Francisco Sastre García

            Hoy traigo a esta sección a una escritora que cuenta en su haber con un estilo en apariencia lento, pero en el fondo eficaz y resolutivo. Al leer sus obras, La Sombra del Secreto. El Arcano o A Tres Pasos de Luna, nos encontramos con una autora, Beatriz Cáceres, que juega con varios parámetros que conjuga con muy buen criterio para conseguir unas historias de resultado más que satisfactorio: un ritmo perfectamente adecuado al desarrollo de la trama, unos personajes muy logrados, una redacción sencilla que no simple, un cierto lirismo que lo impregna todo de un carácter más sentimental o melancólico…
            El género que suele trabajar es el de la intriga y el misterio, aunque aderezado con un toque importante de romanticismo o sentimentalismo, que hacen que resulte una lectura suave al tiempo que efectiva y adictiva; y aunque en su forma de escribir pueda haber un punto de densidad, ese punto queda compensado y reducido por el resto de los datos ya expuestos, lo que hace que todo el conjunto sea agradable y atractivo a la lectura.
            En suma, Beatriz Cáceres resulta una narradora recomendable a la hora de buscar lecturas. Si desean conocer más sobre ella, pueden acudir a Amazon para conseguir sus libros:



sábado, 8 de abril de 2017

LA DOCTORA. JAVIER HARO













LA DOCTORA

José Francisco Sastre García

            Regresamos a Javier Haro con una de sus últimas obras, La Doctora. Radiografía de una Mente Criminal, una historia que se encuadra, según su autor, dentro del ciclo de Black Psycho como precuela.
            Escrita con su estilo inconfundible y peculiar, que hace que el lector se sienta en cierto modo incluido en la trama, un tanto al estilo de un guion cinematográfico al tiempo que casi obra de teatro con multitud de personajes y escenarios, es un thriller de género negro en el que narra el ascenso de una mujer hasta el trono del imperio de los bajos fondos, una figura atractiva y poderosa que con su arrolladora presencia va deshaciéndose de todos los obstáculos que se ponen en su camino para alcanzar el poder absoluto.
            El detalle más diferenciador de esta narración es el hecho de que algunos de los personajes reflejados proceden de su círculo de conocidos y amigos, personas que han dado su aquiescencia para aparecer de la manera que lo hacen, dotando a la novela de una mayor fuerza si cabe. De esta manera, podemos encontrarnos con un mafioso elegante a la par que implacable, al estilo más clásico años veinte, un inspector de policía entregado a su trabajo, asesinos cuya eficacia resulta aplastante…
            En suma, una conjunción de elementos que hacen de La Doctora una historia fácil e interesante para leer. Pueden encontrarla en Amazon:





sábado, 1 de abril de 2017

ADOLESCENCIA ARREBATADA, MANOLY NARANJO















ADOLESCENCIA ARREBATADA

José Francisco Sastre García

            Manoly Naranjo se revela con esta obra en prosa como una gran escritora además de poetisa. Dotada de una gran sensibilidad, en Adolescencia Arrebatada recrea una historia costumbrista, vivencial, donde las emociones y los sentimientos están a flor de piel, dándose la mano con la crudeza de la vida real, exponiendo a la luz lo mejor y lo peor del ser humano. Es la historia de una infamia, de un acto canalla que dará origen a un viaje en busca de respuestas.
            La gran sencillez con la que refleja una historia acertada en el ritmo, el estilo directo y el talento que demuestra al escribir una narración como ésta, hacen que la sordidez inicial vaya transformándose en algo mucho más benévolo, en un mensaje de esperanza tras el que refleja otra cuestión que resulta de gran importancia para la autora: el tratamiento de las personas con Síndrome de Down, la invisibilidad y en ocasiones el abuso al que pueden verse sometidas.
            No es una novela, casi podría decirse que ni siquiera una novela corta: como su ópera prima en la literatura, ha comenzado con lo que podríamos denominar un relato largo que rezuma una sensibilidad especial por todos los poros, una historia que engancha al lector y lo guía por un camino de espinas y rosas hasta una conclusión catártica que a algunos podrá parecerles buenista y a otros razonable y hasta cierto punto lógica. Al fin y al cabo, cada lector es un mundo…
            Es un fiel reflejo del carácter de la escritora, una obra de emociones encontradas, de sentimientos que brotan con fuerza para hacer que el lector pueda llegar a sentirse identificado con las ideas esenciales de la trama, un fondo en el que prima la sensibilidad por encima de todo, a pesar de la mezquindad y la vileza que puede llegar a mostrar el ser humano. Una historia que sale del corazón, de un corazón entregado a la ayuda y la bondad, una proyección de sus pensamientos, anhelos y deseos, un reflejo del carácter de la autora, que puede percibirse con claridad a través de las vivencias de los personajes de la narración y de la manera en que plasma las situaciones.
            Personalmente creo que es una obra que merece mucho la pena leer, se acaba del tirón por su adictividad y consigue llegar al fondo de quienes disfruten de ella. La próxima novela seguro que resulta tan interesante como ésta, o incluso más.

            Si desean conseguir un ejemplar del libro, pueden ponerse en contacto con Manoly Naranjo a través de su muro de Facebook. Altamente recomendable…

sábado, 25 de marzo de 2017

21. LA GRECIA CLÁSICA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA GRECIA CLASICA



Erre.– Alguien había puesto en duda el genio de Platolhork. Algún envidioso, seguramente, que deseaba ocupar su lugar como gran filósofo de Atenas; sin embargo, el sabio no se preocupaba en lo más mínimo de semejante problema: estaba más pendiente de leer las aventuras que había escrito Solhork en el nº 48 de “Weird Tales of Lhork” acerca de sus andanzas entre los egipcios, y las posibilidades que se abrían ante sus maravillados ojos. Aquella historia sobre la Atlántida... Bueno, quizás se le pudiera sacar un buen jugo.
            Arislhorkteles se presentó ante él, fumando en pipa como era su costumbre y abrazado de un hermoso mancebo.
            –¡Por Apolhork, que no entenderé nunca cómo te pueden interesar esas tonterías sobre continentes hundidos! –se burló cruelmente.
            –Qué quieres que te diga, resulta interesante... –admitió el aludido, observando fijamente a su alumno–. Podría ser un material interesante para hablar sobre mi teoría filosófica acerca del mundo de las ideas y su relación evidente y contrastada con las sombras de una caverna llena de cangrejos y la coyuntura económica por la que está pasando el Pelhorkponeso en estos críticos instantes en que la magnífica sombra del Círculo de Lhork se cierne sobre el mundo como un águila.
            –Bah, déjate de paparruchas –le advirtió Arislhorkteles con un gesto displicente–. En tu vida has sabido lo que era una idea, y no va a ser ahora cuando lo descubras. Acabo de volver de un viaje por Itaca, y me he encontrado a nuestro viejo amigo Homero recopilando información sobre alguien llamado Ulises, o algo por el estilo, un gran explorador que llegó hasta vete a saber dónde.
            –Ah, sí, el que vendió a Julio Canal el yate por un puñado de ilusiones –aceptó el filósofo con gesto sonriente–. ¿No fue también el que descubrió el genio que se dedica a hablar a larga distancia, y que no se calla ni debajo del agua?
            –El mismo, maestro –afirmó el discípulo–. Lo siento, no le soporto, es más pesado que una vaca en brazos. Desde que se corrió la voz de que había dado la vuelta al mundo, Ulises se convirtió en una figura legendaria y Homero está más insoportable que nunca, asegura que deberían hacerle un monumento.
            –Ya. ¿Y qué hay de la... limpieza que hizo al volver a su isla?
            –Infundios injustificados, maestro. En realidad, se limitó a arrojar al mar a todos aquellos que le habían robado las revistas de Lhork; ni siquiera de su mujer, Penélhorkpe, de la que se dice que era una gran beldad, debía estar realmente enamorado.
            –Bueno, vale –admitió Platolhork–. Pasemos a cosas más importantes. ¿Cómo va la redacción del último número del fanzine?
            –Regular –se lamentó Arislhorkteles encogiéndose de hombros–. Ya hemos preparado una nueva entrega de las aventuras de Hércules, liándose a mamporros con el Guerrero Salvaje de Escitia, y tenemos en preparación un artículo sobre la figura del pegaso en relación con la mitología pagana.
            –¿Y qué hay de las habladurías acerca de Lhorkcrates? –inquirió el gran filósofo.
            –Anda desaparecido... Se rumorea que está de vacaciones en el Caribe, aunque nadie lo sabe con exactitud.
            –¿Y Cicelhork?
            –¡Huy, ése! –Arislhorkteles se echó a reír–. Cualquiera le echa un galgo. Lo que sí me he enterado por las revistas del corazón es que Mirolhork, ya sabes, aquél que hizo una ridícula estatua a la que llamó el Discóbolhork, se ha liado con la poetisa Safo de Lesbos.
            –Eso no son más que habladurías vanas –aseguró Platolhork–. Safo es demasiado... masculina como para liarse con alguien como Mirolhork. ¿En qué revista has encontrado esa falsedad? ¿En “Diez Siclos”?
            –No, en “Bibliuras”. Parece que les han hecho unas fotos muy escandalosas en las islas Jónicas, en cueros y en acción.
            –Ah, bueno, si es así... La verdad es que no me esperaba semejante cosa. Francamente, hubiera pensado que Safo tenía mejores gustos y que hubiera preferido liarse, por ejemplo, con Elektra, Yocasta, Ifigenia...
            –Hablando de Yocasta... –le cortó Arislhorkteles sin contemplaciones–, ¿te has enterado del problema que tiene con su hijo?
            –¿Quién, Edipo? –se burló Platolhork–. Ése tiene problemas hasta para saber quién es él mismo. ¿Qué tripa se le ha roto ahora?
            –Simplemente, que anda como una moto, completamente colgado, diciendo que está enamorado de su madre y que quiere tener un hijo de ella.
            –Cómo está el patio... –suspiró el gran filósofo–. Bueno, y de deportes, ¿qué me cuentas?
            –Poca cosa, maestro. El Esparta Fútbol Club venció al Real Argos por tres a cero, y en las Olhorkpíadas, ganó un tal Jenolhorkte, por correr ni se sabe cuántos kilómetros de una tacada.
            “Ah, se me olvidaba: los cretenses y su manía por los toros... En la última corrida, un tal Teseo consiguió el máximo honor: las dos orejas, el rabo, y la cabeza del animal, uno al que habían puesto de nombre “Milhorktauro”.
            –¿No hay más novedades?
            –Ninguna más, maestro.
            –Entonces, puedes retirarte. Ya has aprendido tu lección de hoy.
            Durante un momento, Arislhorkteles se quedó helado, mirando fijamente a Platolhork con sorpresa.
            –¡¿Lección?! –exclamó–. ¡¿Qué lección?!
        –El arte de saber espiar, y de cómo conseguir información de todo tipo, incluidos cotilleos varios, sin moverte de tu sillón –explicó pacientemente el maestro con expresión triunfal–. O, lo que es lo mismo, cuéntame todo lo que sepas, y yo me encargaré de asimilarlo y crear nuevas teorías filosóficas acerca de la vida y del hombre en relación a todo ello.
          “Para que te hagas una idea, aquello de que el hombre es un bípedo implume se me ocurrió después de contemplar, en el estadio de Atenas, a una paloma lanzando sus heces cual flechas sobre la calva de un espectador, que gruñó como una fiera y llamó al pobre bicho de todo. Me puse a pensar, y descubrí que, realmente, el ser humano camina sobre dos piernas y, evidentemente, no tiene plumas, aunque algunos no parecen cumplir esa regla.
         Tras aquella sorprendente explicación, que tenía su sentido tomándola desde una base puramente metafísica, y bufando como un semental furioso, Arislhorkteles agarró al mancebo con el que había llegado, y que se entretenía en comerse las uvas que el gran filósofo tenía ante él, y lo arrastró fuera de la casa, refunfuñando por lo bajo acerca de lecciones y otras zarandajas. “Por Lhork”, gruñó. “que algún día este cretino habrá de pagármela con creces”.

Jose Francisco Sastre García


Nota de la redacción: Esto ya es rizar el rizo. Vean el e–mail con el que nos ha hecho llegar este artículo, y lloren.
            “Tras cuatro días de espera en el dichoso aeropuerto por culpa de los puñeteros pilhorktos, que se han confabulado con el Círculo para impedir que pueda cumplir mi sagrada misión de informar acerca de las páginas ocultas de la Historia, me he visto obligado a prescindir de entregar este valioso documento en mano, con el riesgo que conlleva de perderse, ser robado o modificado a gusto del consumidor, y enviarlo a la redacción mediante el rudimentario sistema de Internet. Para ello, me ha tocado hacerle un puente a la batería del avión, y colocar a su lado una mesa camilla donde colocar la CPU, el monitor y un par de antenas de cuerno orientadas hacia el Círculo. Como módem, he utilizado una tarjeta de crédito (que, por cierto, las comisiones me han salido por un ojo de la cara), y he necesitado diez intentos para conseguir establecer comunicación. Después de esto, por Crom que los pilhorktos de avión tendrán que vérselas conmigo, ¡por Crom, Mitra y Asura! Camarero, otra botella de LhorkRioja a la misma dirección electrónica”.
            Sin comentarios.


sábado, 18 de marzo de 2017

20.- LA INQUISICIÓN

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA INQUISICION



Erre.- Lhorkemada estaba realmente furioso; no conseguía que el prisionero que tenían encarcelado confesara su crimen, su horrible crimen; y sus verdugos se mostraban impotentes para sonsacarle la verdad: ni los hierros al rojo, ni el potro, ni la dama de hierro, ni la gota de agua... No había habido manera de que el hermético condenado hablara.
            Se había recurrido a extremos aún mayores; se le había amenazado con quemar a su familia en la hoguera, pero ni por esas el pobre cardenal había conseguido una confesión.
            -Desde luego, hay que ver la poca consideración que tiene la gente de hoy en día hacia los demás –murmuraba frecuentemente-. Uno está cumpliendo con su trabajo lo mejor que puede, y ¿qué hacen los demás? ¿Colaboran? ¡Qué va! Desagradecidos...
            Había adquirido la sana costumbre de hablar solo (para que hablar con los demás, si no se molestaban en contestarte), y le había dado por comprarse un loro que llevaba a todas horas al hombro, al que le contaba sus cuitas.
            Desesperado a causa de aquel prisionero tan recalcitrante, decidió recurrir a nuevos métodos de tortura, enviando embajadores al imperio Chino para informarse de sus técnicas.
            -¡Vamos, habla! ¡Confiesa! –gruñían los torturadores una y otra vez, pero el hombre no se dignaba abrir la boca, se limitaba a gemir de dolor y a agitar la cabeza negativamente-. Venga, sé buen chico –le animaban-. ¿No ves que a nosotros nos duele tanto como a ti? ¿No comprendes lo que sufrimos cuando te vemos penar de esa manera?
            Aun así, los pobres hombres no habían sido capaces de arrancarle una palabra al infortunado reo. Los cargos contra él eran muy graves, le había acusado un noble de muy alto rango (se hablaba incluso de que había sido el propio rey), debido a lo que había hecho con su hija. En condiciones normales, habría sido ajusticiado al momento, quemado en la hoguera como un simple pincho moruno, pero el cardenal Lhorkemada no quería dejar escapar una ocasión como aquélla.
            -¡Tiene que hablar! ¡Tiene que hablar! –gritaba a los carceleros.
            Desde luego, había que reconocer que el condenado tenía cuajo: ni siquiera las amenazas más feroces, como la de hacerle escuchar durante 24 horas seguidas la música gregoriana, conseguían que abriera la boca y confesara abiertamente. El cardenal estaba, por una parte, emocionado y admirado del hombre, de su estoicismo, y por otra sumamente cabreado: tras tantos procesos de brujería, tras tantas confesiones recabadas a base de torturas y sobornos, tras tantos éxitos en su carrera de inquisidor, que le habían dado una inmejorable fama de ser un auténtico azote de los herejes, infieles y paganos, llegaba aquel tipo y se cargaba su gloria de un plumazo. Pues no: no estaba dispuesto a admitirlo, no señor.
            -Mira, si confiesas, haremos lo posible por dejarte libre –le aseguró un día en el colmo de la desesperación-. Mira, desde que hiciste lo que hiciste a la princesa, no ha vuelto a levantar cabeza: no para de pedir más y más, y la gente ya chismorrea más de la cuenta. Sabemos que fuiste tú, tenemos testigos del hecho, pero necesitamos una confesión firmada.
            El condenado le miraba con resignación, con un brillo de fatalismo en sus ojos; parecía comprenderle, entender su actitud, pero se negaba en redondo a hablar.
            -¡Qué hables, cuernos! –se indignaba a menudo el cardenal Lhorkemada, para, a continuación, ponerse a llorar amargamente delante del prisionero-. Pero, ¿qué te he hecho yo para merecer esto? ¿Es que quieres arruinar mi reputación? ¿Qué es lo que quieres a cambio de tu confesión? ¿Tierras, riqueza, mujeres? ¿Por qué no te comportas como un buen chico, y nos cuentas todo lo qué sabes? ¿No harás eso por mí, por tu querido amigo Lhorkemada? Pide por esa boca, y lo tendrás en cuanto me digas dónde has escondido los números de “Weird Tales of Lhork” que enseñaste a la princesa, y con los que se volvió tan loca de contento. Vamos, habla, dime algo.
            Pero siguió sin abrir la boca.
            Así pasaron los días, los meses, los años. El misterioso prisionero, llagado, herido y ultrajado de mil maneras posibles, pasó a convertirse en una leyenda de la época: El hombre de los fanzines de Lhork. Unos especularon con que se trataba de un noble caído en desgracia, otros que era un pobretón muerto de hambre que había tenido la desgraciada mala suerte de encontrarse varios números de la legendaria revista creada por San Lhork de Arenjun, de la que sólo se hablaba en susurros por haber sido declarada hereje y sacrílega (en realidad, esto había sucedido porque había ciertos estamentos que veían muy mal que el pueblo llano se entretuviera leyendo en lugar de dedicarse a otros placeres más terrenales por los que se les pudiera castigar con el infierno); el caso es que la leyenda fue creciendo, y el populacho cada vez gritaba más alto, en demanda del conocimiento de la personalidad del misterioso prisionero.
            Un buen día, el cardenal tuvo una súbita inspiración. Le acometió un miedo cerval, un pánico irresistible al darse cuenta de algo fundamental para su investigación. Atravesó corriendo la ciudad, en pijama y zapatillas, pues tal iluminación le había sobrevenido cuando se despertaba, y no había tenido tiempo siquiera de vestirse, y entró a saco en la prisión, voceando como un loco y exigiendo ver al reo.
            Cuando estuvo frente a él, ordenó a uno de sus torturadores que le aplicara los hierros por enésima vez, en un gesto rutinario que se le había quedado pegado. Los alaridos y el olor a carne quemada inundaron el estrecho ambiente de la mazmorra, aunque el hombre siguió sin soltar prenda. A continuación, el cardenal ordenó a sus hombres que abrieran la boca del hombre.
            Durante unos instantes, se quedó paralizado, el cuerpo temblando, los ojos desorbitados, la mandíbula colgándole a la altura del esternón. Después, en un alarido de frustración, amargura y resentimiento, alzó los brazos al cielo y, clamando a Nuestro Señor, salió de la celda en medio de fuertes voces y lamentos, quejándose de lo ingrato que llegaba a resultar aquel trabajo que Dios le había dado, y de que había perdido una estupenda oportunidad para conseguir los números que le faltaban de la dichosa revista de Lhork.
            Los torturadores, no demasiado sorprendidos ante tal actitud (no en vano llevaban muchos años al servicio del cardenal), se miraron entre sí y se tocaron significativamente las sienes, expresando un sentir general que corría de boca en boca por toda la prisión. Miraron curiosamente al prisionero, con la boca abierta todavía, y se echaron a reír.
            ¡El hombre no tenía lengua! ¡Se la habían arrancado al principio de las sesiones de tortura! ¡Era mudo, no podía hablar!
Jose Francisco Sastre García



Nota de la redacción: en fin, qué le vamos a hacer. No hay manera de deshacernos de él. El señor Sastre, nuestro ex-articulista, es como el desodorante Rexona, que no nos abandona.
            Hemos decidido decretar una tregua, y solicitar una reunión con el interfecto para ver si podemos conseguir de alguna manera que deje de perseguirnos por todas partes. Su locura maníaco-depresiva, con ribetes esquizoides y comportamientos claramente paranoicos y conspiranoicos, está haciendo que nos contagiemos poco a poco y que terminemos con un estado de nervios tal que necesitamos Valium 100 para poder acudir todos los días al trabajo, temblando ante la posibilidad de que durante la noche se haya infiltrado en la redacción y haya vuelto a hacer de las suyas.
     Cuando llegó a la reunión, casi nos echamos a reír: iba en cueros, excepto por un taparrabos de lo que parecía piel de rata, y unas sandalias de corte griego, de las que se atan al tobillo mediante tiras de cuero. Nos exigió que le readmitiésemos y que confesáramos nuestro plan de dominio del mundo, ese supuesto contubernio lhorkiano que se había empeñado en desvelar ante el mundo. Como tal cosa, como ustedes saben, no existe, le ofrecimos su antiguo puesto con la única condición de que se dedicara a hacer punto de crucetilla y nos dejara en paz; su respuesta fue un rugido de rabia y retirarse de la reunión amenazándonos con volver.

sábado, 25 de febrero de 2017

19. EL RENACIMIENTO

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

EL RENACIMIENTO



Erre.- Desde que la Gioconda había abandonado a Lhorknardo Da Vinci, éste se había visto compungido y lamentoso cual perro gimoteante. Entre ellos había habido algo más que una simple relación de pintor y modelo, algo que era bien sabido por la sociedad de la época.
            Y ahora, el pobre Lhorknardo andaba como alma en pena, sin preocuparse de sus inventos ni de sus  descubrimientos, pensando qué era lo que había hecho mal, por qué aquella cruel mujer, o mejor dicho, aquella cruel reinona, le había abandonado tras obsequiarle tantos años con su enigmática sonrisa. El último día, tras una violenta discusión, había estado a punto de romper su retrato, aunque, movida quien sabe por qué misterioso instinto, le dijo a su ex innamorato unas extrañas palabras: “Esto te lo dejo: más adelante, la gente sabrá de mi belleza y se enamorará perdidamente de mí”. Lhorknardo no sabía a qué se refería, ni le importaba un comino; lo único que quería era la Monna Lisa se quedara junto a él, pero, al final, había huido al Tíbet con un apuesto y joven lama, del que había confesado haberse enamorado tiempo antes.
            Lo que más le dolía aquellos días era que la fuga se había producido llevándose uno de los inventos del genio: una bicicleta de dos plazas, algo que Lhorknardo había bautizado con un palabro muy raro, algo así como “tándem”.
            Había demostrado ser una buscona, pero el apenado inventor seguía queriéndola con locura. Apenas comía, ni salía a la calle a hacer footing o pasear al perro, y mucho menos a tomar copas con los amigos, quienes trataban de consolarle y animarle, aunque sin el más mínimo éxito. El hombre, desconsolado, había escrito incluso a alguno de aquellos programas que por aquel entonces hacían furor, dedicados a desfacer entuertos amorosos entre personas peleadas. Pero ni aún así pudo conseguir que el amor de su vida volviera a él: en el programa le habían dado largas, diciéndole que era normal, que un vejestorio como él, y además más pendiente de la cultura y del arte que de mantener el amor con la mujer a la que deseaba, no podía ser rival digno para un estulto joven, guapo, con un lamasterio de su propiedad en el Tíbet y, además, muy versado en temas filosóficos y religiosos, siempre envuelto en mantras, tulpas, y otros palabras mucho menos entendibles.
            Al final, Lhorknardo se mosqueó lo suficiente como para tomarse a pecho lo de llevar los cuernos con dignidad: estaba dispuesto a quitarse como fuera unos apéndices que le obligaban a agacharse cada vez que quería pasar por las puertas, y cansado de que, en la calle, todo el mundo le señalara y se riera de él. Hasta el propio duque Sforza, cansado de sus dislates (pues había llegado a extremos tan inconcebibles como ridículos, y ya no se acordaba si se vestía o no, o llegaba a increpar a cualquiera por un quítame allá esas pajas. Menos mal que el genio no llevaba armas, pues, de lo contrario, la Humanidad habría tenido un montón de inventos menos y una boca menos que alimentar), le advirtió que aquella situación no podía durar más: El lloroso anciano, compungido, en un lamentable estado, no daba pie con bolo, y cada vez que presentaba a su mecenas un invento, éste se disparataba cual artefacto gnomo: si era un globo aerostático, se pinchaba y llevaba a las pobres víctimas del experimento a un viaje alrededor del mundo, con final vaya usted a saber dónde; si era un cañón, reventaba en las narices del usuario; si un teléfono, la comunicación se cortaba una y mil veces; si una televisión, la señal no llegaba lo suficientemente clara y, encima, cogía los canales marcianos en lugar de los italianos.
            Así que Lhorknardo recibió un ultimátum: debía volver a la normalidad, o atenerse a las consecuencias. El duque le había presentado en varias ocasiones a varias de sus amigas, hermosas damas que hubieran hecho las delicias de cualquier caballero de aquella época, pero el genio no tenía ojos más que para aquélla que le había abandonado.
            Finalmente, optó por llevar a cabo el mayor de sus inventos: un aparato volador que imitaba a los pájaros, esto es, que volaba a tracción animal, mediante la agitación ininterrumpida de sus alas merced a los brazos del usuario.
            Lo probó varias veces, con grave riesgo para su integridad física, pero no conseguía que funcionara en condiciones: primero fueron rasguños por todo el cuerpo, después una brecha en la cabeza, a lo que siguió un brazo roto y aun un par de costillas hundidas.
            Pero no se amilanó el inventor: descubrió que lo que le faltaba a su invento era un impulso horizontal lo suficientemente fuerte como para mantener el aparato flotando, así que se dedicó a pensar concienzudamente hasta descubrir el motor de combustión.
            Una vez conseguido su gran invento, el avión, se dedicó a perfeccionarlo con pequeños detalles, mientras su mente, maquiavélica, comenzaba a darle vueltas a un mefistofélico plan.
            Cuando todo estuvo ultimado, puso su aparato en marcha y viajó hasta el Tíbet, hasta la lamasería en la que tenían su nidito de amor la Gioconda y el lama. Apenas la tuvo a la vista, comenzó a abrasarla a base de misiles, cohetes y fuego de ametralladora pesada, dejando caer en varias pasadas tremendas bombas de nápalm que arrasaron el edificio de una esquina a otra. Y cuentan las crónicas que mientras hacía todo aquello, se le podía oír gritar como un energúmeno cosas como: “¡Toma esto, pendón verbenero! ¡Te vas a enterar, santo de tres al cuarto! ¡Sal si te atreves, pendón desorejado!”
Al final, el lama respondió a sus gritos y salió del lamasterio con un bazooka entre las manos, que apuntó cuidadosamente y disparó, consiguiendo un pleno que le valió el grito de la Monna Lisa de “¡Strike!”. Aún así, Lhorknardo se mantuvo en el aire, hecho que ocasionó la inmediata intervención del colérico dios Yama, quien, cansado de ver las vejaciones a que estaba sometiendo el inventor a su hijo bienamado, le arreó un papirotazo que le arrojó del cielo dando más vueltas que una peonza.
Entre gritos de rabia y dolor (Se cuenta que se le oyó una expresión que decía algo así como “¡Esto es un infienno! ¡No siento las piennas!”), Lhorknardo cayó a tierra, quedando hecho unos zorros. Del aparato aéreo no quedaron ni las varillas, y el lama, en lugar de rematarlo, lo acogió como santo varón y le cuidó hasta que sanó de todas sus heridas.
            Lhorknardo se enterneció ante tal actitud, pues, procedente de una tierra en la que se practicaba el ojo por ojo y el pragmatismo estaba a la orden del día, y decidió quedarse en la lamasería y rezar junto a su amada y su amigo.
            Algún tiempo después, las habladurías corrieron de boca en boca: se rumoreaban cosas sobre un ménage a trois entre tres hombres, sobre que aquello no podía funcionar, sobre que el lama y Lhorknardo habían vuelto a enzarzarse en nuevas peleas a causa de los rezos, que el genio quería modificar a su antojo... Mas la realidad era que los tres tortolitos estaban perfectamente avenidos, y que el inventor había conseguido, gracias a sus inventos, que el lama consiguiera ascender en el escalafón a la categoría de Dalai Lama.
Jose Francisco Sastre García


Nota de la redacción: una vez más, de nuevo con ustedes para comentarles la última crónica de cierto personaje que se llama llamar periodista, articulista y otros títulos de los que no ha oído hablar en su vida.
            Creíamos haber encontrado la solución para acabar con todos nuestros problemas: la redacción, al completo, había sido minada de esquina a esquina, con aparatos de gran potencia, sin dejar el más mínimo resquicio. El plano que indicaba la posición de las minas era único y lo guardaba el presi en la caja fuerte bajo siete llaves.
            Sin embargo, hace un par de noches, el vigilante que tenemos contratado (Pobre hombre, lo que tiene que sufrir con estos acosos por parte del Sr. Sastre), escuchó una extraña voz que provenía de la sala principal de la redacción. Al asomarse, vio un espectáculo asombroso: nuestro antiguo articulista, con un papel en la mano derecha y una botella en la mano izquierda, se tambaleaba entre las minas antipersona, cantando a voz en grito “¡Un pasito p’alante, un pasito p’atrás!”, mientras seguía el ritmo que marcaba entre las minas. Al parecer, el papel que miraba tan frecuentemente, y que dudamos seriamente que lo pudiera ver con claridad debido a la tajada que nos dijo el vigilante que llevaba encima, era un plano de la colocación de las minas. Había llegado ya junto a un ordenador, y se había sentado a escribir el artículo que han tenido ocasión de leer con anterioridad. Cómo había podido conseguir el plano, es algo que no conseguimos explicarnos, a no ser que tengamos un topo en la redacción.
            El guardia de seguridad, al ver la situación, optó por no hacer nada: sin un plano del minado, era muy arriesgado introducirse en la sala principal de la redacción sin volar en el intento. Así que le dejó ir cuando terminó. Antes de salir por la puerta principal, se volvió hacia nuestro empleado y se despidió de él con una voz tan gangosa que apenas pudo entenderle.

            ¡Estamos hartos! ¡Queremos su cabeza en una pica! ¡Queremos que se le crucifique en el desierto!

domingo, 19 de febrero de 2017

18. LA ÉPOCA VICTORIANA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA EPOCA VICTORIANA



Erre.- Andaba Lhork Byron preocupado por aquellos aciagos días, pues había perdido un valioso anillo que una buena amiga le había dejado en prenda. Era en verdad valioso, mas no tanto por su aspecto, más bien anodino y carente de valor material, como por las circunstancias en que lo había recibido. En un alarde de derroche, había contratado los servicios del mejor detective del mundo, el señor Sherlhork Holmes, y su inseparable ayudante, el doctor Watson, pero éstos le habían confesado que estaban tan peces en el asunto como él. No estaban seguros de si se trataría de un robo, pero, desde luego, míster Holmes había afirmado con rotundidad que si ése era el caso, el culpable era, sin lugar a dudas, el vil canalla, aquel tipo rastrero y villano llamado Lhorkiarty.
            Desde que le habían negado el ascenso a miembro del consejo del Círculo, aquel tipo, del que se comentaba que era la mayor eminencia en astronomía y matemáticas aplicadas del mundo, se había puesto tan rabioso que no escatimaba medios para vengarse de tamaña afrenta.
            Desde que el insigne poeta, loco de pena, había dado publicidad a su desdicha, todo Lhorkndres se había volcado en buscar el dichoso anillo, al que, por un extraño capricho, alguien dio en bautizar como el anillo de los filhorksofos, y por tal se le conocía desde entonces. Incluso la propia reina dio en promover la búsqueda, estipulando una recompensa de diez mil, sí, diez mil libras, para el afortunado que localizase el dichoso artefacto.
            Pasaban los días, y después los meses. Y un año después, aún no había aparecido el anillo. Sherlhork Holmes estaba a punto de rendirse, a pesar de las valerosas palabras de ánimo que su compañero, el doctor Watson, le dirigía cada mañana al levantarse. Ni una pista, ni el más mínimo rastro, a pesar de haber recurrido al recurso extremo de concertar una cita con Lhorkiarty y suplicarle, por el amor de Crom y del Círculo, que devolviera el anillo. Pero el perverso villano se le había reído en la cara, y le había asegurado que tal objeto no obraba en su poder. Holmes estaba seguro de que mentía, pero no podía probarlo, así que una noche, seguido por el fiel Watson, se introdujo en el hogar del archicriminal y revolvió toda la casa, con el consiguiente alboroto de los criados y la salida de ambos héroes a patadas por la puerta principal.
            El asunto trascendió a un nivel aún mayor, al internacional, y todas las potencias mundiales enviaron telegramas de condolencia al atribulado poeta, Lhork Byron, quien se entretenía componiendo, en sus ratos libres, historias morbosas, caprichosas, como “El Retrato de Dorian Gray”, del que se decía le había sido inspirado por alguno de sus amigos más allegados: Percy Shelley, Mary Shelley, o incluso el doctor Polidori, un personaje de lo más extraño.
            El revuelo había sido impresionante: todo el mundo andaba revuelto con el asunto del dichoso anillo, por lo que el Círculo decidió tomar cartas personalmente en el asunto, enviando a sus más sagaces sabuesos tras la pista del maldito objeto.
            El rastro parecía múltiple: el profesor Sartorius terminó buscándolo en las lejanas selvas africanas, entre tambores y licor de banana; años más tarde, alguien lo encontró perdido en medio de la jungla, y le preguntó aquello de “El profesor Sartorius, supongo”.
            JoJavi QueNoVe terminó en medio de las estepas rusas, trasegando vodka como un auténtico cosaco; y esta vez, no sólo no llegó a encontrar el anillo, sino que hizo auténtico honor a su nombre: realmente, no era capaz de ver por dónde andaba.
            El general Trueno de Thule, acompañado por su mujer y sus leales amigos, rastreó una huella fresca hasta Groenlandia, donde, aún hoy en día, sigue buscando infructuosamente, mientras la pelma de la Sigrid le importuna insistiendo que deben volver a su casa a cuidar de los niños y a cerrar la llave del gas, que dejaron abierta por descuido. Y no tanto por el riesgo de explosión, sino por el importe de la factura que se les avecinaba.
            El Venerable Ninja Mululu se dedicó a buscar por el lejano Oriente, entre el Tíbet, Mongolia y China, exacerbando hasta tal punto los nervios de aquellas gentes que, un buen día, perdió toda comunicación con el Círculo; sus ropajes oscuros dejaron de ser vistos por los salones de la organización fanzinerosa, y se rumoreó que había encontrado un paraíso en algún lugar de las montañas, aunque otras fuentes afirmaron que, simplemente, los orientales se cansaron de él y le ataron una rueda de molino al cuello, arrojándole acto seguido al Pacífico.
            Javierix viajó hasta las Galias, en busca de un anciano druida del que confiaba recibiera una respuesta concreta al asunto del anillo; en concreto, el resultado de su visita fue una gran barrica llena de LhorkRioja que le tentó sobremanera; hasta tal punto, que, finalmente, con un “¡Gracias, San Lhork!”, se tiró en plancha a su interior. Un rato más tarde, le sacaron convertido en un beodo impresentable.
            Lhork Skywalker y Han Solhork terminaron en medio del Amazonas, haciendo proselitismo en medio de los jíbaros, y preguntándoles si sabían algo sobre el asunto que le llevaba hasta aquellos lares; pero los indígenas no sólo no supieron darles razón del anillo sino que, molestos por aquellos estúpidos extranjeros que osaban importunarles con aquellas tonterías, y que amenazaban con acabar con su ecosistema con aquellas paparruchas de espadas láser, armas ultrasofisticadas y demás, decidieron que si la princesa Lila quería saber algo de ellos, tendría que preguntárselo a sus reducidas cabezas, en medio de la selva.
            Mientras tanto, Lhork Byron, en Lhorkndres, metió un día la mano en el bolsillo de una de sus chaquetas, que tenía guardada hacía un par de meses, y descubrió, con sorpresa y un poco de estupor, que el dichoso anillo estaba allí, olvidado desde hacía quién sabe cuánto tiempo. Le dio vergüenza desvelarlo, y no era para menos: cuando se supo la terrible verdad, el mundo montó en cólera, y dio la espalda al poeta, obligándole a cambiar de acera. En general, la gente optó por hacerle el vacío, tras una semana de insultos, broncas, y algún que otro golpe. Sin embargo, los miembros del Círculo, encabezados por el ilustre señor Holmes, le corrieron a guarrazos por toda la ciudad. Y hasta el día de hoy, sigue corriendo, temeroso de pararse y descubrir, detrás suyo, a alguien que le puede atizar con cualquier objeto contundente a mano.
            Tras este incidente, el señor Byron no ha vuelto a levantar cabeza, y ruega a San Lhork para que, algún día, se acaben sus carreras y la gente deje de llamarle, jocosamente, el Judío Errante. Pero parece que los miembros del Círculo no están por la labor, y que, pese a todo, deberá seguir corriendo hasta el fin de los tiempos, perseguido por una caterva de energúmenos que no le dejan a sol ni a sombra.
            La última noticia del señor Byron es que andaba por las llanuras americanas, tratando de camuflarse entre los últimos cíbolos de Bufalhork Bill, de Caballo Lhorko, y del resto de los miembros del Círculo residentes en aquellos salvajes parajes.

Jose Francisco Sastre García



Nota de la redacción: Una vez más, nuestro antiguo articulista, el Sr. Sastre, nos ha ganado por la mano. Cuando ya creíamos que le teníamos atrapado, se nos ha escapado de entre los dedos como una escurridiza anguila.
            Hace un par de noches, nuestro vigilante jurado lo descubrió aporreando frenéticamente el teclado de un ordenador, escribiendo estas líneas. Junto a él, una botella de LhorkRioja y, cosa extraña, el número 32 de “Weird Tales of Lhork”. Dio un respingo al saberse descubierto, y se enfrentó valientemente a nuestro asalariado, con gesto decidido y la botella en la mano. Al parecer, le ofreció un trago, pero el vigilante, incorruptible, se negó a ello y le arrebató la botella; ante tal afrenta, se enzarzaron en una violenta pelea, de resultas de la cual el Sr. Sastre terminó con un ojo morado y un hilillo de sangre en la comisura de la boca, mientras que nuestro hombre, avezado en técnicas de lucha y supervivencia, apenas tuvo rasguño alguno.
     Lo maniató para evitar que escapara, pero no sabemos exactamente qué ocurrió después: no ha sabido darnos ninguna respuesta clara. Cuando llegamos por la mañana, las cuerdas estaban roídas y el vigilante, con la botella vacía a su lado, reposaba plácidamente tirado en el suelo con una tajada de campeonato. Al parecer, y por lo que nos es dado suponer, no pudo evitar la tentación del LhorkRioja, a pesar que le habíamos advertido que pegaba más que el licor de banana o la coz de un rinoceronte, trajinándose lo que el Sr. Sastre hubiera dejado de la botella antes de ser descubierto. En fin, como de costumbre y para no variar, nuestro antiguo articulista ha vuelto a desaparecer, y no hay manera de encontrarle. Si alguien lo ve... bueno, mejor que salga corriendo, por si acaso.