sábado, 12 de agosto de 2017

LA CABAÑA DEL BOSQUE

LA CABAÑA DEL BOSQUE

José Francisco Sastre García

            Una nueva entrega de Suseya Ediciones, una antología con once autores que componen un mosaico de relatos de una manera que empieza a cobrar cuerpo y moda en la literatura: la composición de relatos independientes sobre un sustrato inicial, un hilo argumental que los sujeta entre sí para componer lo que podría ser una novela pero que en realidad no es tal, sino una sucesión de historias enlazadas de manera que el resultado final del conjunto es un todo coherente y elaborado.
            Esta idea no es nueva, aunque como ya digo empieza a revitalizarse con autores que han apostado por este modelo para huir de las antologías directas, de la mera presentación de relatos inconexos entre sí y que, como mucho, tienen un tema argumental común: en el origen de este recurso podemos citar, por ejemplo, las Mil y Una Noches, en las que la princesa Scherezade cuenta a su sultán una historia tras otra, encadenándolas de tal manera que lo mantiene atrapado e interesado en la narración hasta que, finalmente, ordena la liberación que la pena capital que había decretado sobre la mujer en cuanto se aburriera sea abolida; o Los Tres Impostores, de Arthur Machen, en el que tres personajes confabulan para contar historias aparentemente inverosímiles a los protagonistas hasta llegar a un final tan inesperado como impactante.
            En este caso, el nexo común que mantiene conectados a todos los relatos es el hecho de que once autores, cansados de intentar salir adelante en el complicado mundo de publicar libros y conseguir el éxito, acaban por reunirse en una cabaña en medio de un bosque, donde empezarán a pensar cómo crear algo nuevo, algo inédito que haga que los lectores se vuelquen en ello con avidez, buscando una fórmula que les permita salir del anonimato. ¿Y qué mejor manera de conseguir algo así que lanzar un brainstorming, una tormenta de ideas? Cada uno narrará una historia suya, propia, con la que intentarán jugar todos para alcanzar ese punto novedoso, adictivo, que andan buscando. Y el resultado será en verdad sorprendente.
            Once autores… Cada uno de ellos con su propio estilo, su propia manera de narrar, lo que en principio haría que el conjunto, diseñado de una manera tan concreta, resultase dispar y caótico, y que perdiera fuerza; sin embargo, no es esto lo que ocurre: precisamente el hecho de que estas narraciones sean distintas unas a otras en forma y estilo hace que se imbriquen entre sí, generando una idea general de coherencia que resulta muy agradable de seguir y leer, un todo con un ritmo perfectamente adecuado a la trama que se desarrolla por debajo de las historias que se van contando; así, todo se va compaginando, se va engranando como las piezas de una maquinaria engrasada a la perfección, dotando al libro de una calidad superior a la de cada autor por separado.
            Aquí el horror surge en los lugares y situaciones más inesperadas, un miedo que brota de la cualidad de los personajes, de la elaboración de unos escenarios que, aunque anodinos, resultan sumamente eficaces, manejados por los escritores, para ser fuentes de pesadillas infames que consiguen que el lector, por momentos, sienta que es acechado por la malevolencia de quienes persiguen el mal, de quienes buscan el placer y el regocijo en el dolor y la muerte ajenos… Pero no sólo existe el horror, el miedo, también hay esperanza, amor y deseos cumplidos, el efecto catártico está servido: la cabaña del bosque sirve para mostrar los demonios y también los ángeles, para demostrar que en el corazón y la mente humana todo es posible, desde lo mejor hasta lo peor.
            Once estilos, once formas de narrar, once historias que se unen entre sí para conformar un libro que merece la pena leer…


sábado, 5 de agosto de 2017

ROBERT LOUIS STEVENSON

ROBERT LOUIS STEVENSON

José Francisco Sastre García

         Hablar de Robert Louis Stevenson es hablar de un autor que recrea escenarios capaces de trascender el tiempo y el espacio, y convertirse en leyendas más allá de la imaginación: sólo hay que pensar en dos de sus obras más celebradas, La Isla del Tesoro y El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, para hacernos una pequeña idea de la categoría literaria con la que nos encontramos…

            Nacido en Edimburgo (Escocia) un 13 de noviembre de 1850, poseyó un carácter viajero que lo llevaría a escribir no sólo novelas de ficción como las ya citadas y otras también muy conocidas, sino también novela histórica, crónicas de viajes, ensayo, poesía… Tocó prácticamente todos los palos en el mundo de la palabra escrita, influenciado por el ambiente religioso de su hogar (el presbiterianismo presidió buena parte de su infancia, junto con una niñera que le contaba cuentos truculentos sobre el calvinismo) y por todos los ambientes que conoció durante su vida viajera, desde la austeridad inglesa hasta el exotismo de las islas del Pacífico.
            De él se puede decir, entre otras cosas, que es el precursor, o quizás el reivindicador, de la nóvela clásica de aventuras, devolviendo a este género un aire fresco que había ido perdiendo poco a poco.
            Fruto de esta infancia marcada por la “presión” religiosa, escribe en 1885 A Child’s Garden of Verses, con dedicatoria a la niñera que lo marcó con una fuerza inmensa y que incluso hoy en día sigue siendo un referente en Gran Bretaña.
        También como resultado de esta crianza, su juego principal era la iglesia: se preparaba un púlpito con sillas y mesas y desde allí declamaba como un pastor, aunque no tardaría en sustituirlo por una gran afición a rimar y escribir historias surgidas de su propia cabeza.
            Su etapa escolar no fue demasiado buena: debido a problemas de salud y a una bronquitis, acabó por recibir clases particulares, imposibilitado de acudir regularmente a las clases; pasada esta época (1857), en 1861 ingresó en la Edinburgh Academy, que abandonaría a la edad de 13 años. Pasaría por un internado en Spring Grove, para acabar por regresar a su ciudad natal a estudiar en una escuela privada a partir de 1864.
            Al parecer llevaba el virus de la escritura en la sangre, pues escribía desde pequeño; su padre, que había hecho sus pinitos en esta rama, comprendía perfectamente al pequeño, por lo que fomentó aquella afición hasta el punto de que en 1866, cuando apareció Pentland Rising, una novela de ambientación histórica al estilo de Walter Scott, se comprometió con el editor, Andrew Elliott, a comprar todos los ejemplares que pasada una fecha no se hubieran vendido; no era una obra con una calidad deslumbrante, aunque más tarde, cuando el autor se había hecho ya famoso, allá por 1886, el precio de esta historia se puso por las nubes.
            Los viajes de Stevenson empezarían pronto, acompañando durante su adolescencia a su padre, lo que inspiraría en él el amor por la aventura y le ofrecería material para empezar a escribir sus crónicas. No tardaría en ingresar en la Universidad, primero en Ingeniería influenciado por su padre, que era ingeniero, para abandonarla y ponerse a estudiar Derecho, que acabaría y comenzaría a trabajar como abogado. Sin embargo, puesto que su principal interés era el estudio de la lengua, su carrera en este campo no resultó demasiado brillante.
            La salud del escritor comenzó a resentirse: la tuberculosis hizo su aparición, aunque de momento sólo eran los inicios, pero esto lo marcaría para el futuro. Se dedicó a viajar por Europa, hasta recalar en Francia, concretamente en Grez, en 1876, donde conocería a una norteamericana separada, Fanny Osbourne, una relación que acabó en amor: mientras él publicaba en 1878 su primer libro, ella partía a su tierra natal a tramitar los papeles del divorcio; un año después Stevenson la seguiría, casándose con ella en 1880 y residiendo ambos en Calistoga, en el Lejano Oeste, donde se dedicó a escribir historias de aventuras, romance, viajes…
            Con la salud de Stevenson cada vez peor, el matrimonio partiría de nuevo hacia el viejo continente, donde se afincarían en Edimburgo; pero no durarían demasiado, partirían de nuevo para recalar en Davos, Suiza, donde pararon también poco tiempo. El resultado final de estos vagabundeos fue el de instalarse en Bournemouth, en una finca que les regaló su padre. Y aun así, el espíritu inquieto que los poseía los obligaría a moverse de nuevo: tres años después partirían de nuevo hacia América, para asentarse en Nueva York. Allí entablaría amistad con una de las grandes leyendas de la literatura, Mark Twain.
            No acabaría aquí su afán viajero. Su camino los llevaría a San Francisco, desde donde dieron el salto hacia las islas del Pacífico Sur, hasta Samoa: por fin habían encontrado un lugar donde descansar de sus interminables viajes. La familia al completo vivía junta, aunque no el padre del autor, que había fallecido recientemente.
            No tardó en establecer una relación cordial con los aborígenes de aquellas tierras exóticas: gracias a su gran capacidad para narrar, lo bautizaron como Tusitala, “El que cuenta historias”; esta relación llegó hasta tal punto que no tardó en implicarse en cuestiones políticas de las islas. Durante la dominación alemana del archipiélago de Samoa tomó partido por un jefe local, escribiendo un artículo en la prensa en el que denunciaba la penosa situación de los indígenas bajo el dominio germano. Poco después, también escribiría una carta abierta, la conocida como Defensa del Padre Damián, en Sidney en 1890, contra un reverendo de Honolulú, en Hawaii…
            Su salud se resentiría de tal manera que acabó por llevarlo a la tumba: el 3 de diciembre de 1894, una hemorragia cerebral se llevaría a uno de los grandes escritores de la literatura, fruto probablemente de su problema de tuberculosis y de su afición por el alcohol, dos cuestiones que no podían aportar una buena combinación. Él mismo escribiría en una ocasión: Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos. Una declaración clara y tajante del estado en el que se había encontrado durante tanto tiempo…
            Su fallecimiento en Vailima, cerca de Apia, la capital de Samoa, supuso un duro golpe para la familia y para la literatura en general: en lugar de ser repatriado a su tierra natal, Escocia, sería enterrado cerca del monte Vaea.

            Su obra posee un marcado estilo sobrio, con un toque elegante que le otorga una prosa fácil de leer, en la que las descripciones se integran en el conjunto de manera que no resultan tan cargantes como en otros autores, creando un conjunto atractivo y, sobre todo, realista, que hace que el lector se sienta transportado a los lugares que el escritor recrea con una limpieza absoluta.
            El ritmo queda marcado en todo momento por la trama de la historia, consiguiendo que la lectura se haga amena. Y el estilo tan cuidado produce el efecto deseado, tanto el desasosiego en Jeyll y Hide, por ejemplo, como la adrenalina en La Isla del Tesoro.
            Los personajes que recrea están extraídos de las figuras decimonónicas que recorrieron el mundo que conoció, lo cual les dota de una personalidad, de una viveza y una atracción mucho mayor de la habitual, haciendo que nos surja una afinidad con ellos casi imposible de soslayar, dando igual si se trata de protagonistas o villano; no tenemos más que ver al muchacho que se embarca en una aventura de piratas, Jim Hawkins, casi sin comerlo ni beberlo, madurando a golpe de sorpresas, decepciones y alegrías, o al inefable Long John Silver, un pirata de la vieja escuela que no deja de tener un toque romántico y sensible que hace que, en el fondo, no sea tan malo como aparenta, a pesar de que pueda ser tan implacable como el que más… No tenemos más que contemplar al doctor Jekyll, con sus dudas, sus pensamientos en torno a sus experimentos y lo que éstos conllevan, y a su alter ego liberado, Mr. Hide, un hedonista que sólo busca su propio placer aunque para ello haya de sacrificar a quien haga falta… Y entre medias, a Catriona, a los hermanos Durie, Richard Shelton…
            Se le puede considerar como uno de los grandes precursores de la literatura de horror psicológico, así como un escritor que recuperó el género más clásico y trepidante de la novela de aventuras, como ya se ha dicho anteriormente: las aventuras de Jim Hawkins y Long John Silver marcan un antes y un después, hasta el punto de saltar a otros medios como el cine en infinidad de ocasiones, junto con otras de sus grandes obras maestras (Jekyll y Hide, El Señor de Ballantrae…).
            Para el que quiera echar una ojeada a toda la magnitud de la obra de Robert Louis Stevenson, expondremos el conjunto general de un escritor que se convirtió, por derecho propio, en uno de los más grandes escritores…

Novelas

  • 1883 - La isla del tesoro.
  • 1885 - El príncipe Otón.
  • 1886 - El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.
  • 1886 – Secuestrado.
  • 1888 - La flecha negra.
  • 1888 - El señor de Ballantrae.
  • 1889 - El muerto vivo (Aventuras de un cadáver), escrito en colaboración con Lloyd Osbourne.
  • 1892 - Los traficantes de naufragios, escrito en colaboración con Lloyd Osbourne.
  • 1893Catriona.
  • 1894 - Bajamar: un trío y un cuarteto, (La isla de la aventura), (La resaca), escrito en colaboración con Lloyd Osbourne.
  • 1896 - Weir de Hermiston. Novela que quedó inconclusa a su muerte.
  • 1897 - St. Ives: being the Adventures of a French Prisoner in England. Novela que quedó inconclusa a su muerte, y que tomó Arthur Quiller-Couch para completarla.
  • 1877 (2014) - The Hair Trunk or The Ideal Commonwealth: An Extravaganza in August, novela que quedó inconclusa.


Antologías

  • 1882 - Nuevas noches árabes (11 relatos).
  • 1885 - El dinamitero (14 relatos, escrito en colaboración con Fanny Van De Grift Stevenson).
  • 1887 - The Merry Men and Other Tales and Fables (6 relatos).
  • 1893 - Noches en la isla, (Cuentos de los Mares del Sur) (3 relatos).
  • 1896 - Fables (20 relatos).
  • 1905 - Tales and Fantasies (3 relatos).


Relatos sueltos

  • 1875 - When the Devil was Well.
  • 1875 - Una vieja canción.
  • 1877 - Edifying Letters of the Rutherford Family, un relato que quedó inconcluso a su muerte.
  • 1892 - La mujer solitaria, (La mujer errante).
  • 2008 - Sophia Scarlet. Este relato está basado en un manuscrito que Stevenson escribió en 1892.


Poesía

  • 1885 - Jardín de versos para niños. 
  • 1885 - A Good Play.
  • 1887 - Underwoods.
  • 1891 – Ballads.
  • 1896 - Songs of Travel and Other Verses.
  •  Poems Hitherto Unpublished.


Crónicas de viajes

  • 1878 - Un viaje al continente.
  • 1879 - Viajes con una burra a las Cévennes.
  • 1882 - The Old and New Pacific Capitals.
  • 1883 - The Silverado Squatters.
  • 1892 - Across the Plains.
  • 1892 - A Footnote to History, Eight Years of Trouble in Samoa.
  • 1895 - The Amateur Emigrant.
  • 1896 - En los mares del Sur.


Otras obras

  • 1876 - Apología del ocio (Apología de los ociosos y otras ociosidades).
  • 1879 - Edimburgo: notas pintorescas.
  • 1881 - Virginibus Puerisque, and Other Papers.
  • 1882 - Estudios familiares del hombre y los libros.
  • 1887 - On the Choice of a Profession.
  • 1887 - Memories and Portraits.
  • 1887 - Aes Triplex.
  • 1888 - Memoir of Fleeming Jenkin.
  • 1890 - Father Damien: an Open Letter to the Rev. Dr. Hyde of Honolulu.
  • 1895 - Vailima Letters.
  • 1995 - The New Lighthouse on the Dhu Heartach Rock, Argyllshire. Este ensayo se basa en un manuscrito escrito en 1872 y editado por R. G. Swearingen en California.
  • 1896 -  El embarcamiento inmaduro. Este ensayo quedó incompleto tras su fallecimiento.

sábado, 22 de julio de 2017

E R EDDISON

E. R. EDDISON

José Francisco Sastre García

            No hay demasiada gente que conozca a este autor como tal, seguramente los muy aficionados al género de fantasía épica lo tendrán asociado; y, sin embargo, es el creador de una novela que, en su momento, marcó un punto importante en este género literario…
            Este escritor es quien nos obsequió con El Gusano Ouroboros, también traducido como La Serpiente Ouroboros (el título original es The Worm Ouroboros, así que pueden imaginarse cuál es la forma correcta). A veces nos lo encontraremos como Uroboros, así que si desean localizar esta obra no pierdan de vista las diferentes formas de escribirlo. En cuanto a la idea de serpiente o gusano, surge de las tradiciones medievales antiguas, que incluso Tolkien usó, en las que a los dragones o grandes serpientes se los entendía como gusanos, de ahí la confusión entre unos y otros.
            Erick Rucker Eddison recoge en este volumen las tradiciones más habituales sobre el género y las traslada a un mundo que podríamos considerar, tanto por su estructura como por su estilo a la hora de escribir, un tanto infantil: los reinos entre los que se mueven los protagonistas tienen nombres de apariencia sencilla, por definirlos de alguna manera, como por ejemplo Demonlandia, Brujolandia o Goblinlandia…
            Contiene todos los elementos típicos y tópicos de este tipo de historias: el reino central, Demonlandia, con sus señores honorables y dispuestos tanto a la lucha como a la paz, el reino de los villanos, Brujolandia (aunque no tan villanos como pudiera parecerse, tienen su componente marcadamente oscuro), que pretenden que todos los demás reinos los reconozcan como superiores y se sometan a ellos… Las aventuras de los protagonistas en pos de su destino, de la liberación de su amigo, son continuas, aunque el ritmo de la historia no es tan trepidante como en principio se presupone: el estilo es un poco forzado, con una cierta prosa entre basta y versificada que hace que la sensación de infantilidad se remarque aún más todavía a pesar de que la carga que hay detrás no tiene nada de infantil; pudiera hablarse de juvenil, pero desde luego tira más hacia el aspecto adulto que otra cosa.
            En cuanto al título del libro, La Serpiente Ouroboros, resulta ser un contrasentido: como tal mitología, la Serpiente sólo se menciona una o dos veces en todo el libro, y sólo se refleja en la forma de un anillo que el rey de los brujos posee, y que le da un enorme poder; esta figura, extraída del misticismo y el esoterismo, no parece tener apenas influencia ninguna en la trama del libro salvo por las pruebas mágicas a las que somete de vez en cuando a los protagonistas, pruebas invocadas no tanto por el anillo como por su portador, que desea ver aplastados a quienes se resisten a sus deseos de gobernar todo el mundo conocido.
            La idea del Ouroboros surge, como decimos, de tradiciones mucho más antiguas, en las que representado como la serpiente que se muerde la cola, evoca los procesos cíclicos y la idea de la renovación continua, del renacimiento una y otra vez, dando forma a una de las leyes de la termodinámica: “la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Estamos hablando de un concepto que nos llega desde el antiguo Egipto, así que pueden imaginarse… Se encuentra también en la mitología nórdica, en la serpiente Jormungand, que rodea con sus anillos el Midgard, la Tierra, e incluso se aplica como representación de las fuerzas naturales. Entra a formar parte de la simbología alquímica como la unión de todo lo que existe, redundando en la idea de que nada desaparece, que todo cambia y se transmuta en otra sustancia o energía que a su vez devendrá en otra, y así eternamente.
            En el fondo, la obra de Eddison, aunque claramente de fantasía, no tiene un entronque del todo claro: puede ser considerada en parte fantasía épica, ya que habla de la liberación de un mundo en caos por parte de unos personajes que se enfrentan a todo y a todos con tal de recuperar a su amigo, y de batallas entre ejércitos en busca de la misma idea; pero también las aventuras que viven entroncan más con el género de aventuras, casi de espada y brujería, aunque tratadas de una manera más suave y benévola que hace que recuerden más a las aventuras juveniles que a, pongamos, las historias de Conan el Bárbaro.
            Y si lo pensamos con calma, y nos detenemos en el hecho de que fue su primera obra escrita (1922), tal vez entendamos por qué está escrita de esta manera.
            Pero no sólo del Ouroboros vive este escritor inglés nacido en Adel (Leeds) en 1882: en su haber cuenta con otras obras igual de interesantes o incluso mejores, en las que rinde tributo, igual que con Ouroboros, a las mitologías nórdicas: Styrbion el Fuerte (1926) y La Saga de Egil, ésta última una traducción directa de una saga islandesa del mismo nombre.
            Tras estas obras y un homenaje a un compañero del Trinity College bajo la forma de las Cartas y memorias de Phillip Sidney Nairn, Eddison se concentraría en el mundo que había creado y que le había concedido tanto éxito, Zimiamvia, dando paso a otras tres novelas que resultaron un tanto paradójicas, ya que la cronología en la que se ambientan va retrocediendo en el tiempo: la primera, Maestra de Amantes (1935), es anterior a la historia de Ouroboros; la segunda, Una Cena de Pescado en Memison (1941) es anterior a ambas, y la tercera, La Puerta de Mezentia (1958), es la primera de todas. El autor no pudo terminar esta última novela, ya que falleció en 1945, aunque las notas que había dejado para escribirla resultaron tan completas que otros compañeros suyos, Colin Eddison y George R. Hamilton, pudieron hacerse cargo de ella y rematarla con éxito para publicarla en 1958.
            La tetralogía de Zimiamvia posee un nexo común, del que casi se puede extraer a Ouroboros: la presencia permanente de un personaje que se postula como hilo conductor de todo, Edward Lessingham, y que desaparece casi de inmediato en la obra citada: no deja de ser un trasunto del propio Eddison, que se introduce a sí mismo para, al parecer, guiar a los protagonistas de la trilogía por donde han de ir para completar sus respectivos destinos. En el fondo no dejan de ser sueños, sueños descabellados, surgidos de la mente del protagonista, que cobran vida y forma a través de la prosa lúcida y rápida que esgrime el autor, a cuyo “guía” describe la serpiente Ouroboros (por lo visto aparece con más frecuencia que en el último libro de la tetralogía) como un hombre que vive, junto a su dama, en Wasdale, en una casa vieja y baja.
            Ha sido alabado por muchas autores de gran talla como Tolkien, C. S. Lewis, Ursula K. Le Guin, o Michael Moorcock entre otros: sus personajes son muy vívidos, aunque dignos de figurar en aventuras como las del barón de Munchhausen, ya que en su concepción de la fantasía más pura y “salvaje” son capaces de saltarse cualquier regla lógica y, por ejemplo, desplazarse grandes distancias sin apenas darse cuenta de ello.
            Se centra mucho en la aristocracia y todos los conceptos inherentes a la nobleza y el honor, convirtiendo a sus personajes en algo caballeresco que podría considerarse incluso trasnochado, por momentos insolente y arrogante, aunque su fuerza hace que no nos paremos a pensar en ello más que después de haber cerrado la última página; y, sin embargo, este detalle hace que también deje de lado a las clases bajas, que las abandone a su suerte y sean tratadas de cualquier manera por los protagonistas, que llegado el final y alcanzada la paz, la encuentren aburrida y comiencen a rezar para que se reactiven sus enemigos y poder de nuevo recuperar la vida de sus aventuras en pos de la lucha.
            Las obras de Zimiamvia están muy influidas, cuando no directamente adaptadas, de las obras clásicas que componen su principal influencia: Homero, Safo, Shakespeare, Webster y la saga y lírica medieval francesa. Y algo que se nota mucho es que su obra de Zimiamvia no es algo cerrado, no es una tetralogía sin más, sino una serie incompleta, que Eddison parecía tener intención de continuar y que la muerte truncó. Quién sabe lo que hubiéramos podido encontrar en las siguientes entregas…
            Como autor de fantasía, tal vez para esta época esté un tanto pasado de moda, pero no cabe duda de que sus historias tienen la garra y la adicción suficientes como para mantener la tensión en el lector, incitándolo a continuar leyendo en busca del resultado de las aventuras de los protagonistas.

domingo, 16 de julio de 2017

DAVID GEMMELL

DAVID GEMMELL

José Francisco Sastre García

            Hablar de David Gemmell es hablar, sobre todo, de su gran ciclo de Drenai, de una literatura de fantasía épica que se mueve en unos niveles muy altos a los que pocos autores son capaces de llegar.
            Creador de un mundo convulso, en guerra casi permanente, de unos personajes cuyo lado humano resulta tan vivo como su aspecto legendario, este escritor ha sabido dotar a sus historias de una fuerza tremenda gracias a su forma de escribir llena de emociones, de acción, de ritmo… Con un estilo ágil, rápido y desenvuelto, las pinceladas que nos muestra de sus más celebradas figuras, Waylander y Druss, van desvelando la complejidad de un mundo en el que nadie escapa a las garras de la ambición, de la sed de poder, o de los sentimientos encontrados.
            En Waylander (Waylander, En los Dominios del Lobo, Héroe en la Sombra), fuente de inspiración para muchos narradores que estamos intentando surgir desde hace unos pocos años, la sombra pesa tanto como la luz, y el personaje ha de moverse entre su código ético, su deber y su lealtad, conceptos que lo van guiando de un lado a otro hasta desembocar en un marasmo de muerte y destrucción que amenaza con llevarse por delante a toda Drenai. Es el prototipo de antihéroe tradicional, un asesino que habrá de descubrir su destino después de cumplir con una misión para la que ha sido contratado y cuyas consecuencias resultarán, para él, la mayor de las ironías y le obligarán a replantearse muchas de sus ideas.
            En Druss el Hachero (Las Primeras Crónicas, Mensajero de la Muerte), el protagonista lucha contra su pasado de leyenda, intentando evitar entrar de nuevo en esa dinámica, pero todo es inútil: la fama lo persigue allá donde va, y no le queda otro remedio que recuperar su gloria y encarar de nuevo un destino que creía ya dejado atrás. Esta figura no es ya como la de Waylander, aunque tampoco es el héroe tradicional al uso: se mantiene a caballo entre ambos arquetipos, mostrando un carácter arisco, levantisco, al tiempo que leal hacia su código y sus gentes. Si quieren que Drenai permanezca en paz, él es la única persona capaz de conseguirlo.
            Si El Señor de los Anillos fue el pistoletazo de salida para la edad dorada de la fantasía épica, David Gemmell ha sido, sin duda, uno de los revitalizadores más importantes, al que muchos debemos una herencia importante: autores como Abercrombie o Kearney, por citar sólo a un par, llegaron a la escena literaria sólo un poco más tarde, bebiendo en parte de sus fuentes para crear sus propios mundos de fantasía épica, comparables en estilo y fuerza a los de Gemmell…
            El ciclo de Drenai contiene más novelas aparte de las correspondientes a los dos personajes más carismáticos de este escritor, en las que la fuerza de la acción, el ritmo que imprime a las secuencias, el estilo rápido, directo, sin apenas florituras pero con una cierta cualidad que podríamos denominar lírica que ofrece al lector una sensación a caballo entre la dureza de la guerra y la emoción desbordada de los personajes, crean un conjunto tan atractivo y adictivo que enganchan desde la primera página, arrastrando por momentos al lector con el torrente que parece brotar de cada secuencia. Es como una bola de nieve: una vez echada a rodar, va creciendo poco a poco a medida que desciende por la ladera hasta que acaba empotrada en el primer lugar inamovible que encuentre, bien la pared de un edificio, bien la pared de una montaña.
            Pero no sólo de Drenai vivió Gemmell: en su haber hay otras series que dan un juego tan bueno como esta celebrada saga, como por ejemplo la de Troya, en la que recrea la legendaria guerra a través de la visión de los personajes que participaron en ella, ofreciéndonos un cuadro tan duro como emocionante y atractivo…

            La consecuencia de todo esto es evidente: David Gemmell ha sido capaz de dotar a la literatura de fantasía épica de un cúmulo de historias y figuras que, sin duda alguna, trascienden al tiempo y que quedan, por calidad y méritos propios, en la memoria colectiva de los aficionados al género.

sábado, 8 de julio de 2017

ARTHUR MACHEN

ARTHUR MACHEN

José Francisco Sastre García

            Clásico entre los clásicos, Arthur Machen recogió las tradiciones británicas sobre el pequeño pueblo y las reconvirtió en historias en las que el horror se mantiene por encima de cualquier otra consideración: criaturas que viven en otras dimensiones, que hacen incursiones en nuestro mundo, que en ocasiones deciden echar una mano y en otras hacer travesuras o maldades que trascienden más allá de cualquier cuestión.
            Relatos como "El Gran Dios Pan", "N", "El Pueblo Blanco" o "Los Niños de la Charca", dan fe de este tipo de mitologías que se mantienen vivas en las islas británicas, donde la creencia en seres como duendes, leprechauns, hadas, trasgos, y similares, tiene una raigambre muy antigua. Y como ya he escrito, no siempre se trata de seres benévolos: en ocasiones intercambian sus recién nacidos con los humanos, con objetivos que en el mejor de los casos son oscuros, sombríos, y que desencadenan acontecimientos que acaban por aterrar a quienes los viven, pues los hijos del Pequeño Pueblo no son precisamente normales, poseen algunas características, sobre todo psíquicas, que los diferencian de manera muy notable de nosotros.
            Se ve mucho más claramente esta diferenciación entre la especie humana y la raza que convive en paralelo con nosotros en la novela "La Pirámide Brillante" (o "La Pirámide de Fuego", según la traducción): desapariciones de personas en un área muy concreta, que al final se revelan como piezas de lo que podría llamarse venganza o ritual por parte de estos seres contra la humanidad, a la que sacrifican en una inmensa pira en uno de esos misteriosos círculos de hadas que aparecen por la geografía británica.
            Esta sensación de terror, de impotencia, se transmite a lo largo y ancho de todas sus narraciones, dotándolas de un ambiente agobiante, claustrofóbico en ocasiones, que unido a la maestría del autor a la hora de relatar las historias, ofrece unos textos de gran calidad en la literatura del terror, hasta el punto de que H. P. Lovecraft, el maestro del horror cósmico, en su ensayo "El Horror en la Literatura", lo analiza como uno de los grandes.
            Así, cuando leemos "El Terror", nos enfrentamos a algo intangible, incognoscible, que podría definirse como cósmico, aunque en realidad está más apegado a la tierra, a lo que se podría definir como la venganza de la naturaleza contra los excesos; nada hay definido, tan sólo la sensación de miedo, de pavor, que flota a lo largo de toda la novela hasta que se muestra el verdadero origen de ese terror, que llega a ser incluso más pavoroso de lo que se había definido hasta el momento…
            Todas estas características, toda esta pesadilla, se manifiesta a lo largo de sus relatos, que pueden ser leídos de forma independiente o, tal y como hizo con algunos de ellos, incorporados a una trama base inicial que los enlaza en el compendio "Los Tres Impostores", en el que una investigación irá desgranando secretos oscuros, malsanos, a través de historias que van aumentando el grado de misterio hasta llegar a un punto de locura aterradora. Historias como El "Recluso de Bayswater", publicada también como "Vinum Sabbati" o "La Novela de los Polvos Blancos", en las que el protagonista comprueba hasta qué punto el trato con conocimientos más allá de lo prohibido o lo oculto dan lugar a una conclusión absolutamente devastadora…
            En el estilo de Arthur Machen se conjugan un ritmo lento calculado a la perfección para generar el escenario adecuado, una prosa muy cuidada y elaborada con, en ocasiones, ciertos toques líricos que le dan un carácter especial. El conjunto, en general, ofrece una percepción, una fuerza a las historias, que hace que una vez comenzada cualquiera de ellas, resulte muy difícil dejar de leerla hasta el final…

sábado, 1 de julio de 2017

LA REVOLUCIÓN FRANCESA

THE NEW LHORK HERALD TRIBUNE

LA REVOLUCIÓN FRANCESA



Erre.–  La plaza estaba abarrotada, todos los ojos se dirigían anhelantes hacia la gallarda figura que se erguía sobre ellos en la tarima: Lhorkespierre, el gran orador, escoltado por toda su camarilla: el profesor Sartorius, el profesor Anscarius, Marat, Danton...
–¡Camaradas todos! ¡Hermanos de la lucha de clases! –declamaba a voz en grito, megáfono en mano–. ¡Damas y caballeros, tengo el gusto de presentarles... No, espera, que esto es del programa del Moreno... ¡Hemos de resistirnos a que se nos clasifique como bebedores empedernidos de champagne, mal que les pese a algunos! ¡Para demostrar que no sólo de esa maravillosa bebida vive el francés, vamos a inventar la tortilla francesa, las crêpes y las patatas chic! ¡Y ya hablaremos más adelante del más ambicioso proyecto jamás pensado: la Torre de Hierro de Lhorkespierre, una estructura novedosa y ultramoderna que dará que hablar al mundo entero y será el símbolo de nuestro país, además de una fuente inagotable de divisas! ¡Les vamos a quitar todo el turismo a los españoles, y la jet set se va a salir de Marbella para venirse a París a vivir!
"¡Además de todo esto, debemos, por encima de todo, frenar los excesos de la Seguridad Social, sus abusos y la mala gestión de que es objeto! ¡Las medicinas están por la nubes, nos las tiran desde aviones en parachutes, los médicos no extienden recetas ni jartos de champagne!
"¡Así pues, para protestar por tamaña actitud y felonía por parte de nuestros indignos gobernantes contra este pueblo democrático, os conmino a todos a que toméis una pastilla!
–¿Ya se ha inventado la Viagra? –se oyó murmurar a un anciano entre la multitud enfervorecida–. ¿Por fin voy a poder...
Pronto empezaron a oírse voces por toda la plaza clamando por la toma de la pastilla: "¡Sí, queremos la pastilla!", "¿Qué ha dicho, qué?", "¿Quién ha mencionado la Bastilla?", "¿Qué tiene que ver la Bastilla con la Seguridad Social y el champagne?", "¿Que si vamos a la Bastilla nos invitan a champagne?"...
Pronto comenzó a producirse un lento movimiento en dirección al renombrado edificio, cosa que alarmó sobremanera a Lhorkespierre.
–¡Eh, esperad un momento! –comenzó a gritar en vano–. ¡Que yo no he hablado de la Bastilla! ¿A dónde vais? ¡Que la pastilla y el champagne son incompatibles! ¡Esperad un momento, que ahora vienen las azafatas con los canapés! ¡Que se suponía que esto iba a ser una reunión pacífica y tolerante, una simple sentada contra los abusos de los tiranos! –exclamaba al tiempo que sujetaba nerviosamente un medallón con forma de círculo, en cuyo interior aparecía una Y invertida–. ¡Haz el amor y no la revolución!
A su lado, echándose una mano a la frente, el profesor Sartorius murmuraba para sí apesadumbrado: "No, si esto no puede ser... Si ya me temía yo que este inútil no tenía n.p.i. de oratoria, y mucho menos carisma".
Entre Lhorkespierre y Danton, el profesor Anscarius estaba sugiriendo a éste último algo al oído que nadie llegó a escuchar.
En un extremo de la plaza, riéndose a carcajada limpia de aquellos padres de la Patria, Morgana de Lhork se entretenía enviando telepáticamente un mensaje a Red Sara en el extremo opuesto de la plaza: Te he ganado la apuesta. ¿Con qué no era capaz de organizar una revuelta frente a la inutilidad de estos pobres diablos que intentan convencer al pueblo con tonterías de tal calibre? Ve preparando la tarjeta de crédito, porque te la voy a dejar temblando después de la cena que me vas a pagar.
"Espero que nunca llegue a enterarse de que he manipulado el megáfono, y que sonaba a lata", pensó la hechicera a renglón seguido.
Mientras tanto, el pueblo iba tomando paulatinamente carrerilla, pisándose los unos a los otros, al exaltado grito de "¡Tonto el último!".
Llegaron a las puertas de la Bastilla en un estado de puro frenesí, los nervios a flor de piel, el ansia por un buen papeo y mejor bebercio plasmado en sus anhelantes rostros; mas, al constatar que allí no había nada de nada, y que a sus preguntas los guardias les contestaban con un desganado "Je ne sais pas", volvieron sus miradas hacia Lhorkespierre y sus acompañantes, que llegaban corriendo detrás de ellos, las lenguas colgando fuera de agotamiento.
–¡Parad, hijos de la gran... patria! –jadeó el revolucionario–. ¿Qué no seríais capaces de hacer por un buffet gratis? ¡Que yo no he hablado de la Bastilla para nada, que he dicho que tomemos la pastilla!
Dicho y hecho: se alzaron algunas voces sorprendidas, "Ah, ¿era eso? Acabáramos, haber empezado por ahí...", y la marea humana se abalanzó contra las puertas, ante los alaridos aterrados de los guardias que veían, sin comprender nada, cómo una incontenible riada humana les caía encima como una pesada losa.
–Vaya panda de cenutrios –comentó Lhorkespierre–. Mira que son negados –admitió con gesto de resignación–. En fin, ya que se ha puesto en marcha esta tontería, ¿qué les podría impedir, por ejemplo, derrocar a Luis XVI?
¿Por qué habría hablado? Algunos escucharon sus palabras y, ni cortos ni perezosos, comenzaron a correr la voz de que había una revolución en marcha y que había de quitar de en medio al rey. El populacho comenzó a moverse de nuevo, tras dejar la Bastilla hecha una auténtica leonera, con las despensas vacías, dirigiéndose hacia el Palacio de Versalles, donde había llegado un mensajero advirtiendo a Su Graciosa Majestad de las malas nuevas.
–¡Maríaaa! –gritó el monarca–. ¡Prepara las maletas, que nos vamos de viaje!
–O sea, de verdad, ¿nos vamos a ver las regatas de Yale? –sugirió María Anlhorknieta–. Pues que sepas que no pienso ir si no es en avión y en bussiness class, te lo juro de verdad.
–Venga, vale, chatita –admitió Luis XVI–. Pero date prisa, que esos rústicos están a punto de llegar y nos van a pillar con los pantalones bajados. ¡Sebastián, haz que preparen de inmediato la carroza real! ¡Y que le instalen el turbo, que tenemos que salir de aquí pitando!
El carruaje, ultramoderno, de seis caballos de potencia, llegó enseguida a las puertas del palacio, donde lo esperaban impacientes los fugitivos. El rey, enfadado, alzó su puño izquierdo en un gesto de impotencia.
–¡A Dios pongo por testigo, que jamás volveré a reinar para unos desagradecidos! –gritó.
–Sí, cariño, pero venga –le advirtió su mujer–. Vámonos ya, que me parece que esos desharrapados que asoman por ahí no vienen precisamente a saludarnos.
Con un gesto de pesar, montaron en la carroza y salieron a uña de caballo.
La historia cuenta como fueron detenidos en mitad del camino, arrastrados de vuelta a París, con la gran dama gritando en todo momento cosas como: "¡Mi peinado, que se me estropea!", "¡No me arruguéis el vestido de Armani, por Dios!", "¡Se me ha roto una uña!", "¡O sea, que plebe más asquerosa: huelen mal, visten peor y tienen muy malos modales!", "¡Cariño, encierra a estos ganapanes en la Bastilla!"...
The Pucelan Brothers.



Nota de la redacción: No podemos sino pedir perdón por tamaña perfidia, osadía que han tenido los Pucelan Brothers al volver a dejarse caer por este ilustre periódico, mas esta vez, de verdad, que no ha sido culpa nuestra. La cosa es como sigue: estábamos tan tranquilos en nuestra redacción, preparando y maquetando el número que ustedes están leyendo de Weird Tales de Lhork, en plena fase de descanso laboral para tomarnos un tentempié, cuando, hete aquí que, de repente, encima de la mesa de nuestro Redactor Jefe,  habían dejado este panfleto (nosotros suponemos que emularon al protagonista de la película "Misión Imposible", Lhork Cruise, dejándose caer desde el techo en una maraña de cables, de la que debió resultarles fácil salir, porque no conseguimos verlos por ningún lado). A todo esto, ¿quién de los dos fue el interfecto que se las arregló para meterse en semejante berenjenal? ¿Fue acaso el Pucelano Loco, que nos tiene acostumbrados a semejantes numeritos, o fue tal vez Morgana de Lhork, conjurando una salida del aire acondicionado donde no la había? El caso es que, al estar sobre la mesa del Redactor Jefe la crónica, un becario nuevo la encontró y la metió en maquetación antes de que pudiéramos darnos cuenta de lo que ocurría.
La solución, en el próximo número...

sábado, 24 de junio de 2017

HENRY JAMES

HENRY JAMES

José Francisco Sastre García

            Hablar de Henry James es hablar, sobre todo, de "Otra Vuelta de Tuerca", probablemente su obra más conocida, en la que desarrolla el terror gótico de una manera magistral, creando una atmósfera que va evolucionando de la apacibilidad de la campiña inglesa hasta un ambiente agobiante, casi claustrofóbico…
            Con todo, no es lo único que escribió; de hecho, su estilo parece ir adaptándose con el tiempo de una manera sorpresiva: comenzando con una literatura sencilla, directa, sin apenas florituras a pesar del decimonónico victoriano, en sus relatos más cortos, como la ya citada "Otra Vuelta de Tuerca" o "Los Papeles de Aspern", poco a poco va llegando, a medida que va escribiendo novelas más largas, como por ejemplo "Las Bostonianas", a un estilo en el que las frases son muy largas con mucha digresión y descripciones también muy largas, con un barroquismo mayor del habitual, lo que hace que haya momentos en que pueda hacerse un tanto incomprensible. Este cambio se hace patente, sobre todo, cuando Henry James decide tomar a un amanuense para dictarle sus obras: teniendo como tenía un problema de tartamudez ligera, lo fue superando a base de hablar despacio y con mucha prudencia; considerando que la literatura, al menos la buena, había de parecerse a la conversación de un hombre inteligente, este proceso de dictado fue lo que a buen seguro daría pie al cambio en su estilo, en el que empiezan a aparecer frases conversacionales.
            Tendió sobre todo a escribir sobre el drama interno, psicológico, en el que la alienación es una opción importante si no fundamental; y la época en que perdió a sus padres y a un hermano, y comprobó que "Las Bostonianas" no tenía el éxito que había esperado, lo marcó profundamente con un sentimiento de amargura que le volcaría a escribir historias que se asentarían en la frontera entre la realidad y lo sobrenatural; fruto de esta situación surgiría su celebrada Otra Vuelta de Tuerca, en la que unos fantasmas acosan a unos niños en una mansión en medio de la Inglaterra más campestre y decimonónica.
            En su obra suele exponer el contraste que en su época se vivía entre la Europa clásica, perfectamente asentada desde siglos de depuración histórica y cultural, y la América natal, mucho más joven, plena todavía según el autor de una gran bondad y una inocencia e ignorancia absoluta respecto de las costumbres de la Europa tradicional.

            Un gran clásico para leer, un autor de referencia para quienes disfrutan de la buena literatura… Habría que ser muy exigente para no disfrutar de sus historias.